jueves, 26 de mayo de 2011

#AcampadaDios

Información

El próximo viernes a partir de las 12:00 pm CET: (Central European Time) TUITEA dando gracias al Dios por los dones que has recibido de Él en tu vida, añadiendo el hashtag #acampadadios.

Descripción

“Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14)

¡Tenemos un mensaje que dar al mundo!

Hace tiempo que el Señor ACAMPÓ entre nosotros para invitarnos a vivir con él. No vino a aniquilar las estructuras humanas ni a imponer sus reformas, si no a ofrecernos una vida de comunión. Sólo su amor convierte en milagro el barro.

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"And the Word became flesh and dwelt among us" (Jn 1, 14)

We have a message to give to the world! From 12’00am next Friday send twits giving thanks to God for all the gifts you have received from Him in your life, adding the hashtag #acampadadios

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Nota de prensa

lunes, 16 de mayo de 2011

IXCÍS - Tú, mi raíz


Os quería pedir un favor.

Como sabréis muchxs (lxs que no lo sepan, pueden preguntar o buscar en Google) IXCÍS preparó con mucho cariño la canción "Tú, mi raíz" para la JMJ2011 en Madrid, y necesita de vuestros votos para subir algunos puestos, o al menos para no bajarlos.

Sólo tenéis que entrar en http://www.madridmeencanta.org/ficha.php?id=108005993, lo escucháis, pulsáis "Votar" bajo el vídeo, ponéis la calificación que queráis y le dais a "Votar" (junto a las estrellas). Si ponéis la página como principal, y la votáis una vez al día hasta el 31 de mayo, os lo agradecerán ellos, y todos los que queremos disfrutar de la canción en tan grande acontecimiento.

Muchas gracias a todxs (votéis o no).

P.D.: En www.ixcis.org podéis descargar gratuítamente toda la música de IXCIS, porque Jesús dijo: "Dad gratis, lo que recibisteis gratis" Mt 10. 8




viernes, 11 de marzo de 2011

Re: Calendario para Cuaresma 2011

Bueno chicxs,

Lo prometido es deuda, ahí tenéis el calendario adaptado para 1024x600, sabéis que me gusta hacer las cosas en condiciones, pero Dios tardó 6 días en crear el mundo, y yo, con la carga que tengo ahora en la Universidad, no dispongo del tiempo que quisiera para poder hacerlo mejor...

Espero que os sirva, que sepáis que a Patri (la autora) le encanta que os guste, y está encantada de poder compartirlo con todos nosotros. Ya dijo san Mateo: «Dad gratis lo que recibisteis gratis» (Mt 10, 8), y la verdad es que Dios le ha dado mucho, por eso tiene tanto para compartir!

Un abrazo a todxs!

Atte.
Israel Jesús Ortega Gómez
IsraelJesus@PaulesSalamanca.es

miércoles, 9 de marzo de 2011

Calendario para Cuaresma 2011

Buenos días!

Ahí tenéis el calendario para la Cuaresma que ha preparado mi amiga de JMV de Jaén (Patricia Rojo) con mucho cariño, aunque esta vez llega un poco a lo justo espero que los disfrutéis, y... que lo llevéis a cabo!

Cuando tenga un momento haré una adaptación para note/netbooks (1024x600). Quien la quiera que me la pida.

Podéis compartirlo todo lo que queráis (a cuanta más gente llegue, mejor), pero recordad el origen.

Saludos!!

P.D.: Sigo reconociendo que muchxs de lxs destinatarixs sois grandes "desatendidxs", pero os sigo recordando que no sois olvidadxs. Un abrazo a todxs!

Atte.
Israel Jesús Ortega Gómez
IsraelJesus@PaulesSalamanca.es

sábado, 15 de enero de 2011

¿Quién es este Jesús?

Título de la foto (Fano): "Es mi hijo, un trocito de mí que está con vosotros"
Domingo II Tº Ordinario. Ciclo A
Is 49,3.5-6; Sal 39,2.4ab.7-8a.8b-9.10; 1Cor 1,1-3; Jn 1,29-34

Todo el mundo sabe lo que es la publicidad. Vamos por la carretera o por las calles de nuestras ciudades y las vallas publicitarias nos dicen qué es lo que tenemos que comprar: los coches, las casas, los electrodomésticos o los servicios que necesitamos para ser felices. La radio, la televisión, los periódicos están llenos también de publicidad. Parece que todo el mundo se empeña en decirnos lo que nos hace falta, lo que necesitamos, aquello sin lo cual nuestra vida carecerá de sentido, será más triste o, sencillamente, no podremos tener la vida que nos gustaría.

Pero hay campañas publicitarias que lo único que pretenden es sembrar en nosotros la intriga. No dicen directamente qué es lo que nos ofrecen. Ahora recuerdo la publicidad que se hizo hace unos años en un periódico de una ciudad. Anunciaba que en unos pocos días se iba a desvelar el secreto que cambiaría la vida de la ciudad. La intriga e inquietud sembrada era tal que hasta los políticos se sintieron afectados. Pensaron que quizá iba a haber una revuelta popular o que se iba a presentar un nuevo partido político. Al final todo quedó en nada. Lo que se anunciaba era la publicación de un libro que contaba la historia de la ciudad. Pero la campaña consiguió su objetivo: sembrar la intriga entre los habitantes de la ciudad y provocar en todos el deseo de conocer qué era lo que se anunciaba.

Las lecturas anuncian a Jesús

Las lecturas de este domingo tienen algo de parecido con una campaña publicitaria como las que hemos comentado. Parece que habiendo terminado el tiempo de Navidad y teniendo todo el año por delante, las lecturas nos invitasen a preguntarnos –en lugar de darnos respuestas– por quién es ese Jesús del que tanto se habla.

De hecho Jesús no aparece en el Evangelio. Es Juan, el Bautista, el que habla de él. Dice que es el que quita el pecado del mundo, que ha visto como sobre él bajaba el Espíritu de Dios, que será el que nos bautice con el Espíritu Santo y que es el Hijo de Dios. Juan da testimonio de Jesús y, haciéndolo, provoca en nosotros el deseo de conocerlo, de acercarnos a él, de escuchar sus palabras. Aunque nada más sea por mera curiosidad, valdría la pena estar atentos a ese Jesús que nació pobre en un pesebre, que camina por nuestras calles. Se le encontrará lejos del Templo y de los centros de poder, y cerca de los pobres, los enfermos, los oprimidos, los pecadores... Pero, sorprendente, de él se dice que es el Hijo de Dios y que nos trae la salvación.

La primera lectura, siempre en consonancia con el Evangelio, anuncia también la figura del siervo. Su misión consistirá no sólo en reunir a las tribus de Israel. Será la luz de las naciones para que la salvación de Dios alcance hasta los confines del mundo. Hasta la segunda lectura dice poco y anuncia mucho. Son los primeros versículos de la primera carta de Pablo a los corintios. Pablo saluda a sus lectores y les desea la gracia y la paz de parte de Dios, el Padre de todos y del Señor Jesucristo. Es decir, Jesús es el que nos trae la gracia y la paz de Dios.

Un año para conocer a Jesús

En este domingo comienza en la práctica el tiempo ordinario. Vamos a ir escuchando domingo tras domingo el relato de las acciones y palabras de Jesús. Le vamos a ver curando a los enfermos, le vamos a escuchar las parábolas, le oiremos anunciar el reino de Dios, le veremos hablando con sus discípulos, enseñándoles a rezar, caminando hacia Jerusalén, discutiendo con los escribas y los fariseos... Poco a poco se nos dará la oportunidad de descubrir y conocer a fondo la figura de Jesús. Entraremos en contacto con él no por lo que nos diga Juan el Bautista o el profeta Isaías o el mismo Pablo sino porque nos encontraremos directamente con Jesús, escucharemos su palabra y le veremos actuar.

El año litúrgico no da la oportunidad de conocer directamente a Jesús, de dejar que su palabra llegue al fondo de nuestro corazón. Y de confrontar con el Evangelio nuestra vida. ¿Dónde se situó Jesús? ¿Qué hizo? ¿Cómo trato a los que se cruzaban en su camino? ¿Dónde nos situamos nosotros? ¿Qué hacemos? ¿Cómo tratamos a los que se cruzan en nuestro camino? Estas preguntas y muchas otras irán surgiendo al paso de las semanas. Ahora no es tiempo todavía de buscar las respuestas. Basta con abrir los ojos y estar muy atentos a Jesús. Ya no es el niño que contemplamos en Navidad. Ha crecido y vale la pena escucharle y seguirle.

Fernando Torres Pérez cmf

sábado, 8 de enero de 2011

Este es mi hijo, el amado

Título de la foto (Fano): "Que Jesús sea la estrella que oriente al mundo, sigámosle"
Domingo Bautismo del Señor. Ciclo A
Is 42,1-4.6-7; Sal 28,1a.2.3ac-4.3b.9b-10; Hch 10,34-38; Mt 3,13-17

Hay momentos en la vida de las personas que marcan un antes y un después. Pueden ser puntuales, pueden ser procesos en el tiempo, pero no hay vuelta atrás. Se pueden poner muchos ejemplos: cuando un joven se pone a trabajar por primera vez o cuando comienza sus estudios en la universidad –eso implica muchas veces el abandono de la casa familiar– o cuando entra en un noviciado porque quiere ingresar en una congregación religiosa. Incluso en el caso de que se pierda el trabajo, de que se deje la universidad o de que se abandone la congregación religiosa, nada vuelve a ser como antes.

El Bautismo de Jesús que hoy celebramos como broche y punto final del tiempo de Navidad viene a ser algo así. Los Evangelios lo sitúan como el gozne que se sitúa entre un antes –un periodo de tiempo del que desconocemos casi todo de la vida de Jesús– y el después –otro tiempo del que tenemos abundante información a través de los Evangelios y que culminará con su muerte en la cruz y la confesión de fe en su resurrección–. El tiempo antes del Bautismo suponemos que fue vivido con su familia en la evolución normal de cualquier niño-chico-joven-adulto de aquel tiempo. Según la tradición Jesús muere en la cruz con 33 años. Si le restamos los tres años de la vida pública que relatan –más o menos– los Evangelios, se podría decir que se bautizó a los 30 años. Eso nos habla de mucho tiempo de vida “normal”, “ordinaria”.

