sábado, 6 de noviembre de 2010

Testigos de la esperanza

Título de la foto (Fano): "Para Dios todos estamos vivos"
Domingo XXXII T. Ordinario. Ciclo C
2Mac 7,1-2.9-14; Sal 16,1.5-6.8.15; 2Ts 2,16–3,5; Lc 20,27-38

Uno de los anuncios que salen en internet mientras que se navega de página en página me proponía que me pusiese en contacto con Allan. El tal Allan dice de sí mismo que es tarotista, vidente, espiritista, palero y santero. Asegura la solución a todos los problemas, el conocimiento del futuro y la posibilidad de disfrutar de una vida estable y feliz. Me pregunto qué hubiera dicho Allan si aquellos saduceos le hubiesen hecho la pregunta que en el evangelio de hoy le hacen a Jesús sobre los siete hermanos casados con la misma mujer.

La realidad es que a todos nos gustaría poder controlar el futuro. El futuro inmediato y el futuro más lejano sobre el que siempre se cierne, como una amenaza, la muerte. La realidad es que no tenemos ni idea. Nadie ha vuelto para contarnos lo que allí sucede, lo que hay más allá. Pero dentro de nosotros tenemos una fuerza, un sentimiento, que nos hace pensar que no se puede terminar todo aquí, que debe haber algo después de la muerte. Si Dios es verdaderamente Dios, no puede dejar que nuestra vida caiga en el vacío. Si el Dios-Abbá, el Padre, de que nos habló Jesús es algo más que una imaginación no puede ser que la muerte, la desaparición definitiva, sea la única perspectiva que tenemos por delante.

Un futuro desconocido e incierto

La cuestión ha estado presente en todas las culturas y en todas las épocas. Se ha expresado sobre todo en la relación con los difuntos. De una o de otra manera, esa relación ha existido y expresa que hay una cierta fe, una cierta creencia en que los que han muerto, aunque no están con nosotros, están vivos. De otra manera. En otro lugar. Pero vivos. El problema es que nos gustaría saber, nos gustaría estar seguros, desearíamos controlar. Y no podemos. Ni a través de la ciencia ni de esas otras maneras que nos proponía Allan.

Jesús nos propone otro camino. Es el de la confianza. Jesús tiene una profunda experiencia de Dios. Es su Abbá, su Padre, su Papá. Se siente Hijo porque Dios forma parte de su experiencia más profunda y cotidiana. Se siente enviado a anunciar la buena nueva: que Dios es padre de todos, que quiere la vida de todas sus criaturas, que es amor, que desea que ese amor llegue a todos, que no hace excepciones entre sus hijos, que acoge a todos y especialmente a los que más sufren, a los marginados, a los que les ha tocado la peor parte en este mundo. Para Jesús Dios no es un controlador ni un legislador, ni un juez exigente y dispuesto a condenar, sino un padre amable, capaz de perdonar, de reconciliar, dispuesto a salvar y sanar y curar a los heridos por la vida.

Confiar en el Dios de la Vida

Por eso, a pesar de lo difícil que es enfrentarse a la propia muerte, Jesús morirá poniendo su confianza en Dios. Por eso, Jesús es capaz de reafirmar su fe en el Dios de la Vida ante aquellos saduceos que le vinieron con una historia tan novelesca. Deja claro que Dios es Dios de vivos y no de muertos. Aunque no veamos, aunque no sepamos, confiamos en Dios y en él ponemos nuestra esperanza.

Quizá a nosotros no se nos va a poner en una prueba como la que tuvieron que pasar los siete hermanos macabeos. No se nos va a poner en el dilema de comer carne de cerdo o morir para defender nuestra fe. Pero la esperanza que nos anima en el Dios de la Vida y nuestra fe en el Reino se manifestará sin duda en nuestra forma de comportarnos aquí y ahora. El que vive en la esperanza de la resurrección va sembrando vida con sus palabras, sus gestos, sus decisiones... Es capaz de compartir lo que tiene y lo que vive porque se sabe hermano y compañero de camino en esta peregrinación hacia la casa definitiva, la del Padre, que es nuestra vida. Ahí es donde se juega nuestra fe y nuestra esperanza. No nos dejan paralizados y volcados hacia un futuro que no sabemos cuando llegará sino que nos hacen activos y comprometidos con la vida y la esperanza de nuestros hermanos y hermanas.

Como dice la segunda lectura, que Jesucristo, que nos ha regalado esta gran esperanza, nos dé fuerza para toda clase de palabras y obras buenas. Él nos dará la fuerza y la gracia necesarias para vivir ya aquí y ahora la esperanza de Vida sin necesidad de acudir a santones ni a milagreros ni a otras esperanzas falsas sino dando la mano a nuestros hermanos y hermanas para hacer juntos este camino hacia el Reino.

Fernando Torres Pérez cmf

sábado, 30 de octubre de 2010

Somos hijos amados de Dios

Domingo XXXI T. Ordinario. Ciclo C
Sb 11,22–12,2; Sal 144,1-2.8-9.10-11.13cd-14; 2Ts 1,11–2,2; Lc 19,1-10

Hay muchos que en la vida aspiran a subir de categoría social, de nivel, de riquezas. Pero también es verdad que en la más tradicional espiritualidad cristiana hay toda una línea que invita a la humillación, al abajarse, a sentirse siempre culpables y pecadores por todo. Parece que la única forma de presentarse ante Dios es la del publicano, haya o no haya razón suficiente. Hay que humillarse, hay que hozar en la herida de la culpabilidad. Sólo así podemos, parece, provocar la misericordia de Dios.

La primera lectura de este domingo nos pone ante una realidad muy diferente que me ha hecho recordar uno de los lemas que presidían una reunión de grupos de matrimonios en la que participé en mis primeros años de sacerdocio: “Dios no hace basura.” Aquel lema nos hizo recordar a todos –tan proclives a darnos golpes de pecho y a pensar que no somos nada, que todo lo hacemos mal, que somos culpables de todo– que somos criaturas de Dios, que Dios nos ha creado. Ese origen es el que nos hace valiosos. Todo ser humano es valioso porque es creación de Dios, porque es hijo o hija de Dios por más que con su comportamiento haya dañado o escondido esa realidad. Como dice la lectura de la Sabiduría: “en todos los seres está tu espíritu inmortal.”

Lo que veían en Zaqueo sus paisanos

Éste debería ser el punto de partida básico de nuestra relación con Dios: somos sus hijos, criaturas suyas, fruto de su amor; con los demás: son nuestros hermanos, son hijos de Dios como nosotros y dignos de su amor y del nuestro; y con la creación: aunque inanimada es fruto también de las manos de Dios, hay que respetarla y cuidarla porque forma parte del río de la vida que Dios ha creado.

A partir de aquí quizá sea más fácil comprender la actitud de Jesús ante Zaqueo, y ante los pecadores y marginados en general, ante todos los que sufrían de cualquier manera. La gente del pueblo de Zaqueo le veían como un explotador. No era precisamente amor lo que sentían por él. Hay que tener en cuenta que en aquellos tiempos el jefe de los publicanos, de los que cobraban los impuestos en nombre del Imperio Romano no eran simplemente empleados de Hacienda como en nuestros días. Los romanos tenían el estado reducido al mínimo y en lugar de tener un ejército de funcionarios subarrendaban el cobro de los impuestos.

Es decir, Zaqueo había firmado una especie de contrato por el que se comprometía a entregar a los romanos una cantidad determinada todos los años. El resto era su problema. ¿Se entiende por qué se dice de él que era un hombre rico? ¿Se entiende porque Mafalda dice en una de sus tiras geniales que “nadie puede amasar una fortuna sin antes hacer harina a los demás”? ¿Se entiende por qué sus paisanos lo veían como un explotador? Estoy seguro de que hoy conocemos también por el nombre a otros “explotadores”.

Lo que Jesús veía en Zaqueo

Pues bien, Jesús mira a Zaqueo y descubre en él otra realidad más profunda y determinante. Lo de ser explotador o rico o mala persona no pasa de ser un accidente, algo que puede cambiar y cambiará. Lo más importante es la realidad básica: es un hijo de Dios, es un hombre que necesita conocer la misericordia y el amor de Dios. Ha buscado la seguridad en sus riquezas, en la explotación a sus hermanos. Jesús le invita a volver a casa, a sentirse de nuevo como lo que es: hijo de Dios.

Esa cercanía provoca el cambio en Zaqueo. Devolverá con creces sus bienes a aquellos a los que ha robado, compartirá lo que tiene con los pobres. Jesús le ha descubierto su ser auténtico y se siente en familia con todos sus hermanos y hermanas. Hay que subrayar que el cambio no ha sido fruto de la amenaza del infierno. Tampoco Jesús ha hecho ningún tipo de denuncia profética dejando al descubierto la injusticia de su comportamiento. Jesús lo hace con los fariseos pero no en este caso. Aquí sólo se ha acercado a él y se ha auto-invitado en su casa. Zaqueo era un hombre que había encontrado la seguridad en sus riquezas pero era también, quizá por eso mismo, un marginado social. Jesús le ha integrado en la gran familia de los hijos de Dios, esa familia que no excluye a nadie. Por una razón simple: porque Jesús ha venido a buscar lo que estaba perdido.

Tendríamos que aprender de Jesús a mirar a nuestros hermanos con los mismos ojos que él nos mira. Y a nosotros mismos. Podemos haber hecho muchas cosas malas pero siempre seremos hijos de Dios. Nada ni nadie nos podrá quitar eso. Ni nosotros mismos. Nuestro valor no reside en lo que hacemos o no hacemos sino en el hecho de que somos fruto constante del amor de Dios. Por eso, como dice Pablo en la segunda lectura, oramos por los demás siempre para que su dignidad de hijos brille siempre, para que alumbre todo lo valioso que está en nuestro interior. Para que se manifieste lo que está escondido.

Fernando Torres Pérez cmf

sábado, 23 de octubre de 2010

Del mercadeo a la gratuidad

Domingo XXX T. Ordinario. Ciclo C
Eclo 35,12-14.16-18; Sal 33,2-3.17-18.19.23; 2Tm 4,6-8.16-18; Lc 18,9-14

Uno de los sentimientos más profundos de toda persona humana es el temor frente a la inseguridad, frente a lo desconocido, frente a lo que no controlamos. Por eso, una de las motivaciones más comunes para nuestras decisiones, para nuestros actos, es la búsqueda de una mayor seguridad. Trabajamos para ganarnos el pan de hoy y el de mañana, para estar seguros de que mañana vamos a poder seguir alimentándonos y vivir. Ponemos cerraduras en nuestras casas para estar seguros frente a la amenaza de lo desconocido que está al otro lado del recinto en que nos sentimos seguros. Es la misma razón por la que las naciones tienen ejércitos y policías para proteger sus fronteras. Esa seguridad, a todos los niveles, la pretendemos comprar con nuestro trabajo, con nuestro dinero, con nuestro esfuerzo.

Sin darnos cuenta esa misma motivación también funciona en nuestra relación con Dios. Buscamos la seguridad ante él, que Dios no sea una amenaza para nuestra vida. Queremos tenerle de nuestro lado. Y tenemos la tentación de querer comprar la benevolencia de Dios, de asegurarnos de que Dios está a nuestro favor. Más si tenemos en cuenta que Dios lo puede todo y lo sabe todo. Ante él no hay engaño posible. Hay que cumplir fielmente sus normas y condiciones. Sus reglas y mandamientos. Esa es la manera como podemos estar seguros. La idea de la condenación se aleja en la medida en que obedecemos su voluntad. Y nos aseguramos la salvación.

El fariseo compra la salvación

Hay personas que viven así su relación con Dios. Rezan rosarios, van a misa, cumplen con los mandamientos, aman al prójimo. Pero todo no es más que una forma de pagar el precio que cuesta la salvación. Dicho de otra manera, así se sienten seguros de tener la salvación eterna, de tener a Dios de su parte.

En el evangelio de este domingo se nos presenta así la figura del fariseo. Cumple con todas las normas y leyes. Hace incluso más de lo que está legalmente exigido. Por eso se siente seguro de poder levantar la cabeza frente a Dios. Él no es como los demás pecadores. Con todo su bagaje de cumplimiento, está convencido de que puede dirigirse a Dios de tú a tú. Y prácticamente exigirle la salvación. Ha pagado su precio. Lo normal es que obtenga a cambio lo que ahora se le debe: la salvación.

La verdad es que el fariseo no se ha enterado de nada. Se ha confundido de medio a medio. No se ha dado cuenta de que lo mejor de la vida no se compra sino que se encuentra regalado. Para empezar, Dios nos ha regalado la vida y la libertad y la conciencia. Y, sobre todo, la capacidad de amar y ser amados. Dios nos ha regalado su amor. El amor es el verdadero caldo de cultivo de la vida, de la felicidad, de la salvación. Y el amor siempre se regala. Nunca se compra. Nunca se puede comprar. Ni con todo el oro del mundo. Ni con todos los sacrificios ni misas ni rosarios ni ayunos ni oraciones ni...

El publicano experimenta la compasión de Dios

El publicano tiene conciencia de que no merece nada. Es un superviviente de la vida. Ha chapaleado en el barro tratando de mantener la cabeza fuera. No tiene ningún título ni privilegio que poner en la presencia de Dios. Sabe que sólo puede esperar y confiar en la compasión y en la misericordia del que le regaló la vida. Por eso se sitúa atrás, al fondo de la sinagoga y mantiene los ojos bajos. Sólo confía y espera. No tiene nada. Pero, precisamente por eso, sólo él puede experimentar la gratuidad del amor de Dios, que le sigue bendiciendo con la vida y abriéndole caminos de esperanza y de perdón. La paradoja está en que es el fariseo el que encuentra la salvación, la justificación, ante Dios mientras que el fariseo se va con las manos vacías. O mejor, se va con las manos llenas de muchos actos religiosos pero vacías de Dios.

La experiencia básica de la fe cristiana es el encuentro gratuito con Dios y con su amor manifestado en Cristo. Ese amor transforma la vida de la persona, le capacita para amar y para vivir agradecida. Todo lo que viene luego –cumplir las normas, participar en la eucaristía, orar con la Palabra, ponerse al servicio de los hermanos más necesitados– no es una forma de conseguir méritos ante Dios sino expresión y comunicación del amor sentido y experimentado, del amor recibido de Dios. El publicano volvió a su casa capacitado para amar porque se dejó llenar por la misericordia y la compasión de Dios. El fariseo volvió a su casa dispuesto a seguir cumpliendo normas y leyes que le dejaban siempre en un callejón sin salida en el que nunca se encontraba de verdad con el Dios del Amor y de la Vida.