Jesús en busca de sentido

Pero algo debió suceder para que Jesús se acercase a Juan y le pidiese que le bautizase. Ese algo fue sin duda parte de un proceso en el que Jesús toma conciencia de su misión. Desde nuestra fe confesamos que Jesús era Dios pero también que era plenamente hombre. Por tanto, debió pasar por los procesos ordinarios de reflexión y discernimiento hasta darse cuenta de que su vocación, su llamada, no era a pasarse la vida repitiendo lo mismo que había hecho su padre, José. Lo suyo no era ser artesano. En ese momento Jesús descubre su vocación y se redescubre a sí mismo. Su experiencia de sentirse Hijo le lleva a darse cuenta de que su misión consiste en anunciar a todo el mundo la buena nueva de la salvación.

Si ese proceso fue largo o corto en el tiempo, no nos importa mucho. Los evangelistas lo condensan en este momento del Bautismo con la imagen de la paloma que simboliza al Espíritu de Dios y con las palabras del cielo: “Este es mi hijo, el amado, mi predilecto.”

Más importante que imaginar a Jesús acercándose a Juan para pedirle el bautismo o imaginar la paloma del Espíritu posándose sobre su cabeza, es reflexionar sobre la misión recién asumida por Jesús. Es una misión que le lleva a dejar todo y a comenzar una vida nueva. Familia, trabajo, amigos, todo queda atrás. En adelante su madre y sus hermanos serán los que escuchan la Palabra de Dios. Su familia serán todos los hombres y mujeres porque todos son amados por Dios. La familia es la familia del Reino. Comienza un mundo nuevo.

Una misión que llena su vida

El libro de Isaías nos da las claves desde las que los evangelistas interpretaron la misión de Jesús. Será el mesías esperado pero no de la forma ni con el estilo que lo esperaban los israelitas de su tiempo. No viene a imponerse con un ejército. No trae la liberación política –aunque su mensaje tiene increíbles consecuencias políticas–. No invade las conciencias. El mensaje de la buena nueva es un mensaje amable, que respeta a las personas y su libertad. Se dirige de una manera especial a los que sufren, a los marginados, a los que están sometidos a la injusticia. El mensaje del reino promete la libertad y la plenitud de la vida en el marco de la familia de Dios. Es luz para los ciegos, libertad para los cautivos. Es justicia para todos. Y siempre atento al detalle y a lo que cada persona necesita: “la caña cascada no la quebrará.” Lo suyo es sanar, no matar. Curar, no herir. Dar vida, no condenar. Lo suyo es salvar, reconciliar, perdonar, dar esperanza. El que tenga oídos para oír que oiga.

Quizá por eso, años después, cuando Pedro proclama la buena nueva a los judíos y les tiene que hablar de Jesús, les dice que estaba “ungido por Dios con la fuera del Espíritu” y que “pasó haciendo el bien... porque Dios estaba con él”. Hacer el bien, curar, son los signos que ofrece Pedro a su auditorio para demostrar que Jesús era la viva presencia de Dios entre nosotros.

El Bautismo marcó un antes y un después en la vida de Jesús. A partir de él “pasó haciendo el bien”. Ese debería ser el principal distintivo por el que se nos debería conocer a sus discípulos. Como Jesús nos hemos bautizado, el Espíritu se ha posado sobre nosotros. Ahora nos queda vivir como Jesús: haciendo el bien y curando de todo dolor a los que nos encontramos en nuestro camino. Así verán que Dios está con nosotros.

Fernando Torres Pérez cmf

sábado, 1 de enero de 2011

Hemos contemplado su gloria

Título de la foto (Fano): "Que todo el año nos alimentemos de las uvas de la vid verdadera"
Domingo II Después de Navidad. Ciclo A
Ec 24,1-2.8-12; Sal 147,12-13.14-15.19-20; Ef 1,3-6.15-18; Jn 1,1-18

Hay que darle muchas vueltas a la Navidad para llegar a entender algo, poco realmente. Y más para que el misterio llegue realmente a donde tiene que llegar: al corazón de cada uno, al centro de nuestra vida, allá donde se generan las energías más vitales, las motivaciones más profundas. Quizá sea esa la razón por la que la liturgia repite hoy el mismo Evangelio del día de Navidad.

Toca el prólogo del Evangelio de Juan. Es un texto lleno de paradojas sobre todo si tenemos en cuenta la realidad de lo ocurrido. Fijémonos en una de sus frases centrales: “Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.”

Y ahora volvamos la vista al portal de Belén, al pesebre, a aquella doncella que acaba de dar a luz a un niño con la única ayuda de su marido. Están rodeados de pobreza y miseria –lo habitual de aquellos tiempos para la mayoría–. Están en compañía de animales. Nadie les ha querido dar posada. El momento no es feliz ni glorioso. Por mucho que a la hora de “hacer el Belén” todo nos parezca romántico y pongamos lucecitas alrededor. Pasa como en algunas películas, que están muy bien para verlas pero no para vivir realmente esas experiencias. Aquí es lo mismo. El Belén es muy bonito puesto en la entrada de la casa familiar o en una esquina de la iglesia. Pero la realidad tuvo que ser un poco más desabrida.

¿Qué gloria?

Pues bien, ahí, precisamente ahí, es donde nos dice Juan que “hemos contemplado su gloria.” A nosotros lo de la gloria nos cuesta verlo ahí. La gloria están en las ceremonias solemnes, en las multitudes que aclaman, en las grandes liturgias –tanto religiosas como políticas o deportivas–, en el lujo, la ostentación, el poder. Nada, absolutamente nada de eso se encuentra en la escena del nacimiento de Jesús, tal como nos lo narran los evangelios. Y sin embargo, ahí es donde contemplamos su gloria.Pues bien, ahí, precisamente ahí, es donde nos dice Juan que “hemos contemplado su gloria.” A nosotros lo de la gloria nos cuesta verlo ahí. La gloria están en las ceremonias solemnes, en las multitudes que aclaman, en las grandes liturgias –tanto religiosas como políticas o deportivas–, en el lujo, la ostentación, el poder. Nada, absolutamente nada de eso se encuentra en la escena del nacimiento de Jesús, tal como nos lo narran los evangelios. Y sin embargo, ahí es donde contemplamos su gloria.

El nacimiento de Jesús es sorprendente. Sobre todo si decimos que el que nace es Hijo de Dios. Pero lo que más sorprende es quizá el modo como nace. Lo sorprendente no es que Dios nos venga a hacer una visita a la tierra. Lo que nos saca realmente de nuestras casillas, nos deja sin palabras, confundidos y perturbados, es el modo, la manera como se encarna. Y que sea ahí, en la miseria, la pobreza, la debilidad, la fragilidad, donde se manifiesta la gloria de Dios.

Eso nos saca de nuestras casillas porque resulta que Dios es muy diferente a todo lo que habíamos imaginado. Y a todo lo que seguimos pensando e imaginando. ¿Qué tiene que ver el portal de Belén y lo que allí sucedió con las liturgias que nos encanta hacer en nuestras catedrales y en nuestras parroquias? ¿Dónde está el incienso, las posturas litúrgicas, los cantos solemnes, las oraciones rimbombantes, las teologías profundas? No hay nada de eso. Apenas un niño recién nacido, con toda su belleza ciertamente, pero también con su fragilidad, con su debilidad, con su impotencia. Esa es la gloria de Dios. Ese es Dios. Cualquier cosa menos todopoderoso.

La gloria de Dios, no la nuestra

Si pensamos bien este misterio de la encarnación, tendríamos que cambiar nuestra forma de pensar. Y, más importante aún, nuestra forma de relacionarnos con Dios. Y, por supuesto, como corolario natural, nuestra forma de relacionarnos con nosotros mismos y con nuestros hermanos y hermanas. Si verdaderamente hemos comprendido lo que es la gloria de Dios, la gloria del hijo, lleno de gracia y verdad, entonces deberíamos buscar esa gloria allá donde él la quiso poner y manifestar. Y no donde a nosotros nos gustaría que estuviese o donde pensamos que estuvo o que debería estar.

La gloria de Dios está en los indocumentados, en los enfermos abandonados, en los refugiados, en los niños maltratados, en las mujeres violadas y asesinadas, en los injustamente encarcelados, en las multitudes que viven en la miseria, en los desempleados sin ayuda, en los que duermen en las calles, en los alcohólicos, en los drogadictos... La gloria de Dios está ahí mucho más que en las catedrales y en las solemnes liturgias. Dios, naciendo en Belén y de la forma como lo hizo, rompe nuestros esquemas, nos saca de nuestras casillas de tal manera que hasta el día de hoy, cuando han pasado más de dos mil años, todavía no hemos podido asimilar de verdad lo que significa.

Por eso, conviene que meditemos una y otra vez sobre estos textos. Por eso nos conviene seguir celebrando la Navidad un año tras otro. Algún día lo entenderemos. Y lo sentiremos en el corazón. No hay que desesperar.