Fernando Torres Pérez cmf

sábado, 16 de octubre de 2010

La insistencia de la viuda

Domingo XXIX T. Ordinario. Ciclo C
Ex 17, 8-13; Sal 120, 1-8; 2Tm 3, 14 - 4, 2; Lc 18, 1-8

La descripción del juez que tenemos en esta parábola no lo deja muy bien parado. Y sin embargo esa viuda consigue arrancar de ese corazón yerto algo bueno, con constancia y dedicación. En este mundo de hoy, en el que encontramos respuestas rápidas en internet, en el que comemos comida rápida y no queremos hacer cola para conseguir nada, el ejemplo de esta pobre mujer debería recordarnos la importancia de la insistencia.

CON PACIENCIA

San Agustín, en uno de sus sermones explica que hay que insistir en las peticiones que hacemos a Dios, porque puede parecer que tarde, pero lo hace porque “difiere darte lo que quiere darte para que más apetezcas lo diferido; que suele no apreciarse lo aprisa concedido”.

Pero a veces esa espera es demasiado larga; a lo mejor es que no pedimos lo que nos conviene, o no pedimos como conviene.

El santo de Hipona nos da un punto de luz en este caso: cuanto más pedimos lo que deseamos, más deseamos eso que pedimos, la petición aumenta nuestro deseo.

Seguramente la viuda del evangelio ha experimentado lo mismo, y al recibir la justicia de aquel desalmado, puede exultar de gozo. Y en otro lugar el obispo dice: “Bueno es el Señor, quien no siempre nos concede lo que deseamos, para concedernos lo mejor”.

Por aquí va la respuesta que quiere dar Jesús a todo este problema de la oración de petición: que Dios es precisamente lo contrario a ese juez; que Dios está pendiente de sus hijos, que quiere hacer justicia, que quiere que se le grite, que se entre en relación con Él… para darnos lo mejor, para hacer crecer en nosotros el deseo y para que comprendamos sobre todo que estamos en sus manos. En la Eucaristía, Dios nos habla, se nos acerca, se pone a tiro para que nosotros le pidamos; de hecho lo hacemos como comunidad respondiendo a su Palabra.

También le pedimos en la plegaria Eucarística. Sea como sea, la lección de hoy puede ser la siguiente: acompasa tu corazón al de Dios para que lo que pidas sea lo que te conviene; y pídelo tantas veces como lo necesites, para que cuando lo recibas hayas sido merecedor de ello y seas capaz de agradecerlo.

Emilio López Navas, sacerdote

sábado, 9 de octubre de 2010

Les devuelve la vida

Domingo XXVIII T. Ordinario. Ciclo C
2R 5, 14-17; Sal 97, 1-4; 2Tm 2, 8-13; Lc 17, 11-19

Este relato de curación que nos narra el Evangelio es mucho más rico de lo que a primera vista puede parecer. Está claro, en una primera lectura, que se trata de otro encuentro de alguien necesitado con Jesús. Ese encuentro, fortuito, les cambia la vida, es más, les devuelve la vida. En aquel tiempo ser leproso (o mejor dicho, ser considerado leproso, pues muchas veces no se trataba más que de alguna enfermedad de la piel) era como estar muerto. No se le permitía al aquejado de este mal tener relación alguna con los demás (a no ser que fueran otros leprosos), y sobre todo, se le impedía asistir al culto. Eran considerados impuros, no aptos para entrar en el templo… con lo que se les impedía tener una relación normal con Dios.

Eso, para un judío, era como estar muerto. Jesús tiene compasión, comprende la dura situación de estos diez, y los transforma. Pero en este texto tenemos un paso más: sólo uno comprende que la curación es un don, y vuelve para agradecerlo. Hasta aquí la lección es sencilla: hay muchos que no son capaces de reconocer lo que Dios hace por ellos, incluso siendo tan clara la situación como en este caso. Pero si hay algo que llame la atención es lo que Jesús remarca en su pregunta: se extraña de que sea precisamente un samaritano, un extranjero.

Y aquí puede arrancar una segunda lectura de este fragmento. Porque los samaritanos se distinguen de los judíos, entre otras cosas, en que su lugar de adoración es otro, no es el templo de Jerusalén. Este samaritano ha debido reconocer en el Maestro algo mucho más profundo. Él no iría al templo, pero tampoco quiere ir ya al monte Garizim. Ha comprendido que el verdadero lugar de culto es el mismo Jesús, en el que se unen de una manera singular Dios y hombre, en el que la divinidad y la humanidad se funden en un abrazo permanente y eterno. El Dios de la vida, el Dios que puede devolver la vida se ha hecho presente en el mundo, y se convierte, para el que es capaz de reconocerse pequeño y agraciado, en el único y verdadero lugar de culto, en el nuevo templo, en lo único ante lo que debemos ponernos de rodillas para adorar.

Emilio López Navas, sacerdote

sábado, 2 de octubre de 2010

Un plus de fe

Domingo XXVII T. Ordinario. Ciclo C
Ha 1, 2-3; 2, 2-4; Sal 94, 1-2. 6-9; 2Tm 1, 6-8.13-14; Lc 17, 5-10

Sabemos que los apóstoles eran un poco duros de mollera, por decirlo benévolamente. Conocemos sus meteduras de pata y sus incongruencias. Pero hoy han dado en el clavo: ellos comprenden que para responder como se debe a lo que Jesús está predicando, para corresponder a todo lo que el Maestro les ha enseñado en su vida pública necesitan un plus de fe. Y se lo piden directamente.

La respuesta del Señor nos puede parecer dura, pero en el fondo está diciéndoles que con un poco de fe se pueden hacer cosas muy grandes. La fe, según los que saben de estas cosas, es la respuesta que da el hombre a la revelación que Dios hace de sí mismo. ¿Cómo pedir que se aumente, si se supone que parte de nosotros? Pues porque como diría san Pablo, todo es don, todo viene del buen Dios, que es capaz de transformarnos si le dejamos. Pero debemos prestar atención, y no pecar de soberbia si vemos que vamos respondiendo como se debe. Porque somos siervos inútiles, porque si en nuestra vida hay cosas buenas, pequeños adelantos, o incluso mejoras a nivel de fe no es más que lo que tenemos que hacer. Decía san Ignacio en los Ejercicios Espirituales una verdad que se nos olvida: “el hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto, salvar su alma”. Si hacemos lo que tenemos que hacer, si cumplimos con nuestras obligaciones y respondemos a lo que se nos pide, eso no debe ser motivo de vanagloria, no podemos esperar nada, ¡para eso hemos sido creados! Otra cosa sería que sin buscarlo nos alabaran, o nos premiaran los hombres, pero lo que le interesa al Señor es la actitud interior que nos mueve, no lo que puedan pensar los otros, los que nos rodean. Por tanto, en tu vida, que es el primer regalo de Dios, trata de vivir como Dios quiere, respondiendo a tanto don que Él nos da, pero hazlo sabiendo que esa respuesta que le das es ya una gracia, y que como tal no la mereces.

Agradécela, vive de la fe, para no ser más que eso, un siervo inútil que ha hecho lo que tenía que hacer.

Emilio López Navas, sacerdote

domingo, 26 de septiembre de 2010

San Vicente de Paúl, un modelo de santidad hoy, ayer y siempre

Nadie puede negar el aporte a la construcción del reino de Cristo que ha hecho a la humanidad este hombre que sin lugar a dudas es un hombre de Dios.
SAN VICENTE DE PAÚL. UN MODELO DE SANTIDAD PARA EL AYER, HOY Y SIEMPRE

Hoy celebramos los católicos del mundo la festividad de uno de los signos más grandes de que el Espíritu Santo vive en la iglesia: SAN VICENTE DE PAUL. Nadie puede negar el aporte a la construcción del reino de Cristo que ha hecho a la humanidad este hombre que sin lugar a dudas es un hombre de Dios.

Para entender el misterio de Dios en su encarnación entre nosotros por medio de Maria, el Espíritu Santo promovió el corazón de Vicente y le revelo el valor trascendental del evangelio. Del evangelio hombre; es decir de Dios hecho palabra y vida en el hombre y particularmente en el pobre. El nos muestra que quiso rebajarse a la condición humana y compartir con nuestra historia y realidad haciéndose uno de nosotros y asemejándosenos en todo menos en el pecado como lo afirma San Pablo. Vicente conoció desde el contacto con Jesús en su palabra que el evangelio predicado por el Nazareno no es más que un estilo de vida entre los hombres hecho servicio y caridad. Si, hecho caridad. No es más que la misma caridad que Dios tuvo con los hombres en abajarse de Dios y Señor para ser servidor del hombre y vivir con el hombre la pobreza del pesebre y la miseración de la Cruz. San Vicente siente que no basta la predicación de la caridad desde su pulpito sino que es necesario sentir y compartir las miserias y angustias del pobre pueblo. La predicación del evangelio con la palabra para todos los bautizados no es más que el génesis del llamado a ser verdaderos cristianos. El culmen de la predicación es la acción concreta a favor de los pobres. De los pobres en toda la expresión de pobreza; no solo en la carencia material sino en la miseria del entender, del amar, del desprenderse, del perdonar, del orar, del olvidar. En una palabra en la pobreza de ser imagen y semejanza de Dios.

Hoy agradecemos a Dios este infinito regalo que nos dio. Este profeta que nos envió y que ha sido que se ha trasmitido a otros en un grito que siempre resonara en la humanidad y digo en la humanidad por que para gloria de Dios la espiritualidad de San Vicente de Paúl no es patrimonio de los Católicos ni de los Cristianos. Es patrimonio de todos los hombres. Así contemplamos nosotros a Vicente de Paúl vivido en las Conferencias de la Sociedad de San Vicente de Paúl formadas por hermanos nuestros musulmanes y judíos. Es decir Vicente de Paúl lleva el evangelio de Cristo al universo. Por ello es fácil afirmar que el modelo de Santidad universal lo encarna San Vicente de Paúl. Esa voz de CARIDAD Y MISERICORDIA la escucharon grandes hombres de fe: Santa Luisa de Marillac, el Beato Federico Ozanam el mas grande laico del cristianismo, San Contardo Ferrini, Santa Gianna Baretta, los beatos Sor Rosalía Randu y Pier Georgia Frassati y también nuestro inolvidable Juan Pablo II “yo también cuando joven fui miembro de una conferencia de San Vicente de Paúl en Polonia nos lo dijo el 22 de Agosto de 1997 en Paris en la homilía de Beatificación de Federico Ozanam. Es por esto fácil concluir que tenemos en la humildad de Jesús la dicha de estar animados por el espíritu de Cristo expresado en la vida-obra de Vicente de Paúl. Nunca la iglesia dejara de sentirse y de vivirse como ofrenda permanente, mientras en el mundo ardan las enseñanzas y los ejemplos de San Vicente. Nunca la iglesia puede pensar en colocarse a un lado de los pobres porque el grito de Cristo pobre resonara con ímpetu en el mundo entero proclamado por miles de hombres consagrados y laicos que en las diversas ramas de su familia nos alimentamos de su enseñanza y de su vida colmada de misericordia.

Que hoy en todo el mundo, quienes hemos recibido el llamado al servicio vicentino, bien como consagrados, bien como laicos o simplemente generosos colaboradores, recibamos el abrazo estrecho de hermanos en comunión de una misma fe y en la contemplación de un gran misterio de amor: JESUS EUCARISTIA PRESENTE TAMBIEN EN EL POBRE COMO NUEVO SACRAMENTO DE FE. Feliz día de San Vicente de Paúl querida familia vicentina de Colombia, del Mundo. Feliz día de San Vicente pobres, Cristos sufrientes por la guerra, la miseria, la pobreza, las injusticias sociales, los poderes económicos, las potencias mundiales; todos los oprimidos por el egoísmo y la miseria espiritual. Para todos los hombres de buena voluntad FELIZ DIA DE SAN VICENTE DE PAUL desde el Valle del Cauca en Colombia.

RAMIRO ARANGO ESCOBAR
Presidente Consejo Departamental
SOCIEDAD DE SAN VICENTE DE PAUL
Valle del Cauca – Colombia

sábado, 25 de septiembre de 2010

El pobre Lázaro y el rico sin nombre

Domingo XXVI T. Ordinario. Ciclo C
Am 6, 1a.4-7; Sal 145, 7-10; 1 Tm 6, 11-16; Lc 16, 19-31

La parábola del pobre Lázaro y del rico (del cuál no sabemos el nombre) tiene varias maneras de ser leída. En primer lugar, podemos y debemos leerla como una llamada de atención a tantas diferencias que existen entre pobres y ricos. En nuestro primer mundo seguimos banqueteando, dándonos la vida padre, y a nuestra puerta siguen llegando muchos lázaros que no tienen qué llevarse a la boca. Solemos ser indolentes, y así nos va. Otra manera de leer este fragmento propio de Lucas es desde la perspectiva escatológica, es decir, desde el punto de vista de las realidades del cielo y del infierno: la distancia es tal que no se puede atravesar por mucho que se quiera. Pero más importante es intuir que al cielo o al infierno se llega precisamente por cómo se ha vivido aquí en la tierra. El rico está en el abismo porque no ha sido capaz de compadecerse del pobre.

PEQUEÑAS COSAS

Y una última manera de leer esta parábola, o si queremos, una enseñanza más que podemos extraer de ella, es que leyendo la Palabra de Dios (Moisés y los profetas) entenderemos cómo salvarnos. Entonces, y recapitulándolo todo, podemos bosquejar un itinerario de salvación en este breve fragmento: es en nuestra vida cotidiana en la que nos jugamos nuestro futuro, es aquí y ahora, en las pequeñas cosas, en lo del día a día… y nos lo jugamos sobre todo en el amor, en la atención al que menos tiene y que muchas veces está a nuestra puerta sin que nosotros seamos conscientes de ello.

Pero tenemos algo que nos puede abrir los ojos, que nos puede destapar los oídos: la palabra de Dios, esa “carta” que el Padre nos escribe para que sepamos caminar por la vida cumpliendo su voluntad.

Si la leemos y meditamos asiduamente, no viviremos en la indolencia, sino que sentiremos en nosotros el dolor del hermano, de ese lázaro que viene a nuestro encuentro, y haremos realidad lo que su nombre indica: Dios ayuda, porque seremos hijos de Dios que ayudan al que lo necesita.