Fernando Torres Pérez cmf

sábado, 25 de diciembre de 2010

La familia de Dios

Título de la foto (Fano): "Que nuestro hogar sea la cuna de Jesús"
Domingo de la Sagrada Familia: Jesús, María y José - Ciclo A
Ec 3,2-6.12-14; Sal 127,1-2.3.4-5; Col 3,12-21; Mt 2,13-15.19-23

Las relaciones familiares no son las mismas en todos los lugares. Ni siquiera, por ejemplo, la relación ante los familiares que han fallecido. Hace años conocí en Filipinas a un sacerdote español. Acababa de llegar hacia unas semanas. Al encontrarnos y preguntarle qué tal le iba, se quejó amargamente de la falta de religiosidad y respeto de los filipinos ante la muerte. Me contó que había ido a un velatorio porque le habían pedido que celebrase allí una misa. Cuando llegó, se sintió en la necesidad de poner orden y silencio porque la familia allí reunida parecía estar de juerga. Mientras que unos jugaban a las cartas, otros comían y los niños corrían por todas partes. Intenté explicarle que la relación con los fallecidos en la cultura filipina es un poco diferente de la relación en el mundo mediterráneo o anglosajón. Que no es necesario poner una cara de tristeza, guardar silencio y mantener la cabeza baja. Pero eso no significa que no haya respeto o que el filipino no sienta la muerte. Lo único que significa es que lo expresan de una manera diferente.Las relaciones familiares no son las mismas en todos los lugares. Ni siquiera, por ejemplo, la relación ante los familiares que han fallecido. Hace años conocí en Filipinas a un sacerdote español. Acababa de llegar hacia unas semanas. Al encontrarnos y preguntarle qué tal le iba, se quejó amargamente de la falta de religiosidad y respeto de los filipinos ante la muerte. Me contó que había ido a un velatorio porque le habían pedido que celebrase allí una misa. Cuando llegó, se sintió en la necesidad de poner orden y silencio porque la familia allí reunida parecía estar de juerga. Mientras que unos jugaban a las cartas, otros comían y los niños corrían por todas partes. Intenté explicarle que la relación con los fallecidos en la cultura filipina es un poco diferente de la relación en el mundo mediterráneo o anglosajón. Que no es necesario poner una cara de tristeza, guardar silencio y mantener la cabeza baja. Pero eso no significa que no haya respeto o que el filipino no sienta la muerte. Lo único que significa es que lo expresan de una manera diferente.

Algo parecido se podría aplicar a la familia. No existe un único modelo de familia. Las diversas culturas, los diversos países, las diversas épocas, han dado lugar a diferentes tipos de familia, diferentes formas de relacionarse. Si apuramos, podríamos decir que hay tantos tipos de familias como familias en el mundo. Hasta nos resultaría difícil tratar de definir lo que es la familia. Básicamente una relación entre un hombre y una mujer en la que nace la nueva vida. Pero eso se ha expresado de muchas maneras. Y muy diferentes.

Cada familia es diferente

Hoy se dicen muchas cosas de la familia. A veces tengo la impresión de que no hacemos más que proyectar nuestra propia experiencia. Si hemos nacido en una familia de clase media, imaginaremos que todas las familias deben ser así. Si hemos nacido en una familia desestructurada quizá la idea de la familia será para nosotros el principio de los males para la vida de cualquier persona.

Hoy la liturgia nos presenta a la familia de Jesús: Jesús, María y José. Un matrimonio original con un hijo más original todavía. La realidad es que sabemos muy poco o nada de lo que fue la vida de aquella familia. Estaría, casi seguro, mucho más marcada por la pobreza de lo que imaginamos. Se parecería mucho más a las familias de los barrios de chabolas de las grandes ciudades de los países más pobres o a las familias de los campesinos de esos mismos países. Si tienen la oportunidad de visitar Nazaret, el guía les informará de que las investigaciones arqueológicas indican que los habitantes de Nazaret en el tiempo de Jesús eran tan pobres que no tenían ni casa. Vivían en cuevas. Así que nos podemos hacer una idea del nivel económico. Y, en consecuencia, del nivel cultural de aquellas personas.

Todos somos familia de Dios

Quizá, lo importante no sea tanto mirar al pasado para encontrar el “modelo” cuanto situar la familia en el marco del mensaje de Jesús: la buena nueva del Reino. Jesús nos dijo que todos somos hijos de Dios que formamos parte de su familia. Es una familia que abarca a toda la humanidad y que está levantada sobre el amor, la reconciliación, la misericordia. Es una familia que es lugar de vida y no de muerte, que es capaz de crear y recrear la vida. Pero no sólo la vida física sino la vida en el sentido más amplio: la vida en libertad, la vida de los hijos e hijas de Dios.

No hay que dudar que en aquel contexto cultural que les tocó vivir, Jesús, María y José formaron una familia fundada en esos valores pero concretados, vividos y expresados de forma diferente a como lo hacemos o intentamos hacer nosotros. No se trata de vivir como ellos. No se trata de renunciar a nuestra cultura. Pero sí de hacer que esa conciencia de que todos somos hijos e hijas de Dios, de que formamos parte de la gran familia de la humanidad, de que lo que nos une es el amor de Dios modele nuestras relaciones familiares más allá de los lazos de sangre.

Hay un largo camino por recorrer. No para volver a ninguna situación ideal en el pasado sino para crear aquí y ahora, en nuestra vida familiar, en nuestras relaciones, la familia de Dios, una familia abierta a todos, fundada en el amor, la comprensión, la misericordia y sólo cerrada al odio, a la violencia, a la venganza y la intolerancia.

Fernando Torres Pérez cmf

sábado, 18 de diciembre de 2010

Ya estamos a punto

Título de la foto (Fano): "Hagamos una cuna de nuestra alma para acoger a Jesús"
Domingo IV Adviento. Ciclo A
Is 7,10-14; Sal 23,1-3.2-4ab.5-6; Rm 1,1-7; Mt 1,18-24

¿De qué estamos a punto? Una buena pregunta. La Navidad está tan cerca que podemos pensar que el Adviento ha sido apenas una preparación para que esta celebración nos salga bien, para cantar mejor los villancicos, para que el incienso arome el templo y todos escuchemos atentos el antiguo relato del niño que nace en Belén.

O quizá hay que pensar que el Adviento es mucho más que un tiempo litúrgico que dura cuatro semanas escasas y de lo que se trata es de tocar una de las dimensiones esenciales de nuestra fe. Porque para lo que nos deberíamos de preparar, y lo que debería estar realmente a punto, es para dejar que nazca en nosotros, en nuestra mente y en nuestro corazón, el “Dios-con-nosotros” de que nos hablan la primera lectura y el evangelio de este domingo.

La lectura de Isaías puede ser muy iluminadora en el momento actual. Hay quienes piensan que ya no hay lugar para la esperanza, que la fe cristiana está a punto de entrar en fase de decadencia definitiva, que la sociedad ha perdido sus raíces. Son personas que tienen una visión de nuestro mundo realmente oscura. Y es posible que sea verdad. Pero es una situación hasta un poco mejor de la que estaba viviendo el rey Acaz. Su ciudad estaba sitiada por el ejército enemigo. No tenía ya muchas posibilidades de defensa. Y en aquella época los ejércitos vencedores no se andaban con chiquitas. Lo normal era arrasar la ciudad y pasar a cuchillo a los que no convertían en esclavos. Así que Acaz y su pueblo tenían un futuro mucho más negro que el nuestro.

La señal va a ser un niño

Ahí, en esa situación, el profeta habla en nombre de Dios. Va a tener una señal y va a ser una señal de futuro. ¿Qué mejor prueba se puede ofrecer de que hay esperanza para la vida que el nacimiento de un niño? El signo es que va a ser una virgen –y la virgen por sí sola no puede dar lugar a la vida– la que va a dar a luz un niño. Ese niño es el signo vivo de la esperanza, de la capacidad de Dios para crear la vida allí donde nosotros sólo vemos muerte.

Ese signo se cumple en María. Ella es la virgen que va a dar a luz la esperanza de la humanidad. En ese niño pequeño recién nacido se hará visible el amor inmenso con el que Dios nos ama a cada uno de nosotros. Es una paradoja porque ese niño precisamente necesitará –como todos los niños– de todos los cuidados y atenciones del mundo para poder crecer y convertirse en una persona mayor. Hasta es poco prudente por parte de Dios alumbrar así la esperanza. ¡Es tan frágil! Es como si el amor, la salvación, necesitase ser amado para poder salir adelante y crecer y dar fruto. Así es Dios. Se hace frágil para estar con nosotros.

El que viene es Emmanuel

Así que eso es la esperanza: un niño que va a nacer y que algo, desde muy dentro de nosotros, nos dice que es “Dios-con-nosotros”. Gracias a él podemos seguir mirando al futuro con esperanza y ver en cada hombre y mujer la presencia del amor de Dios, la dignidad inmensa que nos da el ser fruto de su amor. Esa esperanza se constituye en el mejor motor para empujar nuestros deseos de construir un mundo más hermano y más justo, un mundo donde nadie se sienta excluido por ninguna razón.

Esa esperanza la tenemos que cuidar como se cuida y atiende a un niño recién nacido. Es frágil y liviana. Está en nuestras manos. No podemos dejar que se caiga. Hay que alimentarla para que crezca y llegue a todos los hombres y mujeres de nuestro mundo. Para que los rostros contraídos por el dolor y el sufrimiento de cualquier tipo conozcan la sonrisa que provoca el amanecer.

El Adviento es mucho más que preparar la celebración de la misa de gallo. El Adviento toca lo más central de nuestra fe y hace que arraigue en nosotros la esperanza y que, como José, hagamos todo lo que nos mande el ángel para prepararle una casa digna –un mundo más justo– al Emmanuel.

Fernando Torres Pérez cmf

sábado, 11 de diciembre de 2010

Constantes en la esperanza

Título de la foto (Fano): "Preparémonos para recibir al salvador"
Domingo III Adviento. Ciclo A
Is 35,1-6a.10; Sal 145,7.8-9a.9bc-10; Stg 5,7-10; Mt 11,2-11

¿Vieron realmente los discípulos de Juan lo que Jesús les dice que están pasando? ¿Estaba pasando realmente? ¿Era verdad que los ciegos veían, los inválidos andaban, los leprosos quedaban limpios y los sordos oían? ¿Era verdad entonces que los muertos resucitaban y que a los pobres se les anunciaba el Evangelio? ¿Es verdad ahora? ¿Están ahí esos signos de la venida del Mesías?