Emilio López Navas, sacerdote

sábado, 18 de septiembre de 2010

Fidelidad en lo poco

Domingo XXV T. Ordinario. Ciclo C
Am 8, 4-7; Sal 112, 1-8; 1Tm 2, 1-8; Lc 16, 1-13

Tenemos en este evangelio una de esas expresiones que usamos a veces sin saber de dónde vienen: “el que es fiel en lo poco, es fiel en lo mucho”. Y además, tenemos una llamada a ser astutos, que puede incluso, si no se comprende bien, sonar mal en boca de Jesús. El ejemplo de ese administrador injusto no debe llevarnos a hacer trampas. Los cristianos, con perdón, muchas veces pecamos de “bonachones”, y no somos avispados. Creo que la llamada a la astucia que nos lanza hoy el Señor debemos llevarla a cabo, debemos servirnos de nuestra inteligencia, no para hacer el mal, pero sí para hacernos comprender, para hacernos ver, para dar testimonio y para mostrar que el dinero no lo es todo.

En la vida hay cosas más importantes, las conocemos, las sabemos e incluso las practicamos. Entonces, ¿por qué no mostramos con nuestra forma de ser que somos de Jesús? Porque está claro el poco valor que el Maestro da al dinero (lo llama varias veces “injusto”). Lo que nos quiere transmitir el Señor con esta parábola es que hay valores que están por encima, y que debemos ser capaces de saber usarlos para encontrar lo que tiene valor verdaderamente.

Pero por si no quedaba claro, se añade ese final que nos impacta, que nos debería hacer reaccionar: no podemos servir a dos señores. Cuidado, que no es una comparación simple. ¿Acaso no te has visto alguna vez con la sensación de estar adorando al dinero, ya por mucho, ya por poco? El mensaje de las lecturas quiere ser liberador, quiere que por un lado seamos justos con lo que tenemos, en lo que trabajamos, y al mismo tiempo quiere que nos sintamos libres, porque al final se hace verdad esa frase manida: el dinero no da la felicidad.

Esas cosas, pequeñas o grandes, que nos llenan realmente son las que debemos establecer como primeras en nuestra escala de valores, y que en ella reine siempre el amor.

El dinero no puede comprar el amor, pero nos puede ayudar a crear estructuras que amen. Esa puede ser la astucia, esa puede ser la respuesta a este mundo que se pudre tan lleno de dinero y tan falto de verdad.

Emilio López Navas, sacerdote

sábado, 11 de septiembre de 2010

Parábolas de la misericordia

Domingo XXIV T. Ordinario. Ciclo C
Ex 32, 7-11.13-14; Sal 50, 3-4.12-13-17.19; 1Tm 1, 12-17; Lc 15, 1-32

Las parábolas de la misericordia, así se conoce a este capítulo quince de Lucas. Ya el comienzo nos prepara para lo que viene: el auditorio es múltiple y diverso. Recaudadores y pecadores por un lado, fariseos y letrados por otro. Después, dos parábolas breves y muy parecidas: la oveja y la moneda perdidas. Y al fin, la que todos esperamos: el hijo pródigo. Hagamos un ejercicio, busquemos diferencias y similitudes. ¿dónde se pierde la oveja? ¿y la moneda?

Una, en el campo, fuera; la otra, en la casa, dentro. Así son también los hermanos: el pequeño se ha perdido fuera, se ha gastado toda la herencia, ya no se siente hijo, y quiere ser un siervo… pero es que el mayor no anda mucho mejor, y eso que vivía en casa.

Ha eliminado de su vida la fraternidad, "ese hijo tuyo", y también su filiación, "tantos años que te sirvo". Al final, es el Padre el que encuentra, el que sale a buscar y los recupera a los dos, no sin esfuerzo. Un último detalle: si recordamos el auditorio, tenemos a dos grupos diversos: los pecadores “públicos”, que son los que se han perdido fuera; y los que están dentro, los que están siempre en la casa del padre, pero que igualmente se han despistado, y no sienten a los demás como hermanos, y no han descubierto la ternura de un Dios Padre. Podríamos sacar muchas conclusiones de este breve análisis.

Nos quedamos con tres; primero: no importa dónde estemos, si fuera o dentro, nos podemos perder si no mantenemos el contacto con el Padre. Segundo: cuidado con la envidia, con los celos; nos solemos identificar más con el hermano pequeño, pero os aseguro que ya hemos crecido todos un poco; intentemos vivir de la alegría que da reconciliarse con Dios y de la alegría de recibir de nuevo a hermanos que vuelven deshechos.

Y tercero, aprendamos que es el amor del Padre lo que recupera, lo que hace que las relaciones de fraternidad tomen su justo puesto, lo que hace que seamos de verdad hermanos, y por lo tanto, hijos de un mismo Dios Padre y Madre.

Emilio López Navas, sacerdote

sábado, 4 de septiembre de 2010

La libertad de los hijos de Dios

Domingo XXIII T. Ordinario. Ciclo C
Sab 9, 13-18; Sal 90; Flm 9-10.12-17; Lc 14, 25-33

Todos los hombres y pueblos hacen esfuerzos titánicos por conseguir pasar de la esclavitud a la libertad. Todo el mundo defiende hoy, como derecho supremo y bien absoluto del hombre, la libertad, raíz de su personalidad y de la dignidad de la persona humana.

La Buena Nueva predicada por Cristo puede muy bien resumirse en aquellas palabras de san Pablo: “Hermanos, habéis sido llamados a la libertad" (Gal 5,13), que no son más que el eco de las primeras palabras de Jesús en la sinagoga de Nazaret “Me envió a predicar a los cautivos la liberación, a poner en libertad a los oprimidos” (Lc 4,18).

Para el cristiano, la libertad no es sólo una meta y un ideal que hay que conseguir. Para el cristiano la libertad es algo vivo, concreto, personal; es una persona y esta persona es Cristo, quien enviándonos su Espíritu nos hizo en plenitud hijos adoptivos y nos dio la posibilidad de llamar "Padre" a Dios. La verdadera raíz de nuestra libertad es la muerte victoriosa de Jesús: “Para que fuéramos libres nos liberó Cristo” (Gal 5,1). “La Verdad os hará libres” (Jn 8,32). La emancipación que nos trae Cristo está sobre todas las categorías sociológicas humanas, es una libertad mucho más radical. Es libertad del pecado, de la muerte y de la ley. Cristo nos arranca de la tiranía del pecado (Col 1, 13). Nos hace pasar de la muerte a la vida (Jn 5,24). La raíz de nuestra salvación no será ya el cumplimiento de una ley exterior sino la “ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús” (Rom 8,2); es decir: la ley de la libertad, porque “donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2Cor 3,17).

En la celebración de la Eucaristía es donde podemos ver claramente el sentido de nuestra libertad: Ella es el signo sensible de que hemos conseguido la libertad de hijos, pues somos admitidos a participar en el banquete de la familia. Y la Eucaristía es la que nos dará fuerza para someternos gozosamente a la ley de Cristo, sin ninguna clase de alienaciones, sino con plena conciencia de estar asimilándonos a Cristo, que fue libre, y, sin embargo, se sometió en todo a la voluntad del Padre. La Eucaristía nos hace cada día más hijos y más hermanos, y por tanto más libres ante Dios.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 28 de agosto de 2010

Pásale a Él la cuenta

Domingo XXII T. Ordinario. Ciclo C
Si 3, 17-18.20.28-29; Ps 68; Eb 12, 18-19.22-24a; Lc 14, 1.7-14

El tema de la humildad es un tema eminentemente humano y evangélico. Jesús, partiendo de un hecho real, exhorta a que nadie se ensalce por su cuenta: "el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado” (Lc 14,11) y en los últimos versículos del texto evangélico de este domingo nos da otro consejo valioso: cuando organices una comida, no invites a quienes te pueden invitar a ti, sino a los que no pueden hacerlo; entonces el mismo Dios será quien te pague más tarde: pásale a Él la cuenta.

VIVIR LA HUMILDAD

Todo cristiano está llamado a participar activamente en el misterio de Cristo, es decir: en su muerte y en su resurrección, en su humillación y exaltación. Por eso ha de vivir la humildad, a ejemplo de su Maestro. Nadie que no sea verdaderamente humilde, pobre y vacío de sí mismo, puede ser bienaventurado en el Reino de Dios (Mt 5,4). Todos deben imitar a Cristo en esa humildad y en las consecuencias que de ella se derivan.

Una de esas consecuencias es el servicio incondicional al prójimo. Si alguna persona ha habido en el mundo que no fuera por naturaleza siervo, sino Señor, esa persona es Cristo. Lo proclamamos en la Liturgía: “Sólo Tú, Señor, Jesucristo”. Sin embargo, Cristo, Señor, Rey y Dios, se puso al servicio de todos. Servidor perfecto del Padre. Desde el “heme aquí” hasta el “Padre, en tus manos”, toda la vida de Jesús fue un acto continuo de servicio y entrega a la voluntad del Padre.

El humilde “siervo de Dios” se hizo también servidor incondicional del hombre: Servidor en la Encarnación: despojándose de su condición divina y tomando la forma de esclavo. Servidor en Nazaret: “sujeto a María y José”. Servidor de todos: lavando los pies a sus discípulos. Siguiendo el ejemplo de Cristo, el cristiano ha de estar siempre disponible para el servicio de Dios en los hermanos.

En la Encarnación Cristo se hizo hombre, en la Eucaristía “se hace pan y vino”: no cabe mayor humillación. Cristo está en la Eucaristía para seguir sirviendo al hombre, siendo su alimento y compañero. Cristo en la Eucaristía es la prenda más segura del supremo servicio al hombre: de su salud eterna, de su seguridad de llegar a la casa del Padre.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 21 de agosto de 2010

Se sentarán a la mesa en el Reino de Dios

Domingo XXI T. Ordinario. Ciclo C
Is 66, 18-21; Sal 116, 1-2; Hb 12, 5-7.11-13; Lc 13, 22-30

El tema del Reino es el tema primordial de la predicación de Jesús. Y en toda la Biblia ocupa un lugar de privilegio. ¿Cuál es la verdadera naturaleza de ese Reino de Dios?

No es un reino temporal. Los judíos interpretaban la predicación profética sobre el Reino de Dios de una manera casi exclusivamente terrena y temporal. Por eso se escandalizan y desconciertan completamente cuando viene Jesús anunciando “un reino que no es de este mundo”. No es un reino exterior y visible. Las palabras de Jesús son terminantes en este punto: “El Reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,21). No es reino de privilegiados, sino de servidores. No es un reino impuesto por las armas, sino un reino pacífico, humano, libre: un reino de hijos. Por oposición a aquel reino temporal exterior, fulgurante y espectacular, que esperaban los judíos, el verdadero Reino de Dios es, ante todo: Espiritual, interior, hasta el punto de hacer innecesaria la restauración del reino de David.

Gratuito, puro y simple “don de Dios”. Nadie puede merecerlo ni alegar títulos. Libremente contrata Dios a los obreros de su viña, y les da a todos el mismo sueldo (Mt 20, 1-16). Reino no terminado, sino siempre haciéndose. Por eso Jesús no cesa de compararlo a la semilla, al grano de mostaza, a la levadura. Si es cierto que con la venida de Cristo, el Reino de Dios ha llegado, está ya en la tierra, también lo es que cada uno de los hombres ha de ir realizándolo poco a poco, en sí mismo, para extenderlo después a los demás hombres, en fases sucesivas y sin atropellar los planes de Dios. Reino con implicaciones temporales.

Aunque el Reino predicado por Jesús es ante todo espiritual, atemporal y de arriba (Jn 18,36), esto no quiere decir que no tenga derivaciones hacia lo temporal, humano y de acá abajo. Jesús viene a salvar al “hombre entero”. Reino peregrino, en marcha difícil hasta su plenitud. Sólo al final de los tiempos ese Reino de Cristo se manifestará en todo su esplendor. Entonces se consumará la Pascua.

Todos los hombres del mundo son llamados por Dios a entrar en su Reino, y a todos se les concede de hecho la posibilidad de entrar en él. La condición para entrar: Cumplir la voluntad del Padre, especialmente el gran mandamiento del amor (Mt 25,34). La vigilancia, perseverancia y esfuerzo. (Mt 6,21)

Este Reino de Dios está ya presente en medio de nosotros desde la venida de Cristo; pero mientras llega en plenitud hay que ir construyéndolo día a día en nosotros y en los demás. Nada será tan eficaz para ello como celebrar la Eucaristía, donde comemos y bebemos “el Pan y el Vino del Reino”, que nos da energía para cumplir sus exigencias. La Eucaristía es la garantía, “las arras” dadas por Cristo de que un día nos sentaremos con Él en su Reino.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 14 de agosto de 2010

Me felicitarán todas las naciones

Domingo T. Ordinario. Ciclo C - La Asunción de la Virgen María
Ap 11, 19.12,1-6.10; Sal 45, 10-12.16; 1Co 15, 20-27; Lc 1, 39-56

Todo grupo humano tiene sus personajes representativos. Nosotros, la comunidad de Jesucristo, también tenemos los nuestros, son los santos. Y entre los santos: La Santísima Virgen María intercede por nosotros y es modelo de identificación cristiana.

Contemplemos en esta solemnidad de la Asunción la humanidad de María, su fe confiada, su eclesialidad solidaria y su espiritualidad transformadora. Su madurez humana gira alrededor de su maternidad. Es una maternidad sin antojos, en la que Ella, la bendita entre las mujeres, la feliz por su fe, no se olvida de servir. María no separa, porque es absolutamente inseparable, la espiritualidad del compromiso de vida nueva que la acción del Espíritu Santo provoca.

Esta actitud de servicio es una constante en toda su existencia. Un servicio responsable que le hace buscar y cuidar a su hijo, Hijo de Dios pero hijo suyo. Todo de Dios y muy humano, en la fragilidad y en el desamparo de un niño. Santa María de la normalidad de cada día y de todos los días. Educando, velando, acompañando solícita los pasos de Jesús. Madura y fiel en toda situación. Sin rajarse nunca. También al pie de la Cruz.

La humanidad la hizo madre, la fe la hizo madre de Dios. Su naturaleza humana posibilita la maternidad, pero es la fe la que la hizo madre del Salvador. La confianza de María en el Dios de las maravillas y en las maravillas de Dios, la expresa en su estilo de oración. Una oración que ayuda a descubrir las huellas del Creador en todos y cada uno de los acontecimientos de la vida. Por eso María “consevaba esas cosas en su corazón”.