Tenemos muchas preguntas y pocas respuestas. Hoy no tenemos a nadie haciendo milagros por la calle pero con el esfuerzo de todos hemos construido hospitales en los que se ayuda a las personas, se curan muchas enfermedades y se palía el dolor y el sufrimiento de las personas. Hoy tenemos unas cuantas guerras en marcha a lo largo y a lo ancho de este mundo pero también tenemos unas fuerzas militares que con el casco azul de las Naciones Unidas tratan de ser agentes de paz en medio de los conflictos. Hoy hay muchos pobres pero también hay muchas organizaciones que se dedican a tratar de crear las condiciones que hagan posible el desarrollo de los pueblos más pobres, ayudando a la infancia, favoreciendo la educación, creando infraestructuras favoreciendo un comercio justo y defendiendo los derechos humanos.

Ya se ven signos de esperanza

Es verdad que no hay ningún problema que se haya solucionado del todo. La crisis económica actual ha empeorado algunos. Pero hay muchas personas que están más concienciadas que nunca, que apoyan con su tiempo (cientos de miles de voluntarios) y con su dinero todos esos esfuerzos. En ese sentido estamos en el mejor momento de la historia de la humanidad. Sin punto de comparación.

Esos son los signos que hoy proclaman, para el que lo quiera ver, que Dios sigue actuando en nuestra historia, que Dios no nos ha dejado abandonados. Y eso a pesar de que nosotros no siempre trabajamos por hacer las cosas bien. A veces, como los niños, destrozamos más que construimos. Pero Dios está ahí y lo podemos ver. Esa es nuestra fe. Como día León Felipe: “Señor, yo te amo porque juegas limpio; / sin trampas –sin milagros–; / porque dejas que salga, / paso a paso, / sin trucos –sin utopías–, / carta a carta, sin cambiazos, / tu formidable / solitario.”

Lo que pasa en el mundo está ahí. Depende de nosotros si lo queremos ver con ojos de esperanza o si preferimos dejarnos llevar por lo de siempre. Los que salieron a contemplar a Juan, ¿fueron a ver un espectáculo o reconocieron al enviado de Dios que anunciaba la llegada de la gran esperanza, del Mesías? El asunto depende de nosotros. Es parte de nuestra apuesta personal, de nuestra capacidad de arriesgar. Pero si abrimos los ojos, veremos lo que Dios está haciendo en el mundo.Lo que pasa en el mundo está ahí. Depende de nosotros si lo queremos ver con ojos de esperanza o si preferimos dejarnos llevar por lo de siempre. Los que salieron a contemplar a Juan, ¿fueron a ver un espectáculo o reconocieron al enviado de Dios que anunciaba la llegada de la gran esperanza, del Mesías? El asunto depende de nosotros. Es parte de nuestra apuesta personal, de nuestra capacidad de arriesgar. Pero si abrimos los ojos, veremos lo que Dios está haciendo en el mundo.

Fuertes y pacientes

Hay que ser fuertes para vivir en esta tensión. Lo que vemos, lo que experimentamos día a día, no ha llegado todavía a su plenitud. Nada es perfecto. Ni en nuestra vida personal, ni en nuestra familia, ni en la sociedad, ni en la Iglesia. En el mundo hay todavía demasiadas injusticias, demasiados marginados, demasiados excluidos. Los poderosos de cualquier tipo siguen mirando más por sus propios intereses que por los intereses de todos. Todo esto es cierto. Pero el discípulo de Jesús ve ya cómo se está anunciando a los pobres la buena nueva. Ve que los cojos andan y cómo nosotros mismos nos llenamos de una esperanza nueva.

Los que vacilan deberían escuchar con atención la palabra de Isaías: “Fortaleced las manos débiles, decid a los cobardes de corazón: ‘Sed fuertes, no temáis’.” Debemos dejar que esa palabra llegue a nuestro corazón para salir a la calle a proclamar la esperanza de que estamos convencidos de que Dios está de nuestra parte, de que no nos dejará de su mano, de que volverán los rescatados del Señor y “pena y aflicción se alejarán.”

Es tiempo de saber conjugar la esperanza con la paciencia y la constancia, el trabajo comprometido diario con las manos abiertas –y tantas veces vacías– vueltas al Señor de la historia. Y aguardar, como dice la segunda lectura, como el labrador, pacientemente, el fruto valioso del amor de Dios que se manifiesta hoy en nuestro mundo y que se manifestará algún día en toda su plenitud. Pero para eso no hay que olvidarse de trabajar la tierra y dejarla preparada para acoger la semilla del Reino.

Fernando Torres Pérez cmf

sábado, 4 de diciembre de 2010

Abiertos a la novedad de Dios

Título de la foto (Fano): "Limpia nuestro pecado, conviértenos"
Domingo II Adviento. Ciclo A
Is 11,1-10; Sal 71,1-2.7-8.12-13.17; Rm 15,4-9; Mt 3,1-12

Lo desconocido siempre nos produce inquietud e incertidumbre. Pero en la espera dedicamos el tiempo a imaginar cómo será lo que esperamos. Y lo hacemos inevitablemente según lo que ya conocemos, según las ideas que ya tenemos, aprendidas quizá en el pasado o de otras experiencias anteriores. Si nos hablan de que vamos a hacer un examen, enseguida haremos memoria de los exámenes que tuvimos en nuestra juventud. Si nos hablan de una tormenta terrible que se avecina, pensaremos en las experiencias buenas o malas que hemos tenido antes con otras tormentas. Y así siempre. Nos cuesta imaginar algo totalmente nuevo.

Ante la venida de Jesús, ante el anuncio del Mesías, funcionamos de una manera parecida. Si Dios viene, y no otra cosa es el Adviento sino la celebración del Dios que se acerca a nuestra vida, deberá ser tal y como nos lo han contado. Aquí no contamos con experiencias propias sino con lo que nos enseñaron en el catecismo o lo que nuestros padres o abuelos nos enseñaron al oído cuando éramos muy pequeños.

Por un momento tendríamos que ser capaces de vaciar totalmente nuestra mente y abrirnos a la absoluta novedad que es Dios. Porque Dios es totalmente diferente de todo lo que podamos imaginar. ¿Habría podido imaginar alguien a un Dios hecho hombre, encarnado en un niño recién nacido en una cueva?

Preparar el camino al Señor

El problema de Juan Bautista es que ante la inminencia de la llegada del Mesías da por supuesto cómo va a ser ese Mesías, deja que los prejuicios y las ideas preconcebidas le dicten sus palabras. Y habla del Mesías que está por llegar más como una amenaza que como un consuelo. Su llegada es un peligro más que ocasión de salvación. El castigo es inminente para los que no se conviertan. Hay que reconocer que está bien la llamada a la conversión pero no es bueno utilizar a Dios como amenaza. Para Juan el Mesías viene dispuesto a quemar la paja, a talar los árboles que no den fruto. Juan amenaza con sus palabras para que nadie se haga ilusiones. Lo que viene es terrible y nadie está preparado.

Su intención era buena: preparar el camino al Señor. Pero en esta celebración del Adviento conviene que veamos la realidad con una cierta perspectiva. Tenemos que preparar el camino del Señor pero nosotros ya hemos recibido su visita. Ahora lo celebramos de nuevo, como ya lo hemos celebrado tantas veces en nuestra vida. Sabemos que nos tenemos que convertir pero no porque Dios nos amenace con el castigo sino porque es gracia, y amor, y salvación, y perdón, y misericordia para nosotros

La Palabra, fuente de esperanza

Este Adviento es una buena oportunidad para releer las Escrituras, la Biblia. Como dice Pablo en la segunda lectura, se escribieron para nuestro consuelo y enseñanza, para que mantengamos la esperanza. Porque en ellas tenemos el testimonio vivo de lo que es Dios para nosotros. Ya no tenemos que imaginar. Podemos dejar de lado todos los prejuicios. En las Escrituras tenemos el testimonio vivo de la presencia de Dios entre nosotros. Jesús nos habla al corazón y él es el hijo de Dios encarnado. Su palabra es la misma Palabra de Dios. Leyendo la palabra sentiremos que el corazón se caldea, que la esperanza se anima. Sentiremos que Dios mismo obra en nosotros la conversión no como fruto de la amenaza sino como resultado de experimentar el amor de Dios que nos reconcilia por dentro. Porque el Dios que viene en Jesús es amor. Y nada más que amor.

Quizá fue esa experiencia de Dios la que hizo escribir al autor del libro de Isaías el texto que se lee este domingo en la liturgia. La esperanza de la venida del Mesías ilumina para el profeta un mundo nuevo, marcado por la justicia, por la lealtad y la superación de toda forma de violencia. Es casi un sueño, una utopía imposible: el león y el novillo pacerán juntos, habitará el lobo con el cordero. “¡Imposible!”, dirá alguno. Pero el que, llevado por la Palabra, ha experimentado el amor de Dios sabe que es posible y que desde ya vale la pena comenzar a trabajar para que ese mundo nuevo sea posible. Porque es el que Dios quiere para nosotros y el que Dios nos trae con su Hijo.

Fernando Torres Pérez cmf

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Formación MISEVI 20-21 Noviembre

Durante los días 20 y 21 de noviembre de 2010 tuvimos el primer encuentro del plan de Formación Misionera de este curso Victor Ramírez, uno de los asistentes y Animador de Zona Sur de Misevi España, nos envía esta crónica reflexiva que pretende transmitir algo de lo que vivimos durante ese fin de semana. La próxima acción de este plan será durante el mes de enero/2011. Más información en http://www.misevi.org/formacion.es.

Aprender a dejarse en Dios

Me gusta imaginar las caras que pusieron aquel día, los seguidores de Jesús, sus discípulos, ante el mandato único y universal que les tocó recibir. Qué pensaron, qué sintieron, cómo aceptaron esa misión…

Seguro que todos y cada uno de ellos sintieron miedo, incertidumbre, falta de confianza… y todos esos sentimientos que han pasado por cada uno de nuestros corazones cada vez que nos hemos sentido llamados a la Misión. Aunque algo de tiempo después todo eso se tornó en esperanza, confianza, amor… ¿La receta?, después de dos mil años, sigue siendo la misma. DEJARSE EN MANOS DE DIOS

En la Eucaristía, el Delegado de misiones de la diócesis de Madrid, se alegraba y destacaba la presencia de este grupo de jóvenes en un encuentro misionero, un fin de semana. Reflexionando mientras volvía a casa, caía en la cuenta de que todos estuvimos allí por alguna razón. Una en común, UNA LLAMADA. Llamada a la que cada uno debe dar respuesta. Quizás unos dudemos, otros no lo tengamos claro. Pero es seguro que Dios quiere algo de nosotros y por eso nos llama por nuestro nombre. Ahora, en este justo momento. Nos llama a trabajar por los más desfavorecidos.

Link al artículo

El ambiente vivido el fin de semana, ha sido muy cálido. Incluso en los descansos, al salir a la calle con 5 ó 6 grados, el corrillo ofrecía un lugar donde compartir y echar unas risas que calentaban rápidamente el cuerpo…

Echamos de menos la presencia del equipo acompañándonos y disfrutando de la formación la mayor parte del tiempo, pero entendemos la importancia de tantos asuntos a tratar y solucionar que están en sus manos. Sentí que estuvieron cerca y que su esfuerzo porque esta formación salga adelante es notable.

Ya desde casa me resta darle gracias a Juan, por animarnos a conocernos más, por hacerlo de forma tan cercana e ilustrativa, que creo que a todos gustó. Aunque tiene que mejorar su magia, jejeje. Y a David, por iluminarnos acerca de los documentos de la Iglesia que forman un gran pilar para todos los misioneros y misioneras, y que aunque algunos ya hayamos leído en más de una ocasión, deberíamos aprender y profundizar mucho más a menudo.

Pena de no contar con más tiempo para compartir, hablar, conocer las inquietudes de cada uno, pero seguro que habrá más ocasiones, siempre que Conchi Tierra nos deje tiempo… (es broma cariño, todos disfrutamos de ver tu cara hablando del pueblo chino).

Gracias a Dios, porque el esfuerzo realizado por todos, de viaje, de tiempo y de sacrificio, ha valido la pena. Ojalá podamos encontrarnos muchas más veces y compartir, lo que es una misma vocación, que nos acerque al pobre, que nos abra los ojos ante la injusticia y que nos lleve por bandera a ser la voz de los sin voz…

Gracias a todos por vuestra presencia y por lo compartido.

Víctor Ramírez Pérez

sábado, 27 de noviembre de 2010

De la angustia a la esperanza

Título de la foto (Fano): "Preparemos un sitio para el niño"
Domingo I Adviento. Ciclo A
Is 2,1-5; Sal 121; Rm 13,11-14; Mt 24,37-44

Hay esperas y esperas. No es lo mismo la espera del padre que en la sala de espera del hospital aguarda que le comuniquen el nacimiento de su hijo que la del soldado que en la trinchera aguarda el comienzo de la batalla. No es lo mismo el adviento que el espíritu de las lecturas de estos últimos domingos que nos hablaban casi del fin del mundo con imágenes terroríficas de destrucción y cataclismos cósmicos.

Es que ya hemos comenzado el Adviento. Comienza un nuevo año litúrgico, la oportunidad de domingo a domingo volver a meditar los grandes misterios de la vida de nuestro señor Jesucristo, el centro, el Alfa y la Omega, el principio y el fin de nuestra fe. Si seguimos aquí, si somos miembros de la comunidad creyentes es porque la figura de Jesús sigue estando en el centro de nuestros pensamientos. Y su reino es el sueño que anima nuestro compromiso. Y su Padre nos hace sentirnos miembros de la misma familia de Jesús y hermanos de todos los hombres y mujeres de nuestro mundo. Y su Espíritu lo sentimos dentro de nosotros, animando nuestra vida, impulsando nuestros esfuerzos por crear fraternidad y vencer al odio y la violencia que demasiadas veces nos hacen hundirnos en el barro de la historia.

Comienza el Adviento

Y el primer misterio que hay que celebrar es el nacimiento de Jesús. No es un nacimiento más. Nos habla de la encarnación del Hijo de Dios. Nada es accidental en ese nacimiento. Todos los detalles tienen un poderoso significado para nuestra fe. Por eso no podemos llegar a celebrar la Navidad sin una adecuada preparación. El Adviento es ese tiempo que nos dispone para celebrar la Navidad, para darnos cuenta de lo que celebramos y vivimos, para que llegue a lo más hondo de nuestro corazón y entendimiento el misterio de un Dios hecho niño en un pesebre.

Adviento es tiempo de espera alegre. Lo que se nos viene encima no es una amenaza sino una gracia. La invitación a estar en vela no es para estar preparados ante el desastre final sino para disfrutar en comunidad de una espera que es casi tan alegre y gozosa como la misma celebración del hecho. En la espera anticipamos la realidad que viene, la presencia de Dios entre nosotros. En la espera nos permitimos soñar con un mundo diferente. Y ese sueño transforma ya nuestra manera de comportarnos, nos hace vivir de otra manera.

En la espera, volvemos a leer los textos de los antiguos profetas y sus palabras resuenan en nuestro corazón y pintan una sonrisa en nuestro rostro. Leemos y releemos las palabras de Isaías en la primera lectura y nos dan ganas de salir caminando hacia el monte del Señor. Es como si el Espíritu de Dios nos convocará a salir de las iglesias, de nuestras casa, a marchar por la calle anunciando a todos el gozo que se avecina. Por muchas noticias de crisis y desastres de los que están llenos nuestros telediarios, hay una noticia más importante.

Va a nacer Jesús, será el árbitro de las naciones. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. Es el más viejo sueño de la humanidad –la paz, la felicidad, el bienestar para todos– que se atisba ya en el horizonte. Y nosotros sabemos que ese sueño se va a hacer realidad. Se ha hecho ya realidad en Jesús, cuyo nacimiento nos preparamos para celebrar.

Tiempo para estar en vela

Por eso es hora de despertarnos del sueño. O de las pesadillas en que a veces estamos tan metidos que no vemos la luz del Señor que se atisba ya en el horizonte. La realidad es que la noche está avanzada y el día se echa encima. Hay que levantarse, desperezarse, salir de casa y ponerse trabajar por un mundo mejor, como dice la lectura de la carta de Pablo a los Romanos.

Es lo mismo que nos dice el Evangelio: ya está cerca algo tan importante que va a cambiar nuestra vida cotidiana. Hasta ahora la gente comía, bebía y se casaba. Ahora viene algo nuevo. Algo que va a cambiar el color de todo lo que hacemos, que va a dar un nuevo sentido. Lo que viene es la presencia novedosa del Espíritu de Dios, la irrupción de la gracia de Dios que, como un torrente, inunda nuestro presente y nos hace vivir de otra manera: bajo la luz de la misericordia, la reconciliación, el perdón, la comprensión. En definitiva, bajo el inmenso paraguas del amor de Dios que desea la vida de todas sus criaturas.

Por eso hay que estar preparados, en vigilia, y ya desde ahora gozar de esa presencia. ¿No se dice siempre que las vísperas de una fiesta son casi mejores que la fiesta misma? Pues ya estamos en las vísperas de la Navidad. Es tiempo de disfrutar y de gozar con la preparación de la fiesta mayor del año: viene Jesús. No es tiempo de angustia sino de esperanza.

Fernando Torres Pérez cmf

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Calendario para Adviento 2010

Buenos días!

Ahí tenéis un calendario para el adviento que ha preparado una amiga de JMV de Jaén (Patricia Rojo) con mucho cariño, espero que los disfrutéis, y... que lo llevéis a cabo! Me he tomado la libertad de hacer una adaptación para note/netbooks (1024x600).

Podéis compartirlo todo lo que queráis (a cuanta más gente llegue, mejor), pero recordar el origen.

Saludos!!

P.D.: Muchxs de lxs destinatarixs sois grandes "desatendidxs", pero tened por seguro que no sois olvidadxs. Un abrazo a todxs!

Atte.
Israel Jesús Ortega Gómez
IsraelJesus@PaulesSalamanca.es

sábado, 20 de noviembre de 2010

Un rey y un reino diferentes

Título de la foto (Fano): "Cristo, Rey del Universo, se enamora de la Tierra"
Domingo XXXIV T. Ordinario. Ciclo C - Jesucristo Rey del Universo
2Sm 5,1-3; Sal 121,1-2.4-5; Col 1,12-20; Lc 23,35-43

Este no es un reino como los demás ni nuestro rey se parece a ninguno de los que ha habido o habrá en la historia de la humanidad. Ya decía Jesús que estamos acostumbrados a que los poderosos nos exploten u opriman pero que entre nosotros no debía ser así. Lo malo es que las personas tendemos a imaginar lo desconocido a partir de su semejanza mayor o menor con las cosas que conocemos. Por eso, el mismo Jesús habló de reino y nosotros hemos terminado haciéndole a él rey. Y de tanto usar las palabras se nos ha colado de rondón la idea de que su reino es eso: un reino, y de que él es rey como lo son los reyes de este mundo.

¿Cómo son los reyes de este mundo? De muchas maneras. Pero me gusta recordar la introducción de un libro de un sociólogo que leí hace muchos años sobre la política. Comenzaba el libro diciendo que en las sociedades animales de todo tipo siempre había un líder. Decía también que ese líder tenía muchas veces funciones de servicio a la comunidad: proteger a los más débiles, buscar alimento, etc. Pero lo que se daba siempre en esas sociedades animales es que el líder se aprovechaba del grupo. Es decir, tenía a su disposición las mejores hembras, era el primero en comer y tenía derecho, pues, a los mejores bocados, etc. Luego comenzaba el libro propiamente dicho a explicar los mecanismos de organización social que hemos dado en llamar “política”. No hacía falta decir nada más para entender que también en la sociedad humana los políticos muchas veces realizan un servicio a la sociedad pero que son más veces las que se aprovechan de ella, de nosotros, para su propio beneficio.

El pacto de Hebrón

Jesús no quería ser un rey de esa manera. Basta con leer el Evangelio detenidamente para entenderlo. Lo suyo es otra forma de comenzar. Posiblemente sea utópica en el sentido de imposible –por eso le costó la vida cuando lo intentó– pero es ciertamente otra forma de organizar la sociedad. Quizá la clave para comprender a Jesús y su idea de lo que era el reino nos la puede dar la primera lectura de este domingo. El segundo libro de Samuel nos cuenta que todas las tribus de Israel fueron a Hebrón y allí el rey David hizo con ellos un “pacto”. Es muy importante subrayar el “pacto”. Un pacto se hace entre iguales. A un pacto no se llega como resultado del poder de uno sobre los demás sino a través del diálogo, del acuerdo, del buen entendimiento. Y todos son responsables de guardar y llevar a la práctica el pacto.

Lo que Jesús nos ofreció de parte de su Padre fue la firma de un nuevo pacto con la humanidad. Para poder llegar a ese acuerdo, Dios tomó la iniciativa: se abajó, no hizo alarde de su categoría de Dios, se puso a nuestro nivel. En definitiva, se encarnó.

Pero no le entendieron. Porque no es fácil. Los judíos tenían, como tantos hoy en día, la idea de un líder, un Mesías, que fuese todopoderoso y les solucionase de un golpe todos los problemas. Los judíos, como nosotros tantas veces, no querían sino volver a ser niños y que papá o mamá les hiciese la vida fácil.

Ciudadanos libres del Reino de Dios

Los judíos eliminaron a Jesús porque en lugar de llevarles a la victoria, a la independencia, a un nuevo reino de esplendor, les invitaba a hacer otro camino diferente: el de su reino, el de la fraternidad, el de la acogida a los marginados, a los pobres, a los indefensos, a los enfermos. Porque el reino del que hablaba Jesús era otra cosa. Jesús era peligroso porque invitaba a la gente a pensar, a ser libre y responsable, a madurar como personas, a no dar por supuesto que lo que hacían los poderosos estaba bien sino a ponerse al nivel y discutir y dialogar y sentirse responsable de buscar el bien común. Lo de Jesús era otra cosa.

Así que Jesús es nuestro rey pero no al estilo al que estamos habituados. Es un rey que no se siente superior a nosotros, que se abaja. Es un rey que termina muriendo en la cruz. Es un rey que no cree en el poder de las armas sino en la fuerza de la reconciliación, del amor gratuito, de la misericordia. Es un rey que mantiene la esperanza y que, en medio de las dificultades, es capaz de crear esperanza en el corazón de los que están cerca de él, como vemos en el evangelio de hoy.

Hoy tenemos la oportunidad de volver a sellar el pacto con nuestro rey. De igual a igual, nos comprometemos a trabajar por el reino. Mejor, por “su” reino. Creemos que vale la pena y que podemos intentar vivir y relacionarnos de otra manera, no basadas en la ley del más fuerte sino en el amor. La jugada es arriesgada. A Jesús le costó la vida. Pero nosotros estamos llenos de esperanza porque sabemos que el Dios de la Vida está de nuestro lado.

Fernando Torres Pérez cmf

domingo, 14 de noviembre de 2010

Diócesis de Málaga

Habéis puesto imagen y palabras a la palabra de Jesucristo
Gracias por acompañarme

Bueno, habréis comprobado que hace semanas que no subo el comentario al Evangelio del Domingo, pero es que, al parecer, la Diócesis de Málaga tiene que haber acabado el "contrato" que tenía con Fano, pues, sin avisar, han dejado de colgarlo, espero encontrar otra web que me proporcione el gran servicio que ésta hacía.

Un abrazo a todos, intentaré actualizar lo antes posible.

Israel Jesús

sábado, 13 de noviembre de 2010

Sin miedo al futuro

Título de la foto (Fano): "Pon tus palabras en mi boca"
Domingo XXXIII T. Ordinario. Ciclo C
Mal 3,19-20a; Sal 97,5-6.7-9a.9bc; 2Ts 3,7-12; Lc 21,5-1

El tema del fin del mundo ha estado siempre de alguna manera presente en la mente de la humanidad. Bastan con poner en cualquier buscador de internet “fin del mundo” y saldrán miles de referencias. Google, el más usado, encuentra 14.900.000 resultados. Casi todos hablan de que se acerca un tiempo de guerras de todo tipo y/o desastres naturales, incluidos algunos a nivel cósmico. Todos esos fenómenos provocarán la destrucción de este mundo.

Todas esas predicciones se refieren básicamente a la destrucción del mundo occidental. En realidad para destruir este mundo nuestro no es necesario tampoco un especial cataclismo. Las infraestructuras de nuestras ciudades son ahora mismo tan frágiles –por la sencilla razón de que son enormemente complejas– que un fallo simple puede afectarlas de tal modo que provoque la destrucción del conjunto.

Imaginemos por un momento un fallo en la cadena energética. Por unas semanas, por las razones que sean, se interrumpe la llegada del combustible que alimenta nuestros vehículos, las centrales de producción eléctrica, los sistemas de seguridad, etc. Las ciudades se quedarían sin electricidad –a oscuras–, los supermercados se vaciarían –sin alimentos–, los transportes públicos y privados se paralizarían –no se podría ir a trabajar–. ¿Haría falta mucho tiempo para que las personas se organizasen casi tribalmente en bandas territoriales a la búsqueda de recursos vitales para la supervivencia? Eso sería un verdadero fin de “nuestro” mundo, aunque no sería necesariamente el fin del mundo ni del universo.

El fin de “mi” mundo

Es decir, lo que nos aterra de verdad es el fin de “nuestro” mundo. Y si me apuran el fin de “mi” mundo, de mi red de relaciones, mi familia, mis amistades, mi trabajo... Todo lo que me hace sentirme seguro y protegido. No me hace falta que llegue el fin del mundo a escala cósmica. Eso puede estar bien para una película. La realidad es que me basta imaginar el fin de “mi” mundo para sentirme desvalido y aterrorizado. Esa idea ha estado siempre de alguna manera presente en nuestra mente, como una amenaza inconsciente pero real, que tiene mucho que ver con el saber que nos vamos a morir y que, en ese momento, desaparecido nuestro mundo, nos vamos a enfrentar a lo desconocido.

Las lecturas de este día no nos amenazan con el fin del mundo. Son más bien una llamada fuerte a vivir el presente. La perseverancia de que habla Jesús al final del texto evangélico de hoy no es una virtud del futuro sino del presente. Hoy tenemos que vivir el Evangelio y construir el Reino. Hoy tenemos que tender la mano al hermano para construir la casa común. Hoy debemos ser perseverantes en el amor. Hoy hemos de cuidar con esmero este mundo que es nuestra casa y administrar sus recursos de forma que lleguen para todos, hoy y en el futuro.

El problema es que algunos se quedan tan embobados ante el anuncio, casi siempre imaginario, de lo que puede suceder en el futuro, que se olvidan de vivir el presente. Pasa a todos los niveles, incluso en las relaciones personales. ¿No han conocido a esas personas que temerosas de lo que pueda suceder mañana –una despedida, una enfermedad– no son ya capaces de disfrutar de la alegría del momento presente?

El regalo del presente

San Pablo lo expresa en la segunda lectura con claridad. Algunos de los cristianos de Tesalónica estaban tan pendientes del fin del mundo, de la llegada definitiva de Cristo, que se suponía inminente, que nada de lo del presente les importaba. Así que habían dejado de trabajar. ¿Para qué trabajar si mañana o pasado mañana...? ¿Para qué comenzar a construir una casa si quizá no haya tiempo para terminarla? Pablo les dice que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan.

La vida no para. Es siempre regalo de Dios. Y no se debe despreciar el don del presente en nombre del futuro. Hoy toca vivir lo que hay y mañana ya afrontaremos lo que venga. Hoy toca comprometernos en la construcción del Reino. Hoy toca acoger a los hermanos y hermanas y hacer que nadie se sienta excluido. ¿Cómo podemos decir que ansiamos participar del Reino si hoy no abrimos las manos y los brazos a nuestros hermanos, si no les servimos a la mesa común?

Vendrán espantos o vendrá paz. Vendrán cataclismos o vendrá bonanza. Vendrán persecuciones o bienestar. Lo que sea lo vamos a vivir en el nombre de Jesús, como discípulos suyos, disfrutando del don de la vida que se nos regala en cada momento, testigos de la buena nueva con nuestras palabras y con nuestras obras. Sin miedo al futuro porque allí nos espera Dios, el que nos ha prometido en Jesús la Vida en plenitud.

Fernando Torres Pérez cmf

sábado, 6 de noviembre de 2010

Testigos de la esperanza

Título de la foto (Fano): "Para Dios todos estamos vivos"
Domingo XXXII T. Ordinario. Ciclo C
2Mac 7,1-2.9-14; Sal 16,1.5-6.8.15; 2Ts 2,16–3,5; Lc 20,27-38

Uno de los anuncios que salen en internet mientras que se navega de página en página me proponía que me pusiese en contacto con Allan. El tal Allan dice de sí mismo que es tarotista, vidente, espiritista, palero y santero. Asegura la solución a todos los problemas, el conocimiento del futuro y la posibilidad de disfrutar de una vida estable y feliz. Me pregunto qué hubiera dicho Allan si aquellos saduceos le hubiesen hecho la pregunta que en el evangelio de hoy le hacen a Jesús sobre los siete hermanos casados con la misma mujer.

La realidad es que a todos nos gustaría poder controlar el futuro. El futuro inmediato y el futuro más lejano sobre el que siempre se cierne, como una amenaza, la muerte. La realidad es que no tenemos ni idea. Nadie ha vuelto para contarnos lo que allí sucede, lo que hay más allá. Pero dentro de nosotros tenemos una fuerza, un sentimiento, que nos hace pensar que no se puede terminar todo aquí, que debe haber algo después de la muerte. Si Dios es verdaderamente Dios, no puede dejar que nuestra vida caiga en el vacío. Si el Dios-Abbá, el Padre, de que nos habló Jesús es algo más que una imaginación no puede ser que la muerte, la desaparición definitiva, sea la única perspectiva que tenemos por delante.

Un futuro desconocido e incierto

La cuestión ha estado presente en todas las culturas y en todas las épocas. Se ha expresado sobre todo en la relación con los difuntos. De una o de otra manera, esa relación ha existido y expresa que hay una cierta fe, una cierta creencia en que los que han muerto, aunque no están con nosotros, están vivos. De otra manera. En otro lugar. Pero vivos. El problema es que nos gustaría saber, nos gustaría estar seguros, desearíamos controlar. Y no podemos. Ni a través de la ciencia ni de esas otras maneras que nos proponía Allan.

Jesús nos propone otro camino. Es el de la confianza. Jesús tiene una profunda experiencia de Dios. Es su Abbá, su Padre, su Papá. Se siente Hijo porque Dios forma parte de su experiencia más profunda y cotidiana. Se siente enviado a anunciar la buena nueva: que Dios es padre de todos, que quiere la vida de todas sus criaturas, que es amor, que desea que ese amor llegue a todos, que no hace excepciones entre sus hijos, que acoge a todos y especialmente a los que más sufren, a los marginados, a los que les ha tocado la peor parte en este mundo. Para Jesús Dios no es un controlador ni un legislador, ni un juez exigente y dispuesto a condenar, sino un padre amable, capaz de perdonar, de reconciliar, dispuesto a salvar y sanar y curar a los heridos por la vida.

Confiar en el Dios de la Vida

Por eso, a pesar de lo difícil que es enfrentarse a la propia muerte, Jesús morirá poniendo su confianza en Dios. Por eso, Jesús es capaz de reafirmar su fe en el Dios de la Vida ante aquellos saduceos que le vinieron con una historia tan novelesca. Deja claro que Dios es Dios de vivos y no de muertos. Aunque no veamos, aunque no sepamos, confiamos en Dios y en él ponemos nuestra esperanza.

Quizá a nosotros no se nos va a poner en una prueba como la que tuvieron que pasar los siete hermanos macabeos. No se nos va a poner en el dilema de comer carne de cerdo o morir para defender nuestra fe. Pero la esperanza que nos anima en el Dios de la Vida y nuestra fe en el Reino se manifestará sin duda en nuestra forma de comportarnos aquí y ahora. El que vive en la esperanza de la resurrección va sembrando vida con sus palabras, sus gestos, sus decisiones... Es capaz de compartir lo que tiene y lo que vive porque se sabe hermano y compañero de camino en esta peregrinación hacia la casa definitiva, la del Padre, que es nuestra vida. Ahí es donde se juega nuestra fe y nuestra esperanza. No nos dejan paralizados y volcados hacia un futuro que no sabemos cuando llegará sino que nos hacen activos y comprometidos con la vida y la esperanza de nuestros hermanos y hermanas.

Como dice la segunda lectura, que Jesucristo, que nos ha regalado esta gran esperanza, nos dé fuerza para toda clase de palabras y obras buenas. Él nos dará la fuerza y la gracia necesarias para vivir ya aquí y ahora la esperanza de Vida sin necesidad de acudir a santones ni a milagreros ni a otras esperanzas falsas sino dando la mano a nuestros hermanos y hermanas para hacer juntos este camino hacia el Reino.

Fernando Torres Pérez cmf

sábado, 30 de octubre de 2010

Somos hijos amados de Dios

Domingo XXXI T. Ordinario. Ciclo C
Sb 11,22–12,2; Sal 144,1-2.8-9.10-11.13cd-14; 2Ts 1,11–2,2; Lc 19,1-10

Hay muchos que en la vida aspiran a subir de categoría social, de nivel, de riquezas. Pero también es verdad que en la más tradicional espiritualidad cristiana hay toda una línea que invita a la humillación, al abajarse, a sentirse siempre culpables y pecadores por todo. Parece que la única forma de presentarse ante Dios es la del publicano, haya o no haya razón suficiente. Hay que humillarse, hay que hozar en la herida de la culpabilidad. Sólo así podemos, parece, provocar la misericordia de Dios.

La primera lectura de este domingo nos pone ante una realidad muy diferente que me ha hecho recordar uno de los lemas que presidían una reunión de grupos de matrimonios en la que participé en mis primeros años de sacerdocio: “Dios no hace basura.” Aquel lema nos hizo recordar a todos –tan proclives a darnos golpes de pecho y a pensar que no somos nada, que todo lo hacemos mal, que somos culpables de todo– que somos criaturas de Dios, que Dios nos ha creado. Ese origen es el que nos hace valiosos. Todo ser humano es valioso porque es creación de Dios, porque es hijo o hija de Dios por más que con su comportamiento haya dañado o escondido esa realidad. Como dice la lectura de la Sabiduría: “en todos los seres está tu espíritu inmortal.”

Lo que veían en Zaqueo sus paisanos

Éste debería ser el punto de partida básico de nuestra relación con Dios: somos sus hijos, criaturas suyas, fruto de su amor; con los demás: son nuestros hermanos, son hijos de Dios como nosotros y dignos de su amor y del nuestro; y con la creación: aunque inanimada es fruto también de las manos de Dios, hay que respetarla y cuidarla porque forma parte del río de la vida que Dios ha creado.

A partir de aquí quizá sea más fácil comprender la actitud de Jesús ante Zaqueo, y ante los pecadores y marginados en general, ante todos los que sufrían de cualquier manera. La gente del pueblo de Zaqueo le veían como un explotador. No era precisamente amor lo que sentían por él. Hay que tener en cuenta que en aquellos tiempos el jefe de los publicanos, de los que cobraban los impuestos en nombre del Imperio Romano no eran simplemente empleados de Hacienda como en nuestros días. Los romanos tenían el estado reducido al mínimo y en lugar de tener un ejército de funcionarios subarrendaban el cobro de los impuestos.

Es decir, Zaqueo había firmado una especie de contrato por el que se comprometía a entregar a los romanos una cantidad determinada todos los años. El resto era su problema. ¿Se entiende por qué se dice de él que era un hombre rico? ¿Se entiende porque Mafalda dice en una de sus tiras geniales que “nadie puede amasar una fortuna sin antes hacer harina a los demás”? ¿Se entiende por qué sus paisanos lo veían como un explotador? Estoy seguro de que hoy conocemos también por el nombre a otros “explotadores”.

Lo que Jesús veía en Zaqueo

Pues bien, Jesús mira a Zaqueo y descubre en él otra realidad más profunda y determinante. Lo de ser explotador o rico o mala persona no pasa de ser un accidente, algo que puede cambiar y cambiará. Lo más importante es la realidad básica: es un hijo de Dios, es un hombre que necesita conocer la misericordia y el amor de Dios. Ha buscado la seguridad en sus riquezas, en la explotación a sus hermanos. Jesús le invita a volver a casa, a sentirse de nuevo como lo que es: hijo de Dios.

Esa cercanía provoca el cambio en Zaqueo. Devolverá con creces sus bienes a aquellos a los que ha robado, compartirá lo que tiene con los pobres. Jesús le ha descubierto su ser auténtico y se siente en familia con todos sus hermanos y hermanas. Hay que subrayar que el cambio no ha sido fruto de la amenaza del infierno. Tampoco Jesús ha hecho ningún tipo de denuncia profética dejando al descubierto la injusticia de su comportamiento. Jesús lo hace con los fariseos pero no en este caso. Aquí sólo se ha acercado a él y se ha auto-invitado en su casa. Zaqueo era un hombre que había encontrado la seguridad en sus riquezas pero era también, quizá por eso mismo, un marginado social. Jesús le ha integrado en la gran familia de los hijos de Dios, esa familia que no excluye a nadie. Por una razón simple: porque Jesús ha venido a buscar lo que estaba perdido.

Tendríamos que aprender de Jesús a mirar a nuestros hermanos con los mismos ojos que él nos mira. Y a nosotros mismos. Podemos haber hecho muchas cosas malas pero siempre seremos hijos de Dios. Nada ni nadie nos podrá quitar eso. Ni nosotros mismos. Nuestro valor no reside en lo que hacemos o no hacemos sino en el hecho de que somos fruto constante del amor de Dios. Por eso, como dice Pablo en la segunda lectura, oramos por los demás siempre para que su dignidad de hijos brille siempre, para que alumbre todo lo valioso que está en nuestro interior. Para que se manifieste lo que está escondido.

Fernando Torres Pérez cmf

sábado, 23 de octubre de 2010

Del mercadeo a la gratuidad

Domingo XXX T. Ordinario. Ciclo C
Eclo 35,12-14.16-18; Sal 33,2-3.17-18.19.23; 2Tm 4,6-8.16-18; Lc 18,9-14

Uno de los sentimientos más profundos de toda persona humana es el temor frente a la inseguridad, frente a lo desconocido, frente a lo que no controlamos. Por eso, una de las motivaciones más comunes para nuestras decisiones, para nuestros actos, es la búsqueda de una mayor seguridad. Trabajamos para ganarnos el pan de hoy y el de mañana, para estar seguros de que mañana vamos a poder seguir alimentándonos y vivir. Ponemos cerraduras en nuestras casas para estar seguros frente a la amenaza de lo desconocido que está al otro lado del recinto en que nos sentimos seguros. Es la misma razón por la que las naciones tienen ejércitos y policías para proteger sus fronteras. Esa seguridad, a todos los niveles, la pretendemos comprar con nuestro trabajo, con nuestro dinero, con nuestro esfuerzo.

Sin darnos cuenta esa misma motivación también funciona en nuestra relación con Dios. Buscamos la seguridad ante él, que Dios no sea una amenaza para nuestra vida. Queremos tenerle de nuestro lado. Y tenemos la tentación de querer comprar la benevolencia de Dios, de asegurarnos de que Dios está a nuestro favor. Más si tenemos en cuenta que Dios lo puede todo y lo sabe todo. Ante él no hay engaño posible. Hay que cumplir fielmente sus normas y condiciones. Sus reglas y mandamientos. Esa es la manera como podemos estar seguros. La idea de la condenación se aleja en la medida en que obedecemos su voluntad. Y nos aseguramos la salvación.

El fariseo compra la salvación

Hay personas que viven así su relación con Dios. Rezan rosarios, van a misa, cumplen con los mandamientos, aman al prójimo. Pero todo no es más que una forma de pagar el precio que cuesta la salvación. Dicho de otra manera, así se sienten seguros de tener la salvación eterna, de tener a Dios de su parte.

En el evangelio de este domingo se nos presenta así la figura del fariseo. Cumple con todas las normas y leyes. Hace incluso más de lo que está legalmente exigido. Por eso se siente seguro de poder levantar la cabeza frente a Dios. Él no es como los demás pecadores. Con todo su bagaje de cumplimiento, está convencido de que puede dirigirse a Dios de tú a tú. Y prácticamente exigirle la salvación. Ha pagado su precio. Lo normal es que obtenga a cambio lo que ahora se le debe: la salvación.

La verdad es que el fariseo no se ha enterado de nada. Se ha confundido de medio a medio. No se ha dado cuenta de que lo mejor de la vida no se compra sino que se encuentra regalado. Para empezar, Dios nos ha regalado la vida y la libertad y la conciencia. Y, sobre todo, la capacidad de amar y ser amados. Dios nos ha regalado su amor. El amor es el verdadero caldo de cultivo de la vida, de la felicidad, de la salvación. Y el amor siempre se regala. Nunca se compra. Nunca se puede comprar. Ni con todo el oro del mundo. Ni con todos los sacrificios ni misas ni rosarios ni ayunos ni oraciones ni...

El publicano experimenta la compasión de Dios

El publicano tiene conciencia de que no merece nada. Es un superviviente de la vida. Ha chapaleado en el barro tratando de mantener la cabeza fuera. No tiene ningún título ni privilegio que poner en la presencia de Dios. Sabe que sólo puede esperar y confiar en la compasión y en la misericordia del que le regaló la vida. Por eso se sitúa atrás, al fondo de la sinagoga y mantiene los ojos bajos. Sólo confía y espera. No tiene nada. Pero, precisamente por eso, sólo él puede experimentar la gratuidad del amor de Dios, que le sigue bendiciendo con la vida y abriéndole caminos de esperanza y de perdón. La paradoja está en que es el fariseo el que encuentra la salvación, la justificación, ante Dios mientras que el fariseo se va con las manos vacías. O mejor, se va con las manos llenas de muchos actos religiosos pero vacías de Dios.

La experiencia básica de la fe cristiana es el encuentro gratuito con Dios y con su amor manifestado en Cristo. Ese amor transforma la vida de la persona, le capacita para amar y para vivir agradecida. Todo lo que viene luego –cumplir las normas, participar en la eucaristía, orar con la Palabra, ponerse al servicio de los hermanos más necesitados– no es una forma de conseguir méritos ante Dios sino expresión y comunicación del amor sentido y experimentado, del amor recibido de Dios. El publicano volvió a su casa capacitado para amar porque se dejó llenar por la misericordia y la compasión de Dios. El fariseo volvió a su casa dispuesto a seguir cumpliendo normas y leyes que le dejaban siempre en un callejón sin salida en el que nunca se encontraba de verdad con el Dios del Amor y de la Vida.

Fernando Torres Pérez cmf

sábado, 16 de octubre de 2010

La insistencia de la viuda

Domingo XXIX T. Ordinario. Ciclo C
Ex 17, 8-13; Sal 120, 1-8; 2Tm 3, 14 - 4, 2; Lc 18, 1-8

La descripción del juez que tenemos en esta parábola no lo deja muy bien parado. Y sin embargo esa viuda consigue arrancar de ese corazón yerto algo bueno, con constancia y dedicación. En este mundo de hoy, en el que encontramos respuestas rápidas en internet, en el que comemos comida rápida y no queremos hacer cola para conseguir nada, el ejemplo de esta pobre mujer debería recordarnos la importancia de la insistencia.

CON PACIENCIA

San Agustín, en uno de sus sermones explica que hay que insistir en las peticiones que hacemos a Dios, porque puede parecer que tarde, pero lo hace porque “difiere darte lo que quiere darte para que más apetezcas lo diferido; que suele no apreciarse lo aprisa concedido”.

Pero a veces esa espera es demasiado larga; a lo mejor es que no pedimos lo que nos conviene, o no pedimos como conviene.

El santo de Hipona nos da un punto de luz en este caso: cuanto más pedimos lo que deseamos, más deseamos eso que pedimos, la petición aumenta nuestro deseo.

Seguramente la viuda del evangelio ha experimentado lo mismo, y al recibir la justicia de aquel desalmado, puede exultar de gozo. Y en otro lugar el obispo dice: “Bueno es el Señor, quien no siempre nos concede lo que deseamos, para concedernos lo mejor”.

Por aquí va la respuesta que quiere dar Jesús a todo este problema de la oración de petición: que Dios es precisamente lo contrario a ese juez; que Dios está pendiente de sus hijos, que quiere hacer justicia, que quiere que se le grite, que se entre en relación con Él… para darnos lo mejor, para hacer crecer en nosotros el deseo y para que comprendamos sobre todo que estamos en sus manos. En la Eucaristía, Dios nos habla, se nos acerca, se pone a tiro para que nosotros le pidamos; de hecho lo hacemos como comunidad respondiendo a su Palabra.

También le pedimos en la plegaria Eucarística. Sea como sea, la lección de hoy puede ser la siguiente: acompasa tu corazón al de Dios para que lo que pidas sea lo que te conviene; y pídelo tantas veces como lo necesites, para que cuando lo recibas hayas sido merecedor de ello y seas capaz de agradecerlo.

Emilio López Navas, sacerdote

sábado, 9 de octubre de 2010

Les devuelve la vida

Domingo XXVIII T. Ordinario. Ciclo C
2R 5, 14-17; Sal 97, 1-4; 2Tm 2, 8-13; Lc 17, 11-19

Este relato de curación que nos narra el Evangelio es mucho más rico de lo que a primera vista puede parecer. Está claro, en una primera lectura, que se trata de otro encuentro de alguien necesitado con Jesús. Ese encuentro, fortuito, les cambia la vida, es más, les devuelve la vida. En aquel tiempo ser leproso (o mejor dicho, ser considerado leproso, pues muchas veces no se trataba más que de alguna enfermedad de la piel) era como estar muerto. No se le permitía al aquejado de este mal tener relación alguna con los demás (a no ser que fueran otros leprosos), y sobre todo, se le impedía asistir al culto. Eran considerados impuros, no aptos para entrar en el templo… con lo que se les impedía tener una relación normal con Dios.

Eso, para un judío, era como estar muerto. Jesús tiene compasión, comprende la dura situación de estos diez, y los transforma. Pero en este texto tenemos un paso más: sólo uno comprende que la curación es un don, y vuelve para agradecerlo. Hasta aquí la lección es sencilla: hay muchos que no son capaces de reconocer lo que Dios hace por ellos, incluso siendo tan clara la situación como en este caso. Pero si hay algo que llame la atención es lo que Jesús remarca en su pregunta: se extraña de que sea precisamente un samaritano, un extranjero.

Y aquí puede arrancar una segunda lectura de este fragmento. Porque los samaritanos se distinguen de los judíos, entre otras cosas, en que su lugar de adoración es otro, no es el templo de Jerusalén. Este samaritano ha debido reconocer en el Maestro algo mucho más profundo. Él no iría al templo, pero tampoco quiere ir ya al monte Garizim. Ha comprendido que el verdadero lugar de culto es el mismo Jesús, en el que se unen de una manera singular Dios y hombre, en el que la divinidad y la humanidad se funden en un abrazo permanente y eterno. El Dios de la vida, el Dios que puede devolver la vida se ha hecho presente en el mundo, y se convierte, para el que es capaz de reconocerse pequeño y agraciado, en el único y verdadero lugar de culto, en el nuevo templo, en lo único ante lo que debemos ponernos de rodillas para adorar.

Emilio López Navas, sacerdote

sábado, 2 de octubre de 2010

Un plus de fe

Domingo XXVII T. Ordinario. Ciclo C
Ha 1, 2-3; 2, 2-4; Sal 94, 1-2. 6-9; 2Tm 1, 6-8.13-14; Lc 17, 5-10

Sabemos que los apóstoles eran un poco duros de mollera, por decirlo benévolamente. Conocemos sus meteduras de pata y sus incongruencias. Pero hoy han dado en el clavo: ellos comprenden que para responder como se debe a lo que Jesús está predicando, para corresponder a todo lo que el Maestro les ha enseñado en su vida pública necesitan un plus de fe. Y se lo piden directamente.

La respuesta del Señor nos puede parecer dura, pero en el fondo está diciéndoles que con un poco de fe se pueden hacer cosas muy grandes. La fe, según los que saben de estas cosas, es la respuesta que da el hombre a la revelación que Dios hace de sí mismo. ¿Cómo pedir que se aumente, si se supone que parte de nosotros? Pues porque como diría san Pablo, todo es don, todo viene del buen Dios, que es capaz de transformarnos si le dejamos. Pero debemos prestar atención, y no pecar de soberbia si vemos que vamos respondiendo como se debe. Porque somos siervos inútiles, porque si en nuestra vida hay cosas buenas, pequeños adelantos, o incluso mejoras a nivel de fe no es más que lo que tenemos que hacer. Decía san Ignacio en los Ejercicios Espirituales una verdad que se nos olvida: “el hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto, salvar su alma”. Si hacemos lo que tenemos que hacer, si cumplimos con nuestras obligaciones y respondemos a lo que se nos pide, eso no debe ser motivo de vanagloria, no podemos esperar nada, ¡para eso hemos sido creados! Otra cosa sería que sin buscarlo nos alabaran, o nos premiaran los hombres, pero lo que le interesa al Señor es la actitud interior que nos mueve, no lo que puedan pensar los otros, los que nos rodean. Por tanto, en tu vida, que es el primer regalo de Dios, trata de vivir como Dios quiere, respondiendo a tanto don que Él nos da, pero hazlo sabiendo que esa respuesta que le das es ya una gracia, y que como tal no la mereces.

Agradécela, vive de la fe, para no ser más que eso, un siervo inútil que ha hecho lo que tenía que hacer.

Emilio López Navas, sacerdote