La fe que se hace fidelidad. Es fiel en la propuesta desconcertante de Dios en la Anunciación. Es fiel en la cotidianidad y permanece fiel en el momento clave de la Cruz, sin ver todavía la luz de la Resurrección. María cree. Participa activamente en el nacimiento de la Iglesia y nos anticipa con esta solemnidad que celebramos la Plenitud de la Iglesia. María la primera redimida por Cristo vencerá como anticipo que nos llena y nos inunda de esperanza “a lo bestia”. La humanidad redimida por la sangre del Redentor alcanza por sus méritos, esa fuerza que vence al mal y a su Príncipe en este mundo.

María asumpta al cielo. Anticipo de la victoria total: la persona humana integralmente será salvada y lo que para nosotros es anuncio y esperanza en Ella es realidad total. Con Ella y como Ella todos los hijos de Eva superaremos la condición de “desterrados en este valle de lágrimas” para alcanzar como hijos de Dios e hijos de María la condición de peregrinos a la casa de Dios y a recibir el título de ciudadanos del cielo.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 7 de agosto de 2010

Los necesitamos más que nunca

Domingo XIX T. Ordinario. Ciclo C
Sb 18, 6-9; Sal 32, 1.12.18-19.20.22; Hb 11, 1-2.9-19; Lc 12, 32-48

Las primeras generaciones cristianas se vieron muy pronto obligadas a plantearse una cuestión decisiva. La venida de Cristo resucitado se retrasaba más de lo que habían pensado en un comienzo. La espera se les hacía larga. ¿Cómo mantener viva la esperanza? ¿Cómo no caer en la frustración, el cansancio o el desaliento?

En los evangelios encontramos diversas exhortaciones, parábolas y llamadas que sólo tienen un objetivo: mantener viva la responsabilidad de las comunidades cristianas. Una de las llamadas más conocidas dice así: «Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas». ¿Qué sentido pueden tener estas palabras para nosotros, después de veinte siglos de cristianismo?

Las dos imágenes son muy expresivas. Indican la actitud que han de tener los criados que están esperando de noche a que regrese su señor, para abrirle el portón de la casa en cuanto llame. Han de estar con «la cintura ceñida», es decir, con la túnica arremangada para poder moverse y actuar con agilidad. Han de estar con «las lámparas encendidas» para tener la casa iluminada y mantenerse despiertos.

Estas palabras de Jesús son también hoy una llamada a vivir con lucidez y responsabilidad, sin caer en la pasividad o el letargo. En la historia de la Iglesia hay momentos en que se hace de noche. Sin embargo, no es la hora de apagar las luces y echarnos a dormir. Es la hora de reaccionar, despertar nuestra fe y seguir caminando hacia el futuro, incluso en una Iglesia vieja y cansada.

Uno de los obstáculos más importantes para impulsar la transformación que necesita hoy la Iglesia es la pasividad generalizada de los cristianos. Desgraciadamente, durante muchos siglos los hemos educado, sobre todo, para la sumisión y la pasividad. Todavía hoy, a veces parece que no los necesitamos para pensar, proyectar y promover caminos nuevos de fidelidad hacia Jesucristo.

Por eso, hemos de valorar, cuidar y agradecer tanto el despertar de una nueva conciencia en muchos laicos y laicas que viven hoy su adhesión a Cristo y su pertenencia a la Iglesia de un modo lúcido y responsable. Es, sin duda, uno de los frutos más valiosos del Vaticano II, primer concilio que se ha ocupado directa y explícitamente de ellos.

Estos creyentes pueden ser hoy el fermento de unas parroquias y comunidades renovadas en torno al seguimiento fiel a Jesús. Son el mayor potencial del cristianismo. Los necesitamos más que nunca para construir una Iglesia abierta a los probemas del mundo actual, y cercana a los hombres y mujeres de hoy.

José Antonio Pagola

sábado, 31 de julio de 2010

Pobre por amor

Domingo XVIII T. Ordinario. Ciclo C
Qo 1, 2;2,21-23; Sal 89, 3-6.12-14.17; Col 3, 1-5.9-11; Lc 12, 13-21

Nadie puede negar que las riquezas tienen sus funciones, ventajas y peligros, no sólo para el bien individual, sino también para la salvación social y humana actual. Ciertamente que “la riqueza es un bien” y Dios no quiere que el mundo sea pobre, sino rico.

Vemos que el dinero no siempre es don de Dios. Es evidente en el caso de riquezas mal adquiridas, amasadas con injusticias, rapiñas, sobornos, trampas y explotaciones ajenas. Y es siempre “mal adquirida” la riqueza que acaba por excluir a la gran masa humana de esas mismas riquezas, a favor de unos cuantos privilegiados.

La riqueza tiene dos dimensiones fundamentales: servir al propio dueño y servir al bien común de la sociedad, de los hombres y pueblos menos favorecidos (PP 48-49). Ahora bien: La concentración en manos de unos pocos no cumple este servicio al bien común de todos que es el fin primario y esencial de todos los bienes creados (GS 69).

La riqueza, por desgracia, frecuentemente no acerca al hombre a Dios, sino que lo aparta de Él: lo hace orgulloso, altanero, autosuficiente. El gran riesgo y pecado mayor de la riqueza es no servir a los demás.El hombre es siempre lo primero. “Creyentes y no creyentes están de acuerdo en este punto: todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos ellos” (GS 12).

Por faltar este deber, el Evangelio habla abiertamente del “dinero inicuo” (Lc 16,9) y Santiago se convierte en unos de los más exigentes profetas sociales. “El jornal de los obreros…, desfraudados por vosotros, clama, y los gritos de los segadores han llegado a los oidos del Señor” (Sant 5,1-5).

San Pablo escribe a los corintios: “Conocéis la gracia de Nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por amor nuestro, para que vosotros fueseis ricos con su pobreza” (2Cor 8,9). En la Eucaristía aparece Jesús en su máxima pobreza y en su “insondable riqueza”: pobreza de unos signos humildes y sencillos como el pan y el vino, para comunicarnos toda su riqueza infinita.

La Eucaristía ha de ser para nosotros una vivencia eficaz de nuestra fraternidad: que los que comemos el mismo pan lo sigamos comiendo en la vida, siendo de verdad hermanos, también en el uso y reparto de las riquezas que ese Dios que aquí recibimos ha creado para todos los hombres, hijos suyos.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 24 de julio de 2010

Mi cáliz lo beberéis

Domingo Solemnidad Santiago Apóstol T. Ordinario. Ciclo C
Hch 4, 33; 5, 12.27-33; 12.2; Sal 66, 2-8; 2 Cor 4, 7-15; Mt 20, 20-28

Dos partes tiene el trozo evangélico de este domingo, Solemnidad del Apóstol Santiago: La primera es la petición de Salomé, la madre de los hijos del Zebedeo, Santiago y Juan que motiva una respuesta de Jesús. La segunda es la indignación que la súplica materna produce en los demás apóstoles, lo que provoca una nueva intervención de Jesús sobre la autoridad como servicio, siguiendo su ejemplo que vino a servir y no a ser servido.

“Beber el cáliz” es una metáfora biblica con que se alude a la Pasión del Señor. “Mi cáliz, sí lo beberéis”. Santiago fue martirizado por Herodes Agripa hacia el año 44 en Jerusalén.

Santiago el Mayor es, junto con su hermano Juan y con Pedro, uno de los tres “íntimos” de Jesús, testigo de su transfiguración y de su agonía en Getsemaní. Su carácter fogoso, como el de su hermano, les mereció de Jesús el sobrenombre de “hijos del trueno”. Por eso no vacila en contestar a Jesús que está dispuesto a sufrir con Él: “beber el cáliz”. Después de una vida infatigablemente apostólica fue martirizado.

El peso de una tradición multisecular une a Santiago con la fe de los españoles, con la aparición de María en Zaragoza y con el sepulcro del Apóstol en Compostela. La cristiandad medieval europea recorrió con fervor el Camino de Santiago; y los “Años Santos” celebrados periódicamente despiertan esta tradición.

La figura de Santiago Apóstol tiene mucho de ejemplaridad para nuestra fe. Santiago fue mártir de Cristo; reprodujo en sí la pasión de Cristo, “bebió su cáliz”, y entendió su autoridad apostólica como servicio. La figura del Apóstol, itinerante como la Iglesia misma, puede orientar nuestro momento histórico.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 17 de julio de 2010

La mejor parte

Domingo XVI T. Ordinario. Ciclo C
Gn 18, 1-10a; Sal 14, 2-5; Col 1, 24-28; Lc 10, 38-42

El diálogo de Jesús con Marta y María es aprovechado una vez más por el evangelista san Lucas para resaltar el valor de la escucha de la Palabra de Dios.

Sin entrar en la teoría del valor de la contemplación sobre la acción, que se ha querido ver en las dos actitudes opuestas de Marta y María, lo cierto de la anécdota es que el Reino de Dios no puede dejarse distraer por una preocupación demasiado exclusiva por las realidades terrenas. Por otra parte escuchar la palabra de Dios es todo menos ociosidad.

Cristo quiere llevar a la preocupación de Marta la idea fundamental de su vida y ministerio: El reino de Dios. Sólo hay una cosa importante ante la cual todo lo demás debe ceder en importancia. Saber elegirlo es acertar.

El gran escritor Miguel Delibes en su novela “Parábola del náufrago”, nos hace caer en la cuenta, contra lo que se pudiera creer, que el náufrago no es tanto el hombre del mar cuanto el hombre de tierra.

¿Náufrago de qué, de quién? De sí mismo y de las cosas que lo rodean y le envuelven. Nunca como hoy el hombre está fuera de sí mismo, del ambiente y de las cosas que ha creado. Presiones y represiones, agresividades, medios de comunicación, sociedad de consumo, compras a plazos, etc., hacen del hombre un náufrago. Es urgente arbitrar un salvamento de hombres y de ideas que libren al hombre del naufragio. Creo que es hoy la tarea más necesaria y urgente, librar al hombre dándole al mismo tiempo equilibrio, la medida y la tensión justa para vivir.

El Evangelio nos proporciona la fórmula de este equilibrio, medida y tensión. Marta y María conjugan admirablemente la fórmula. Nos dan un sentido de la paz, de la amistad y de la hospitalidad familiar. De la vuelta a los valores sencillos y elementales. Pero, sobre todo, ponen en tensión su vida por algo que trasciende: La Palabra de Dios, el Reino de Dios. Y en esta ocasión Cristo deliberadamente acentúa esta tensión por lo necesario y principal: “una sola cosa es necesaria”. ¿Para qué perderse y naufragar en tantas cosas? ¿No es hoy más indispensable que nunca volver a esta cosa única y necesaria de que nos habla Cristo? Precisamente la Eucaristía es un signo del reino de los cielos. Al mismo tiempo anticipa la realidad futura de un cielo y una tierra nueva al final de los tiempos.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 10 de julio de 2010

Salirse del camino

Domingo XV T. Ordinario. Ciclo C
Dt 30, 10-14; Sal 68, 14-17.30-37; Col 1, 15-20; Lc 10, 25-37

La parábola del samaritano no es tan sólo una bella creación literaria con una lección de moral filantrópica. Es más, mucho más; es el ejemplo vivo de una persona.

Este samaritano es Cristo, expresión del amor de Dios a toda la humanidad. Convertirse es romper con el camino que hemos tomado, y por eso tiene las características de arrepentimiento, de petición de perdón `por el itinerario llevado hasta hoy. La conversión significa también tomar una nueva senda. Creer en el Evangelio, en la Buena Nueva, forma parte de esta toma de un nuevo camino.

Para ilustrar esta ruptura y nueva toma de camino nos encontramos con la parábola del samaritano. La pregunta que hace a Jesús un doctor de la Ley es: “¿Quién es mi prójimo? Jesús le contesta con la parábola. El texto dice que el samaritano “se compadeció” del herido. Cuando todos esperamos que Jesús diga o sugiera que el prójimo es el herido. Jesús pregunta: “¿Quién es el prójimo de este herido?” Es decir, que el prójimo es uno de nosotros, no el herido. Y el doctor de la ley le dice “El samaritano”. Es decir, aquél que al aproximarse al herido lo convirtió en su prójimo. Prójimo no es aquél que yo encuentro en mi camino, sino aquel en cuyo camino yo me coloco. La “proximidad”, requiere una salida del camino.

El interrogante “¿Quién es mi projimo?” nos parece evidente, pero Jesús considera que esa no es la pregunta correcta. Lo que la parábola nos enseña no es solamente que hay que socorrer al otro, sino que hay que entrar en otro mundo. Salir de mi mundo y entrar en el mundo del otro, del herido.

En la Eucaristía, de un modo maravilloso este divino samaritano desciende hasta nosotros. Se hace hermano nuestro para que nosotros nos podamos hacer prójimos de tantos heridos en los bordes de los caminos de la vida.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 3 de julio de 2010

Vuestros nombres están inscritos en el cielo

Domingo XIV T. Ordinario. Ciclo C
Is 66, 10-14c; Sal 65, 1-5.16.29; Ga 6, 14-18; Lc 10, 1-12.17-20

Sorprendernos caminando tras las huellas de Jesús. En la “tempestad” del mundo contemporáneo, la clave es: volver a Jesús. Después de haber iniciado a los discípulos en la profundidad y en las exigencias, Jesús los envía en misión. No espera a tenerlos formados del todo, los envia y a la vuelta los educa a partir de lo que han vivido y experimentado, de sus logros y de sus aparentes fracasos.

Revisa con ellos y los inicia en la acción y la contemplación. Los setenta y dos misioneros son enviados a anunciar la presencia del Reino de Dios. El poder de curar enfermos, el saludo de la paz, las normas sobre la pobreza y el hospedaje, se supeditan o están en función de esa misión-base. El evangelio de san Lucas acentúa la pobreza evangélica de los “misioneros”.

Los enviados son prevenidos también para las dificultades del anuncio del Reino: la persecución y el rechazo. Otro rasgo característico de la misión será su carácter itinerante, siempre en el camino del Reino, frente a la tentación de “instalarse”. El final del texto nos relata la vuelta gozosa de los discípulos. Cristo concluye: “estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo”. En cada Eucaristía, Cristo Jesús, vida nuestra nos alimenta y nos envia a la misión.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote