sábado, 31 de julio de 2010

Pobre por amor

Domingo XVIII T. Ordinario. Ciclo C
Qo 1, 2;2,21-23; Sal 89, 3-6.12-14.17; Col 3, 1-5.9-11; Lc 12, 13-21

Nadie puede negar que las riquezas tienen sus funciones, ventajas y peligros, no sólo para el bien individual, sino también para la salvación social y humana actual. Ciertamente que “la riqueza es un bien” y Dios no quiere que el mundo sea pobre, sino rico.

Vemos que el dinero no siempre es don de Dios. Es evidente en el caso de riquezas mal adquiridas, amasadas con injusticias, rapiñas, sobornos, trampas y explotaciones ajenas. Y es siempre “mal adquirida” la riqueza que acaba por excluir a la gran masa humana de esas mismas riquezas, a favor de unos cuantos privilegiados.

La riqueza tiene dos dimensiones fundamentales: servir al propio dueño y servir al bien común de la sociedad, de los hombres y pueblos menos favorecidos (PP 48-49). Ahora bien: La concentración en manos de unos pocos no cumple este servicio al bien común de todos que es el fin primario y esencial de todos los bienes creados (GS 69).

La riqueza, por desgracia, frecuentemente no acerca al hombre a Dios, sino que lo aparta de Él: lo hace orgulloso, altanero, autosuficiente. El gran riesgo y pecado mayor de la riqueza es no servir a los demás.El hombre es siempre lo primero. “Creyentes y no creyentes están de acuerdo en este punto: todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos ellos” (GS 12).

Por faltar este deber, el Evangelio habla abiertamente del “dinero inicuo” (Lc 16,9) y Santiago se convierte en unos de los más exigentes profetas sociales. “El jornal de los obreros…, desfraudados por vosotros, clama, y los gritos de los segadores han llegado a los oidos del Señor” (Sant 5,1-5).

San Pablo escribe a los corintios: “Conocéis la gracia de Nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por amor nuestro, para que vosotros fueseis ricos con su pobreza” (2Cor 8,9). En la Eucaristía aparece Jesús en su máxima pobreza y en su “insondable riqueza”: pobreza de unos signos humildes y sencillos como el pan y el vino, para comunicarnos toda su riqueza infinita.

La Eucaristía ha de ser para nosotros una vivencia eficaz de nuestra fraternidad: que los que comemos el mismo pan lo sigamos comiendo en la vida, siendo de verdad hermanos, también en el uso y reparto de las riquezas que ese Dios que aquí recibimos ha creado para todos los hombres, hijos suyos.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 24 de julio de 2010

Mi cáliz lo beberéis

Domingo Solemnidad Santiago Apóstol T. Ordinario. Ciclo C
Hch 4, 33; 5, 12.27-33; 12.2; Sal 66, 2-8; 2 Cor 4, 7-15; Mt 20, 20-28

Dos partes tiene el trozo evangélico de este domingo, Solemnidad del Apóstol Santiago: La primera es la petición de Salomé, la madre de los hijos del Zebedeo, Santiago y Juan que motiva una respuesta de Jesús. La segunda es la indignación que la súplica materna produce en los demás apóstoles, lo que provoca una nueva intervención de Jesús sobre la autoridad como servicio, siguiendo su ejemplo que vino a servir y no a ser servido.

“Beber el cáliz” es una metáfora biblica con que se alude a la Pasión del Señor. “Mi cáliz, sí lo beberéis”. Santiago fue martirizado por Herodes Agripa hacia el año 44 en Jerusalén.

Santiago el Mayor es, junto con su hermano Juan y con Pedro, uno de los tres “íntimos” de Jesús, testigo de su transfiguración y de su agonía en Getsemaní. Su carácter fogoso, como el de su hermano, les mereció de Jesús el sobrenombre de “hijos del trueno”. Por eso no vacila en contestar a Jesús que está dispuesto a sufrir con Él: “beber el cáliz”. Después de una vida infatigablemente apostólica fue martirizado.

El peso de una tradición multisecular une a Santiago con la fe de los españoles, con la aparición de María en Zaragoza y con el sepulcro del Apóstol en Compostela. La cristiandad medieval europea recorrió con fervor el Camino de Santiago; y los “Años Santos” celebrados periódicamente despiertan esta tradición.

La figura de Santiago Apóstol tiene mucho de ejemplaridad para nuestra fe. Santiago fue mártir de Cristo; reprodujo en sí la pasión de Cristo, “bebió su cáliz”, y entendió su autoridad apostólica como servicio. La figura del Apóstol, itinerante como la Iglesia misma, puede orientar nuestro momento histórico.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 17 de julio de 2010

La mejor parte

Domingo XVI T. Ordinario. Ciclo C
Gn 18, 1-10a; Sal 14, 2-5; Col 1, 24-28; Lc 10, 38-42

El diálogo de Jesús con Marta y María es aprovechado una vez más por el evangelista san Lucas para resaltar el valor de la escucha de la Palabra de Dios.

Sin entrar en la teoría del valor de la contemplación sobre la acción, que se ha querido ver en las dos actitudes opuestas de Marta y María, lo cierto de la anécdota es que el Reino de Dios no puede dejarse distraer por una preocupación demasiado exclusiva por las realidades terrenas. Por otra parte escuchar la palabra de Dios es todo menos ociosidad.

Cristo quiere llevar a la preocupación de Marta la idea fundamental de su vida y ministerio: El reino de Dios. Sólo hay una cosa importante ante la cual todo lo demás debe ceder en importancia. Saber elegirlo es acertar.

El gran escritor Miguel Delibes en su novela “Parábola del náufrago”, nos hace caer en la cuenta, contra lo que se pudiera creer, que el náufrago no es tanto el hombre del mar cuanto el hombre de tierra.

¿Náufrago de qué, de quién? De sí mismo y de las cosas que lo rodean y le envuelven. Nunca como hoy el hombre está fuera de sí mismo, del ambiente y de las cosas que ha creado. Presiones y represiones, agresividades, medios de comunicación, sociedad de consumo, compras a plazos, etc., hacen del hombre un náufrago. Es urgente arbitrar un salvamento de hombres y de ideas que libren al hombre del naufragio. Creo que es hoy la tarea más necesaria y urgente, librar al hombre dándole al mismo tiempo equilibrio, la medida y la tensión justa para vivir.

El Evangelio nos proporciona la fórmula de este equilibrio, medida y tensión. Marta y María conjugan admirablemente la fórmula. Nos dan un sentido de la paz, de la amistad y de la hospitalidad familiar. De la vuelta a los valores sencillos y elementales. Pero, sobre todo, ponen en tensión su vida por algo que trasciende: La Palabra de Dios, el Reino de Dios. Y en esta ocasión Cristo deliberadamente acentúa esta tensión por lo necesario y principal: “una sola cosa es necesaria”. ¿Para qué perderse y naufragar en tantas cosas? ¿No es hoy más indispensable que nunca volver a esta cosa única y necesaria de que nos habla Cristo? Precisamente la Eucaristía es un signo del reino de los cielos. Al mismo tiempo anticipa la realidad futura de un cielo y una tierra nueva al final de los tiempos.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 10 de julio de 2010

Salirse del camino

Domingo XV T. Ordinario. Ciclo C
Dt 30, 10-14; Sal 68, 14-17.30-37; Col 1, 15-20; Lc 10, 25-37

La parábola del samaritano no es tan sólo una bella creación literaria con una lección de moral filantrópica. Es más, mucho más; es el ejemplo vivo de una persona.

Este samaritano es Cristo, expresión del amor de Dios a toda la humanidad. Convertirse es romper con el camino que hemos tomado, y por eso tiene las características de arrepentimiento, de petición de perdón `por el itinerario llevado hasta hoy. La conversión significa también tomar una nueva senda. Creer en el Evangelio, en la Buena Nueva, forma parte de esta toma de un nuevo camino.

Para ilustrar esta ruptura y nueva toma de camino nos encontramos con la parábola del samaritano. La pregunta que hace a Jesús un doctor de la Ley es: “¿Quién es mi prójimo? Jesús le contesta con la parábola. El texto dice que el samaritano “se compadeció” del herido. Cuando todos esperamos que Jesús diga o sugiera que el prójimo es el herido. Jesús pregunta: “¿Quién es el prójimo de este herido?” Es decir, que el prójimo es uno de nosotros, no el herido. Y el doctor de la ley le dice “El samaritano”. Es decir, aquél que al aproximarse al herido lo convirtió en su prójimo. Prójimo no es aquél que yo encuentro en mi camino, sino aquel en cuyo camino yo me coloco. La “proximidad”, requiere una salida del camino.

El interrogante “¿Quién es mi projimo?” nos parece evidente, pero Jesús considera que esa no es la pregunta correcta. Lo que la parábola nos enseña no es solamente que hay que socorrer al otro, sino que hay que entrar en otro mundo. Salir de mi mundo y entrar en el mundo del otro, del herido.

En la Eucaristía, de un modo maravilloso este divino samaritano desciende hasta nosotros. Se hace hermano nuestro para que nosotros nos podamos hacer prójimos de tantos heridos en los bordes de los caminos de la vida.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 3 de julio de 2010

Vuestros nombres están inscritos en el cielo

Domingo XIV T. Ordinario. Ciclo C
Is 66, 10-14c; Sal 65, 1-5.16.29; Ga 6, 14-18; Lc 10, 1-12.17-20

Sorprendernos caminando tras las huellas de Jesús. En la “tempestad” del mundo contemporáneo, la clave es: volver a Jesús. Después de haber iniciado a los discípulos en la profundidad y en las exigencias, Jesús los envía en misión. No espera a tenerlos formados del todo, los envia y a la vuelta los educa a partir de lo que han vivido y experimentado, de sus logros y de sus aparentes fracasos.

Revisa con ellos y los inicia en la acción y la contemplación. Los setenta y dos misioneros son enviados a anunciar la presencia del Reino de Dios. El poder de curar enfermos, el saludo de la paz, las normas sobre la pobreza y el hospedaje, se supeditan o están en función de esa misión-base. El evangelio de san Lucas acentúa la pobreza evangélica de los “misioneros”.

Los enviados son prevenidos también para las dificultades del anuncio del Reino: la persecución y el rechazo. Otro rasgo característico de la misión será su carácter itinerante, siempre en el camino del Reino, frente a la tentación de “instalarse”. El final del texto nos relata la vuelta gozosa de los discípulos. Cristo concluye: “estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo”. En cada Eucaristía, Cristo Jesús, vida nuestra nos alimenta y nos envia a la misión.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 26 de junio de 2010

Llamados a la libertad de Cristo

Domingo XIII T. Ordinario. Ciclo C
1R 19, 16b.19-21; Sal 15, 1-2.5-11; Ga 5, 1.13-18; Lc 9,51-62

El evangelio de este domingo nos presenta tres vocaciones. El marco en que las presenta el evangelista san Lucas, es muy de su gusto, es un viaje de Cristo y los suyos camino de Jerusalen. Cristo, al que quiera seguirle le pide: despego de los bienes y comodidades materiales, pues el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza, ruptura con el pasado y el presente, incluso con la propia familia, ante el llamamiento de Dios y seguimiento incondicional a Cristo. Y todo esto para quedar libre y disponible y poder anunciar así el Reino de Dios.

Nunca como hoy el hombre ha sido tan sensible a la libertad: prefiere sufrir la pobreza y la miseria antes que la falta de libertad. Esto a nivel de personas y de pueblos. San Pablo hace ya veinte siglos hacía estas revolucionarias afirmaciones, actuales hoy más que nunca sobre la libertad: El cristiano es libre; la vocación cristiana es vocación a la libertad; esta libertad nos la conquistó Cristo; la libertad se expresa y alcanza su plenitud en el amor. Todos somos llamados al seguimiento de Cristo. Por el Bautismo nos hemos incorporado a Él; formamos con Él una unidad íntima: somos su cuerpo, y Él nos hace partícipes de la unción del Espíritu con el que Él fue ungido.

Si es cierto que todos los cristianos participamos por los sacramentos en el sacerdocio de Cristo, también lo es que algunos cristianos han sido revestidos de una “unción especial” en vistas a la edificación del pueblo de Dios. Hombres como los demás hombres. Con sus limitaciones, sus defectos, como todos; con sus cualidades y méritos como todos. Hombres llamados por Dios con una vocación especial. Don gratuito de Dios que da a quien quiere y cuando quiere, ayer, hoy y mañana.

El llamado y agraciado puede ser cualquiera de vosotros, pues no es recompensa sino don. Hombres consagrados con una misión y unas funciones sagradas: evangelizar, consagrar, perdonar; en una palabra: comunicar la vida de Dios a los hombres. Hombres al servicio del pueblo de Dios. Los consagrados no están inmunizados de las repercusiones causadas por la crisis de transformación que sacude hoy al mundo. Como todos sus hermanos en la fe, experimentan también ellos horas de oscuridad en su camino hacia Dios. Más aún, sufren por el modo, tantas veces parcial, con que son interpretados e injustamente generalizados ciertos hechos.

La gran acción y oración sacerdotal de Cristo-sacerdote es la Eucaristía que celebramos. Ejercitamos también nosotros nuestro sacerdocio con Él. Unamos nuestras voces a la de Cristo y pidamos por todos los sacerdotes al Padre con Cristo.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

martes, 22 de junio de 2010

Verano 2010

maxylola.wordpress

Hola! (espero que no sea una entrada demasiado larga...)

En primer lugar debo pedir perdón a lectores y leídos, llevo meses tan liado que no he dedicado tiempo ni a escribir ni a leer, y no tengo perdón... (aunque fuera por estudiar podría haber sacrificado otras cosas y no el blog...)

No voy a profundizar en detalles, a no ser que a alguien le apetezca (en ese caso, comentadlo y creo una entrada nueva con esos detalles)

Después de haber prometido hablar de mi Navidad y no hacerlo, volví a la uni, hice los exámenes de febrero, tuve una experiencia sonora, me saturé, para luego disfrutar en Asunción Castell con JMVSantamarca-SMatías, pasé el día de San José en Salamanca donde me re-encontré con un salmo que conocí cuanto estaba en busca de un proyecto de vida. Todo eso ocurrió y pude dejar constancia de una forma u otra, incluso saqué unos minutos para compartir con vosotros el descubrimiento de Ociozine y de los webmaster, porque el mundo es un pañuelo, pero la familia vicenciana una pañoleta...

Aunque no he compartido mucho más, conseguí ser fiel a mi propósito de compartir cada Domingo el Evangelio según la Diócesis de Málaga, acompañado de imágenes preciosas gracias a Fano.

Hay tantas cosas que se quedaron en el tintero, algunas por desgracia allí quedarán, otras fueron compartidas a través de Facebook o Tuenti, aunque fuera en forma de imágenes.

Ahora, acabé exámenes y trabajos, y, aunque no sé aún las notas ya puedo "elucubrar":

Hª de la Fª Moderna: - Aprobado
Lógica: - Aprobado
Fª del Lenguaje: - Aprobado
Inic. Metafísica: - "Aprobado"
Griego II: - "Aprobado"
Fª de la Religión: - Septiembre [entrevista sobre un libro]
Ética: - Septiembre [trabajo] / 2010-2011
Latín I: - Septiembre [examen] / 2010-2011
Hª de la Fª Contemporánea: - 2010-2011 (2º semestre)
Antropología: - 2010-2011

En total (teniendo en cuenta mis "elucubraciones") he aprobado cinco, y me queda para septiembre un examen, un trabajo (que ya tengo hecho) y una entrevista, para el curso que viene (si apruebo las de septiembre) tendré 2 asignaturas, aunque posiblemente vayan acompañadas con alguna "elucubración" errónea...

En el caso de que tuviera poquitas asignaturas aprovecharía para leer sobre teología, ya que no puedo matricularme si no he acabado con toda la Filosofía...

El curso que viene, Dios Mediante, Nacho y yo seguiremos en el mismo lugar, la Parroquia de san Matías, en Madrid.

Ya está acabado el curso académico, pero aún me queda una comida con mi clase (viernes 25), acompañar a Nacho a coger su vuelo a Londres (Domingo 27) y al día siguiente por la mañana ya estaré yo en Renfe esperando a coger mi tren a Cádiz.

Este veranito tendré como base la casa de mis padres, aunque estaré de campamento del 4 al 10 en Nagüeles (Marbella, Málaga), del 16 al 28 en una convivencia vocacional en Bollullos (Sevilla), desde donde partiremos a Benagalbón (19-23 Encuentro Nacional, y 24-30 Escuela de Catequistas), para volver a casa el 31. El mes de agosto lo dedicaré principalmente a estudiar, aunque claro está, la playa, la bicicleta y los buenos amigos amenizarán los tiempos intermedios. Haré alguna visita a Sevilla, La Línea e incluso, quien sabe, a Málaga.

A finales de agosto volveré a Madrid dispuesto a darlo todo en mi primer "septiembre"! Este año intentaré escaparme de la Semana de Estudios Vicencianos (agosto) para poder estudiar a fondo, así como de la Novena a la Virgen de los Milagros, pues me coincide con los exámenes.

Así pues me incorporaré a san Matías a finales de agosto, la primera semana de septiembre la dedicaré a superar asignaturas y el día 9 nos iremos a Ávila al "Encuentro de estudiantes" junto con los demás seminaristas de España, y allí estaremos hasta el 16, fecha en la que volveremos a la comunidad para prepararnos para el nuevo curso...

Saludos!!

sábado, 19 de junio de 2010

El plan salvador de Dios

Domingo XII T. Ordinario. Ciclo C
Za 12, 10-11. 13,1; Sal 62, 2-9; Ga 3, 26-29; Lc 9, 18-24

Las lecturas de este domingo nos ofrecen una cierta unidad temática en torno al Plan Salvador de Dios: Cristo Jesús aparece como el centro de esta historia de salvación. El discípulo de Cristo, si de verdad quiere seguir el Evangelio, habrá de estar continuamente ajustando “sus planes” al plan de Dios. Frente a nuestros planes: aspirar al poder y a los honores, el prestigio, la comodidad y la seguridad, el deseo de sobresalir o el egoísmo en toda línea, Dios escoge siempre unos medios sencillos y está siempre cercano a los problemas y necesidades del pueblo.

Dios para realizar su plan, no busca sus propios intereses, sino nuestro bien. Se entrega totalmente a los demás. Los medios que Dios escoge para salvarnos son sencillez, humildad, abajamiento y cruz

Dios para continuar su obra de salvación en el mundo, escoge medios sencillos, ocultos y pobres. Los medios por los que Dios nos santifica, los sacramentos, se sirven de elementos corrientes: agua, pan, vino, aceite. Si queremos ser auténticos cristianos, tenemos que cambiar nuestra mentalidad egoísta y soberbia, nuestro afán de dominio, de sobresalir, de prestigio personal, de comodidad, mediante una actitud de sencillez, desprendimiento, humildad y abnegación: seguimento de Cristo.

El Hijo de Dios se rebajó hasta tomar nuestra naturaleza humana, pero se humilló más en su Pasión y muerte. En la Eucaristía sigue esta línea de abajamiento y se hace pan y comida nuestra.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

domingo, 13 de junio de 2010

Mucho se te ha perdonado porque mucho has amado

Domingo XI T. Ordinario. Ciclo C
2S 12, 7-10.13; Sal 31, 1-2.5.7.11; Ga 2, 16. 19-21; Lc 7, 36-8, 3

En el Evangelio de este domingo hay que distinguir la acción que se narra, de la parábola de los deudores que se intercala. La enseñanza última es que Cristo perdona los pecados. Aquí también, como en la primera lectura, hay un encuentro personal entre Dios y el pecador que se arrepiente de su pecado como respuesta-amor al don amoroso de Dios: “Le quedan perdonados muchos pecados, porque tiene mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra”.

Hablar del pecado hoy día, a más de uno le parecerá trasnochado. Se dice, y parece una verdad irrebatible, que el hombre moderno ha perdido el sentido del pecado. Sin embargo, el hombre de nuestros días, lo mismo el creyente como el que no lo es tanto, no ha perdido sino cambiado la atención o centro de gravedad sobre lo que a la gente le preocupa, incluso le angustia. La gente protesta instintivamente ante las injusticias sociales, las inmoralidades administrativas, el desamor en la convivencia humana, la especulación del suelo y de la vivienda, la opresión del debil, y la miseria injustificada de tantos semejantes.

El pecado, más que como una acción o un acto aislado en la vida del ser humano, hay que verlo como una actitud personal y responsable. El pecado radica en una opción personal contra Dios y contra los hermanos.

El pecado es el gran obstáculo en el seguimiento de Cristo; es la pérdida de la salvación y la pérdida de Dios, es la oposición a la voluntad de Dios manifestada en su Ley de Amor, es la mentira radical de la propia vida, es la alianza con las tinieblas y la potencia maligna que se oponen al Reino de Dios. Pero en la vida de toda persona es posible la victoria sobre el pecado, porque Cristo fue el primero que lo venció con su muerte y resurrección de la que participamos los cristianos. Para celebrar dignamente la Eucaristía y participar del cuerpo del Señor necesitamos estar libres de pecado. El Bautismo, el sacramento de la penitencia y el acto penitencial con el que iniciamos cada Eucaristía purifican nuestra conciencia; pero no basta una pureza legalista. Es necesaria una actitud de profunda humildad y conversión, de amor a los demás, de guerra incondicional al pecado a todos los niveles, hasta lograr la victoria sobre el mismo con Cristo resucitado.

José A. Sánchez Herrera, sacerdot

sábado, 5 de junio de 2010

Cantemos al amor de los amores

Domingo Corpus Christi T. Pascual. Ciclo C
Gn 14, 18-20; Sal 109, 1-4; 1 Co 11, 23-26; Lc 9, 11b-17

“Cantemos al amor de los amores”. A ese amor de Dios que no se guardó a su Hijo, sino que por amor nos lo entregó, y nosotros lo entregamos a la muerte.“Cantemos al amor de los amores”. A ese amor de Dios que no se guardó a su Hijo, sino que por amor nos lo entregó, y nosotros lo entregamos a la muerte.

La Eucaristía es la actualización repetida y constante de esa entrega del Señor. En cada celebración de la Eucaristía, el Señor repite milagrosamente su entrega. Se actualiza su sacrificio. Se hace presencia evangelizadora. Ante el mundo egoísta y violento, ante los hombres y mujeres que viven en la soledad y el dolor, el Señor se hace sacrificio, entrega y presencia para acompañar solidariamente soledades, para curar heridas y paliar dolores.

Es el amor de Dios que se hace comunión. El amor de los amores es, como dice el Cantar de los Cantares, el amor más grande y hermoso, el más apasionado, más entregado y más comprometido El mandamiento de amor, más que un mandato, es una necesidad, porque el amor necesita amar. Al amarnos, al comulgar en su amor, Cristo nos da una capacidad y una urgencia de amor.

La Eucaristía es también pan partido y dividido. Contrasigno de las divisiones que separan a los hombres y los enfrentan en bloques culturales, raciales, sociales o económicos.

Jesucristo bendice el pan, lo parte y lo multiplica y lo hace para saciar nuestra hambre, porque le damos pena, pero también para enseñarnos dos cosas: primera, que cuando el hombre comparte, Dios multiplica; segunda, que en el Reino de Dios todas nuestras hambres, todas, serán saciadas. Pan compartido para enseñarnos a poner en común cuanto tenemos y cuanto somos.

Si comemos de este pan y bebemos de esta copa, si nos alimentamos de este amor, no hace falta decir más. Se notará enseguida que hemos recibido esta santa energía. Hoy queremos adorarlo en adoración agradecida, queremos instaurar la cultura del compartir contra la del acaparar, la del servir contra la del dominar. Cantemos al amor de los amores y hagamos canciones a la esperanza, a la belleza, a los deseos de un mundo mejor, a los gestos generosos y a las personas entregadas.

Cantemos a los testigos y a los trabajadores por el Reino.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 29 de mayo de 2010

¿Qué y Quién es Dios para mí?

Domingo Santísima Trinidad T. Pascual. Ciclo C
Pr 8, 22-31; Sal 8, 4-9; Rm 5, 1-5; Jn 16, 12-15

Después de tantos siglos de cristianismo sigue en pie todavía la pregunta, porque no se trata de una pregunta que reclame de nosotros una respuesta científica; se trata de una respuesta vital y propia de cada uno, un compromiso de vida que cada uno debe hacer original para sí; se trata del encuentro personal con Dios más que del encuentro racional de Dios.

La fiesta de la Trinidad es poco significativa debido a su formulación abstracta, para nuestras comunidades que ponen más de relieve el sentido vital y personalista de la relación con Dios. Pero lo positivo en la celebración de esta fiesta radica en el testimonio que nos transmite una liturgia viva que daba acogida en sus celebraciones a los grandes problemas teológicos que preocupaban en la época: esta celebración tiene su origen en la respuesta a las herejías del momento sobre el carácter trinitario de Dios. En este sentido, uno de los principales mensajes que la fiesta de hoy nos transmite es precisamente el de repensar nuestras “formulaciones” sobre Dios, en tantos casos ya muertas, y redescubrir el verdadero “rostro de Dios”, para nosotros y los hombres de nuestro tiempo.

La Escritura no nos presenta la formulación abstracta de la Santísima Trinidad, sino que nos habla del misterio inmenso, lleno de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; de la acción del Dios Padre en el Hijo que se encarna para salvarnos y que, al subir de nuevo al Padre, nos deja su Espíritu que prosigue su obra. La Escritura nos presenta a Dios en diálogo. Cristo habla con el Padre; habla de Él a sus discípulos; habla del Espíritu que, a su vez, da testimonio de Cristo, de nosotros y grita en nuestro interior “¡Abba, Padre!” “Dios es uno, pero no está solo”. Dios, siendo uno, aparece simultaneamente viviendo y actuando en comunidad consigo mismo en primer lugar; comunidad que posteriormente y en otro sentido se refiere también a los hombres.

Nuestra vida cristiana empezó por el bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. En la Eucaristía, una vez escuchada la Palabra de Dios, haremos nuestra profesión de fe trinitaria. Cada celebración eucarística es una llamada a una conversión de fe trinitaria, una vocación a la esperanza trinitaria y una urgencia de amor en la doble dirección: hacia Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, y hacia la Iglesia, los hombres, los padres y los hijos, los cercanos y los desconocidos, los amigos y los enemigos.

José Antonio Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 22 de mayo de 2010

Tu Espíritu me mueve desde dentro

Domingo Pentecostés T. Pascual. Ciclo C
Hch 2, 1-11; Sal 103, 1.24.29-31.34; 1Co 12, 3b-7.12-13; Jn 20, 19-23

Culminamos la cincuentena pascual con la efusión del Espíritu Santo sobre los apóstoles y la Virgen María. Es el día de Pentecostés. Unas llamaradas, en forma de lenguas de fuego, acompañan el signo visible sobre cada uno de los apóstoles. Es el fuego que irrumpe en la oscuridad de la noche, que calienta los cuerpos, que quema lo impuro. El Espíritu es la fuerza que nos guía hacia la Verdad, que nos purifica e ilumina nuestra mente y nuestro corazón con sus dones, repartidos en beneficio siempre de la comunidad, de la Iglesia, naciente en ese momento y extendida hasta el día de hoy.

“Nadie puede decir ‘Jesús es Señor’, si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios, que obra todo en todos” nos dirá san Pablo. El Espíritu Santo actúa constantemente en la Iglesia y en el mundo. Su acción es imperceptible a simple vista, como el viento, pero necesaria como el oxígeno que respiramos. Vivir según el Espíritu Santo es vivir de fe, de esperanza, de caridad. Una vida cristiana madura, honda y recia es algo que no se improvisa, porque es el fruto del crecimiento en nosotros de la gracia de Dios. Otro de los signos que delata la presencia del Espíritu Santo es el ruido. Los Apóstoles se ven impulsados a hablar de las maravillas de Dios, no pueden contenerse. Se lanzan, ya sin miedo, a anunciar la vida del Señor Jesús. Todos recordamos cómo la civilización antigua levantó una torre que acabó separando a los hombres de Dios, y a los hombres entre sí, porque no hablaban el mismo lenguaje. Eso fue Babel, el orgullo que condujo a la separación. Es lo contrario de Pentecostés. Porque el Amor de Dios no tiene barreras. Nos lleva a hablar en el lenguaje que todo el mundo entiende: el lenguaje del afecto, del amor. El mensaje que nosotros tenemos que transmitir es que “tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo”.

El miedo nos atenaza como antes de Pentecostés a los discípulos. Nos tienta, para que no hablemos de Dios. Nos mete la idea de que si hablamos, entonces los demás nos mirarán como si fuéramos personas raras. El miedo nos hace sentir vergüenza: ¿qué van a decir si invito a este amigo para que vaya a Misa conmigo? o ¿qué pensará si le digo que haga un rato de oración o que se confiese...? Hoy gritamos: Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles. María está llena del Espíritu Santo. Ella nos lleva al Señor casi sin darnos cuenta. Con Ella el amor a Dios entra solo y va directo al corazón. Que el Espíritu Santo nos renueve a cada uno. Feliz Fiesta de Pentecostés a todos, en este día del apostolado seglar, feliz Pentecostés a toda la familia rociera que, bajo el signo de la Blanca Paloma, invoca la efusión del Espíritu sobre cada uno de nosotros. Hasta otra.

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote

sábado, 15 de mayo de 2010

Me voy pero me quedo

Domingo VII T. Pascual. Ciclo C
Hch 1, 1-11; Sal 46, 2-9; Ef 1, 17-23; Lc 24, 46-53

Hace cuarenta días que celebrábamos la Resurrección del Señor, y la Ascensión nos abre esas puertas del cielo a donde Él vuelve y desde donde el mismo Hijo de Dios nos va a enviar su Espíritu a toda la Iglesia en el día de Pentecostés. Los cuarenta días de Jesús con sus discípulos antes de la Ascensión y los cuarenta años del pueblo de Israel en el desierto, camino a la tierra prometida, son una figura que invita a caminar con fe y a hacer algo bueno por la vida. A trabajar por una humanidad digna, justa, libre; en otras palabras: a construir la historia de la salvación de Dios con los hombres.

Hoy, una vez más se nos invita a no quedarnos simplemente mirando al cielo: “Galileos, ¿qué hacéis ahí parados mirando para el cielo?” ¿Qué hacemos parados mirando al cielo? ¿Qué hemos hecho por nuestro pueblo? o, como le preguntó Dios a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Tendremos nosotros también el descaro de responder como él: “¿Soy yo acaso guardián de mi hermano?” El Señor se despide, pero es un hasta luego. Y nos invita, como a sus discípulos, a predicar la conversión y el perdón de los pecados, a ofrecer la salvación de Dios a todos los hombres.

La vida cristiana no es ni sólo más allá, ni sólo más acá. El cristiano piensa en un cielo que hay que construir desde aquí, desde ahora y cada día, mediante el amor, el trabajo y el servicio a los demás; un cielo que a su vez se nos regala como la casa de la definitiva alegría; cielo que se abre a la plenitud de los tiempos con la gracia y el poder de Dios y de Cristo resucitado, vencedor de la muerte. Todos estamos invitados a construir la historia y a abrirnos a la trascendencia. La victoria de Jesucristo es garantía de vida; su gracia en medio de nosotros es fuerza para luchar. Él mismo es camino, verdad, vida y plenitud. Él nos invita a ir a todo el mundo a anunciar el evangelio y en este domingo celebramos también la Jornada Mundial de los Medios de Comunicación Social bajo el lema: «El sacerdote y la pastoral en el mundo digital: los nuevos medios al servicio de la Palabra». La Iglesia es fundamentalmente misionera y rescato una parte de la carta del Papa con motivo de esta jornada, para reflexión de los sacerdotes y de todos los cristianos en nuestra tarea de anunciar el evangelio de Jesucristo: “En verdad, el mundo digital, ofreciendo medios que permiten una capacidad de expresión casi ilimitada, abre importantes perspectivas y actualiza la exhortación paulina: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Co 9,16). Así pues, con la difusión de esos medios, la responsabilidad del anuncio no solamente aumenta, sino que se hace más acuciante y reclama un compromiso más intenso y eficaz. A este respecto, el sacerdote se encuentra como al inicio de una «nueva historia », porque en la medida en que estas nuevas tecnologías susciten relaciones cada vez más intensas, y cuanto más se amplíen las fronteras del mundo digital, tanto más se verá llamado a ocuparse pastoralmente de este campo, multiplicando su esfuerzo para poner dichos medios al servicio de la Palabra...”

¿Qué hacemos parados mirando al cielo? Tomemos la fuerza del Espíritu y trabajemos para que nuestro mundo conozca a su Salvador: Jesucristo. Feliz día de la Ascensión (otro jueves más que no alumbra tanto el sol).

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote

sábado, 8 de mayo de 2010

Dale tu PAZ a mi ajetreo

Domingo VI T. Pascual. Ciclo C
Hch 15, 1-2.22-29; Sal 66, 2-8; Ap 21, 10-14.22-23; Jn 14, 23-29

Nos hemos enterado que algunos, sin encargo nuestro os están alarmando…. Que nadie os quite la Paz del Señor. La paz del mundo basada en tantos intereses y aparentes consensos, no es como la que nos ofrece el Señor resucitado. En la misma Eucaristía nos ofrecemos la paz, se la entregamos al otro como Cristo nos la entrega a nosotros. Es uno de sus muchos regalos también en este tiempo de Pascua.

El Señor nos deja una vida pacificada por su amor. En el mundo de hoy se necesita la paz en el corazón de los hombres. Amar al Señor es escuchar y vivir desde su Palabra. Llevarla a la vida diaria. Y para ello se nos promete el envío del Defensor, del Paráclito, del Espíritu Santo, a través del cual hablará Jesucristo. Ese Espíritu que procede del Padre y del Hijo y su tarea es la de santificarnos. Él nos enseñará todas las cosas, nos recordará todo lo que nos ha dicho el Señor, nos irá abriendo caminos para el encuentro con nuestro Dios en la vida fraterna con el hermano. Nos abrirá el entendimiento y el corazón.

Hoy se nos anuncia la marcha del Señor y se nos deja su Paz como herencia. La tristeza y angustia que muchas veces nos invade necesita de esa paz restauradora para llegar a conseguir la plena confianza en nuestro Dios. Al confiar en su Palabra, al vivirla y cumplirla nos llenamos de su paz y a la vez somos transmisores de la misma ya que nos viene de Dios y la tenemos que ofrecer al hermano.

El evangelio nos muestra palabras de despedida, llenas de ternura y de luz para aquellos discípulos. No hay nada que temer, porque no nos va a dejar solos el Resucitado. El amor de Cristo nos acompaña. No estarán solos y no lo estaremos nosotros porque recibiremos el Espíritu Santo, que es consolador, defensor, maestro y guía del hombre. Nuestro corazón no puede temblar ni acobardarse, aunque surjan divisiones como en aquellas primeras comunidades cristianas. Pidamos la gracia y la sabiduría para confiar plenamente en Dios, dejar que su Espíritu nos colme para poder proclamar al mundo que Dios es nuestro Padre y Jesucristo el salvador de nuestras vidas.

La Virgen María todo esto lo entendió a la perfección, que ella nos ayude a confiar en ese Espíritu que se nos dará como a Ella misma se le dio.

¡Feliz día del Señor!

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote

martes, 4 de mayo de 2010

Ociozine


Hola chicxs!
Vengo a presentaros una página muy chula. Tiene contenidos muy variados y te redirige a páginas donde puedes comprar música, cine y videojuegos (y próximamente también libros).
La comparto con vosotros por varios motivos. Uno de ellos es lo que he comentado antes, otro porque he participado en sus concursos y ya he ganado en dos (Entradas concierto de CooL, y Pack completo Phineas y Ferb).
Fui a recoger el último regalo y estuve hablando con la persona que lo lleva, y me pidió que le diera publicidad a la página, que llevan poquito tiempo y necesitan muchas visitas, sobretodo al principio.

¿Qué me decis? ¡Echadle un vistazo a la web, registraos y concursad!

Gracias! En mi nombre y en el de Ociozine (también tienen facebook donde te van avisando de los concursos)

sábado, 1 de mayo de 2010

Tu amor alegra mi corazón

Domingo V T. Pascual. Ciclo C
Hch 14, 21b-27; Sal 144, 8-13ab; Ap 21, 1-5a; Jn 13, 31-33a.34-35

En el mundo en el que nos movemos es cierto que necesitamos de testigos y testimonios de la verdad, antes que bonitas palabras. Y el mejor testimonio es vivir desde el Amor de Dios, así se construirán esos cielos nuevos y tierra nueva. La fuerza que debe dinamizar la construcción de ese nuevo mundo no es otra que el Amor.

La situación interna y el contexto histórico de las personas que formaban las primeras comunidades cristianas, su experiencia de fe con Jesús muerto y resucitado, las llevó a una toma de conciencia de la necesidad de hacer algo por ellos mismos y por los demás superando muchas dificultades personales. A esa nueva realidad le dieron el nombre de cielos nuevos y tierra nueva. Es la fuerza creadora y recreadora de Dios que impulsa a formar otro mundo que se hace posible con la apertura a la gracia de Dios.

Jesús, con su vida, con su palabra y su obra y con el amor con el cual hizo nuevas todas las cosas, empezó a hacer realidad un mundo marcado con otros valores. Lo nuevo no es que se hable del amor, porque desde tiempos inmemoriales se habla del amor. Lo nuevo es el amor al estilo de Jesús. La sinceridad, el servicio, la cercanía, la entrega y la donación total con las cuales Jesús manifestó su amor a sus amigos y a cada uno de nosotros. Por este motivo hoy el evangelio nos hace una invitación muy concreta: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”.

En los Hechos de los Apóstoles leemos el trabajo concreto de Pablo y Bernabé a favor de la construcción del Reino y cómo animados por la oración y la fuerza del Espíritu Santo, establecieron una estructura organizativa en aquellas comunidades para que se lograra la continuidad de la obra empezada por ellos. Desde nuestro tomar conciencia como creyentes de nuestra situación interna y de nuestro contexto social, nos corresponde construir los cielos nuevos y la tierra nueva con la fuerza del amor al estilo de Jesús. Y hoy nos deberíamos preguntar qué estilo de vida, qué valores, qué amor, son los que pongo yo en cada cosa, para que esos cielos nuevos y tierra nueva se lleven a término en mi vida, en mi familia, en mi comunidad parroquial. Que en este mes de mayo nos acompañe la Virgen y nuestras flores sean fruto del nuevo estilo del amor de Jesús.

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote

sábado, 24 de abril de 2010

Somos uno cuidando el rebaño

Domingo IV T. Pascual. Ciclo C
Hch 13, 14. 43-52; Sal 99, 2-5; Ap 7, 9-14b-17; Jn 10, 27-30

Jesucristo mismo se nos presenta en este IV domingo de la pascua con la imagen del Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas. Esa imagen ya había sido utilizada por el pueblo de Israel y por los profetas, dadas las características pastoriles del pueblo. Dios es el Pastor, Israel su rebaño. Se nos invita a cuidar de esas ovejas a todos los pastores y hacerlo con la misma dedicación y amor que el Pastor supremo.

Por ese motivo, el profeta Jeremías dirige una dura amenaza a estos pastores que dejan que se pierdan las ovejas, y promete, en nombre de Dios, nuevos pastores que de verdad apacienten sus ovejas. Él mismo cuidará de sus ovejas. Más aun, suscitará un Pastor único, descendiente de David, que las apacentará para que estén seguras.

Jesús a sus discípulos también les había hecho comparaciones de pastores y ovejas. Pero en este pasaje propone con claridad la parábola del Buen Pastor, que es aquel que cuida de sus ovejas, que busca a la extraviada, que cura a la herida y carga sobre sus hombros a la cansada. Cristo es el Buen Pastor porque es capaz de dar su vida por las ovejas, voluntaria y libremente. Nos recuerda su Pasión. Jesús dio su vida por los suyos, con amor y en obediencia, para formar un solo rebaño con un único Pastor. En nuestra capilla del Seminario tenemos la imagen de ese Buen Pastor que tiene que presidir toda nuestra vida. Pastores, en este domingo, contemplemos el corazón de Jesús Buen Pastor. Rebaño, dejémonos cargar en los hombros del Buen Pastor. El falso pastor sólo piensa en él. No tiene interés alguno por sus ovejas. Es incapaz de arriesgar su vida ante el peligro. Las ovejas no cuentan con él.

El Buen Pastor, nos lo dice Jesús, conoce a cada una de sus ovejas. Las llama a cada una por su nombre. Él conoce a sus ovejas, sus ovejas lo conocen a él y escuchan su voz. Todos, en mayor o menor grado, debemos ser pastores. Tal vez en nuestra familia, en nuestro entorno. El Señor nos dio a través del Bautismo la misión de ser sus testigos, de darlo a conocer, de comprometernos con Él y con su Reino. Pidamos en este día por todos los sacerdotes para que sean fiel reflejo de Cristo, el Buen Pastor, y pidamos por cada uno de nosotros para que, escuchando la voz del Señor, sepamos cuidar la pequeña parte del rebaño que nos corresponda en nuestra vida. Feliz día del Señor y buena semana.

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote

sábado, 17 de abril de 2010

Pesca milagrosa: tu luz nos atrapa...

Domingo III T. Pascual. Ciclo C
Hch 5, 27b-32.40b; Sal 29, 2-13; Ap 5, 11-14; Jn 21, 1-19

El evangelio nos muestra cómo algunos discípulos habían vuelto a sus antiguas actividades, mientras tomaban conciencia de la resurrección del Señor. Pedro y los demás discípulos, habían pasado toda la noche tratando de pescar algo pero no lo habían conseguido.. La noche representa las situaciones difíciles, la crisis, la angustia, el miedo y la inseguridad, que inundaban a los discípulos tras la muerte de Jesús. Al amanecer, Jesús se aparece en la playa. Todos los relatos de la resurrección dicen que los discípulos a primera vista, no cayeron en la cuenta de la presencia de Jesús. Lo confundieron. Esto confirma que la resurrección de Jesús no fue evidente en el primer momento sino que fue convirtiéndose en una experiencia que los inundó, les aclaró todo y los dejó absolutamente convencidos de su nueva forma de existir.

La experiencia de la pesca milagrosa ya la habían vivido y el Resucitado lo primero que les preguntó fue por los frutos de su trabajo: “Muchachos, ¿tenéis pescado?” Es decir, cómo te ha ido, qué has hecho, cómo estás, por qué lloras, de qué hablas... ¿La respuesta? ¡No! En la oscuridad de sus vidas todo era frustración, tristeza y muerte. ¿Verdad que se parece mucho a la nuestra? Pero una luz empieza a brillar cuando hacen lo que Jesús les manda: “Echad la red a la derecha de la barca.” Cuando actuaron conducidos por las enseñanzas de Jesús, recogieron buenos frutos: “Por tu Palabra…” En este relato fue el discípulo amado quien primero reconoció a Jesús. Es otro detalle. El Amor hace reconocer al resucitado. Y Jesús, en la orilla los invitó a compartir el fruto del trabajo. Él tomó el pan y los peces, los partió y los repartió. Ahí descubren entonces que dentro de ellos estaba Jesús resucitado. Lo hemos dicho muchas veces: la mejor prueba de la resurrección de Jesús es una comunidad que vive unida en el amor, trabaja y comparte fraternalmente.

En la segunda parte de este fragmento del Evangelio, tenemos el reconocimiento de Pedro como autoridad en la Iglesia. La característica particular del liderazgo en la Iglesia, es que debe estar fundado en el amor a Jesucristo y su evangelio”: ¿...me amas? Y asumir como propio el proyecto de Jesús y cumplir su voluntad salvífica. Si el liderazgo en la Iglesia se deja contaminar por los deseos de poder y aparentar, pierde su sentido y se convierte en un obstáculo para la evangelización.

Todos tenemos experiencia de esto. No se puede ser apóstol sin ser discípulo, pero el discípulo tiene que llegar a ser apóstol, porque toda la riqueza espiritual que Dios le da, debe compartirla. Aquellos hombres que llenos de miedo habían abandonado a su maestro, con la experiencia de la resurrección, estaban dispuestos a darlo todo para continuar su obra salvadora. Los mismos pescadores y publicanos cobardes, que decepcionados de Jesús no querían saber nada de su proyecto, comprendieron claramente que Dios estaba con Él y tuvieron las fuerzas para anunciar que a ése a quien habían matado, Dios lo había resucitado y constituido Señor y Mesías. Por eso, hoy con Pedro podemos decir: Señor Tú conoces todo, sabes que te quiero. Y podremos escuchar: Sígueme.

Sé valiente: Por su Palabra sigue echando la red.

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote

sábado, 10 de abril de 2010

Dichosos los que creen sin ver

Domingo Divina Misericordia T. Pascual. Ciclo C
Hch 5, 12-16; Sal 117, 2-4.22-27; Ap 1,9-11a.12-13.17-19; Jn 20, 19-31

Hoy se nos presenta la vida de la primitiva comunidad cristiana liderada por los apóstoles donde su testimonio es el signo por excelencia de la Resurrección de Jesús. Cuando uno se encuentra con un cristiano de verdad, puede vivir la misma experiencia que vivieron quienes compartieron su vida con Jesús: gozo, alegría, vida… Aunque también oposición, porque el anuncio del Evangelio y su compromiso en la vida, generó oposición en sectores de la sociedad, la de Jesús y la nuestra. Y a pesar de ello, esas primeras comunidades daban testimonio de la acción de Jesús resucitado con sus vidas. ¿Qué caracterizaba a esas comunidades “resucitadas”? Su manera novedosa de vivir y amarse entre ellos, y si alguien se les acercaba, aprovechaban para dar testimonio de la resurrección del Señor, como nos lo presenta el libro del Apocalipsis: el Señor es el principio y el fin, el alfa y la omega. Así, la muerte y la resurrección de Jesús son el testimonio más creíble de que el mal y la muerte no tienen la última palabra, sino Él y su Vida resucitada.

El Evangelio de Juan dice que el primer día de la semana, estaban los discípulos con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Pero una nueva experiencia con Jesús los llenó de paz, alegría, esperanza, perdón y ganas de seguir luchando por su vida. Jesús les ofrece la paz seguida de un envío: “Así como el Padre me envió, os envío yo a vosotros”. Les tocaba hacer a sus discípulos, y ahora a nosotros, como nuevos apóstoles del Señor enviados a dar testimonio de la Resurrección.

Pero no nos va a dejar solos, nos enviará su Espíritu, no sólo para que nos refresque la memoria, sino para que contemos con su fuerza y podamos dar testimonio ante los demás, de manera que crean en Jesús y tengan vida en su nombre. Sabemos que la fe no se impone, es un regalo. Se transmite, se testimonia, aunque para Tomás, como tantas veces para nosotros mismos, el testimonio de sus condiscípulos no era suficiente para aceptar que el Dios-Hombre estuviera vivo, había resucitado. Tengo que tocar, ver, tengo que…. Los discípulos respetan tu proceso de fe, no te obligan a creer que Jesús haya resucitado, pero ellos lo siguen demostrando con su vida y si cada uno de nosotros estamos abiertos a una experiencia nueva, llegará el momento en que nos encontremos con Jesús resucitado, como le pasó a Tomás. Y el Señor nos dirá: tienes ¿qué…? Aquí tienes mis manos, pies, Vida, por ti y para ti. Esa experiencia a Tomás le hará expresar su alegría, su fe y su pertenencia a Jesús con estas palabras: ¡Señor mío y Dios mío! Las que nos hacen falta a nosotros para recorrer esta cincuentena pascual.

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote

sábado, 3 de abril de 2010

Desde la cruz enciendes la VIDA

Domingo Pascua de Resurrección T.Pascual. Ciclo C
Hch 10, 34a.37-43; Sal 117,1-2.16-17.22-23; Col 3, 1-4; Jn 20, 1-9

¡Ha resucitado! Noticia, noticia, No está en el sepulcro. Ha sido al alba, lean, lean, ¡ha resucitado! ¿Por qué seguir perdiendo el tiempo en buscar entre los muertos al que VIVE? “... id a mis amigos a decirles que en Galilea les veré”. Nos han venido contando las mujeres de nuestro grupo que está vivo. Ya lo podemos gritar por todos sitios, a toda la gente con la que nos crucemos. Él ha vencido a la muerte, ha resucitado como dijo. Todo había comenzado en Galilea. Hoy el Señor rompe, en nuestras vidas, como esa luz de fuego que encendíamos en la gran Vigilia Pascual.

Como ya indicábamos el domingo pasado, este hombre en apariencia no hizo nada extraordinario, sino que vivió la sencilla vida cotidiana con la grandeza de quien sabe amar y servir. A su lado todos se sentían respetados, acompañados y amados. Con su muerte y resurrección ha transformado radicalmente la existencia de todos los hombres, nos ha hecho descubrir el rostro misericordioso de Dios y el lado amable de la vida. El apóstol Pedro nos resumió la vida de Jesús con estas palabras: “Pasó haciendo el bien”. Y tanto que lo hizo. A los más pobres les dio esperanza; a los oprimidos, libertad; y a todos, una vida más digna. Eso no se lo perdonaron los poderosos y potentados del mundo. Y nosotros mismos, que también lo abandonamos como hicieron sus amigos y discípulos. Él murió en la cruz acompañado de poco más que algún mirón (como tú y como yo) y con la presencia de su Madre, que como siempre está donde, cuando y como tiene que estar.

Pero, tranquilos: Jesucristo VIVE. Dios da la cara por nosotros, Dios lo ha resucitado. Lo que era aparente fracaso, se ha convertido en triunfo sin discusión. Ha sido el gran acontecimiento que ha transformado la vida de sus seguidores, qie se convirtieron en los testigos de su resurrección. Hoy más que nunca tenemos que afianzar nuestra fe en el Resucitado. Creer en la resurrección es creer en la Persona de Jesús y tener la misma fe que él tuvo en su padre Dios, para entregar su vida por el Reino. Creer en la resurrección de Jesús, es ser testigos de su vida, es vivir en Cristo y morir con él a todo aquello que nos disminuye como personas y resucitar cada día para una vida nueva. Es vivir y luchar hasta dar la vida y expresar el amor, tal como él lo hizo. Creer en la resurrección es permitir que Cristo viva en nosotros y nos salve de una vida mediocre, egoísta e infeliz, y nos conduzca a una vida plena, resucitada y bienaventurada.

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote

sábado, 27 de marzo de 2010

Jerusalem para alcanzar la meta

Domingo Ramos . Ciclo C
Is 50, 4-7; Sal 21, 8-9.17-24; Flp 2, 6-11; Lc 19, 28-40

Queridos amigos: ¡Por Fin! Sí. Ya hemos llegado. Y lo más importante es si hemos llegado con nuestros hermanos, nuestras comunidades, de la mano del Señor. Atravesado nuestro desierto cuaresmal, hoy celebramos la entrada de Jesús en Jerusalén para celebrar la Pascua.

Domingo de Ramos, entrada triunfal en la Ciudad Santa. ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Entrada triunfal; bueno, más bien profética, donde los creyentes de aquel momento reafirmaron su fe en el Dios que salva, a través de la persona de Jesús. Cristo entra en Jerusalén aclamado por todos nosotros, aunque muchas veces no nos damos cuenta de que entra para dar su vida en rescate por muchos. La dignidad de Jesús estuvo en sí mismo, en su grandeza y calidad humana, en la profunda y muy peculiar experiencia de Dios, su Padre. Su más grande legado fue Él mismo y su manera de vivir ante Dios y ante los demás. La novedad de Jesús no está en los dones que ofrece, sino en el amor por el cual Él se ha entregado.

Por eso san Pablo, en su carta a los filipenses, nos invita a vivir en el amor, a no hacer nada por vanagloria, a practicar la humildad y a apreciar los valores de los demás, aun más que los propios. A buscar el bien común, impulsados por los mismos sentimientos que tuvo Cristo, cuya grandeza consistió en que: “Siendo de condición divin... tomó la condición de esclavo… y se humilló haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz.”

Entrando en la ciudad Santa, Jesús nos enseña que la grandeza del hombre está en la humildad con la que siempre vivió Él y en la forma como permitió que, por medio de su Palabra y de su obra, Dios manifestara su amor misericordioso a toda la humanidad. Cuando hablaba, no lo hacía para ser alabado, sino para enseñarnos el camino de su Padre Dios. No dio fórmulas mágicas para la vida, sino que vivió como uno de tantos, como un hombre cualquiera, con una gran diferencia: lo hizo todo con la grandeza y humildad de quien sabe amar de verdad, hasta dar su vida por cada uno de nosotros. Sin duda, podemos aplicarle el cántico del Siervo de Yahvé que nos presenta el profeta Isaías en la primera lectura.

Él estuvo siempre atento a la voz de Dios. Nunca dio la espalda a las injusticias ni al dolor humano. Dio aliento al abatido, y puso en riesgo su propia vida para guardar la nuestra. Su vida comprometida en cumplir la voluntad del Padre lo hizo sudar sangre, como lo afirma Lucas en la Pasión que leemos este año. Lo llevó a asumir la cruz, no porque la buscara sino porque era una consecuencia lógica de su compromiso con la vida y un camino necesario para llegar a la victoria final.

Hoy, cuando muchos de nosotros vamos a salir a las calles con ramas de olivo aclamando a Jesús, aprendamos a caminar tras Él y asumamos como propios su causa y su compromiso por la vida y el hombre. Vivamos con intensidad esta Semana Santa, participemos de la Oración de la Iglesia, de la Misa Crismal en la Catedral. Comamos la Cena del Señor. Adoremos su cruz Salvadora y gritemos después de tres días ¡Cristo ha RESUCITADO! Feliz y Santa Semana.

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote

domingo, 21 de marzo de 2010

Salamanca - Convivencia Vocacional


La vocación no cesa nunca, es una llamada contínua.

Tras entrar por esas puertas, imágenes vuelven a mi cabeza, mi primera entrada, todos aquellos momentos vividos, tantas personas conocidas y por conocer... Comienza un fin de semana de encuentro y oración.

Rubén, Eblerino y yo esperamos a que lleguen los demás, que están en camino. A las 21 aproximadamente llegan los de Cádiz, Ayamonte y Salamanca. Cenamos y programamos el fin de semana sentados frente a la tele.

El sábado comenzamos en serio: desayuno, oración, Moisés, reflexión, compartir, comida, café con la comunidad, descanso, Abrahám, reflexión, compartir, Jeremías, reflexión, compartir, oración, cena.
Salimos de paseo por Salamanca, disfrutamos de un helado buenísimo (el mío de Leche merengada y Dulce de leche), y volvimos a casa a descansar.

Tuve la suerte de reencontrarme con el salmo que me dió el último empujón en aquella Pascua memorable.

El domingo: desayuno, oración, S.Pedro, reflexión, compartir, Eucaristía, comida, café con la comunidad, despedidas y descanso.

Hoy el regalo fue el Credo vicenciano (que publicaré más adelante).

A las 18:30 tenía yo el bus de vuelta, y Rubén a las 19:00, así que sobre las 17:45 Eblerino y Sergio nos acompañan a la estación. Llegamos sobre las 18:01, miramos el panel de salidas y... ¿no hay ningún bus a las 18:30? Miro mi billete... ¡mi bus es a las 18:00!, perdón corrijo, ¡mi bus ERA a las 18:00!
Sin pensarlo mucho salgo disparado a las dársenas, donde apenas veo 2 buses (el mío era el 5)... mierda, el mío se ha ido...
Un conductor del fondo me hace señas, me acerco y me pregunta, le digo y me dice "el tuyo se ha ido, pero... yo tengo plazas libres" wow, veo el cielo abierto, le doy las gracias y me subo. Me despido por la ventana y veo que Rubén habla con el conductor, también tiene sitio para él, así que adelanta una hora su viaje. Dios ha obrado...

Se supone que llegamos a las 20:30, pero cogemos un atasco que no veas (fin de semana+puente+entrada en Madrid...)...

Llamo a Nacho, y antes de decirle que voy con retraso me dice que algunos van a cenar (tras la misa) en el burger, así que se me va haciendo la boca agua... mi gozo fue un pozo lleno de "agua de boca", porque nos restrasamos y llegamos a las 21:40, me despido de Rubén, llego al barrio, llamo a éstos y me dicen que van hacia casa... me quedo sin burger...

Recojo el día con Antonio y Nacho en la ante-cocina (le llaman ¿office?) y caigo rendido en la cama...

Fin de semana intenso...

(algún día haré la crónica de Navidad, lo sé...)

sábado, 20 de marzo de 2010

Vete y no peques más

Domingo V Cuaresma. Ciclo C
Is 43, 16-21; Sal 125, 1-6; Flp 3, 8-14; Jn 8, 1-11

En este domingo celebramos el Día del Seminario, con el lema de este año: El sacerdote, testigo de la misericordia de Dios. La liturgia de este domingo precisamente nos muestra la manera que Jesús, sacerdote eterno, tiene de manifestar y actuar desde esa misericordia y compasión con todos. Él nos perdona, no nos acusa; limpia las miserias humanas.

En la primera lectura, Isaías nos invita a mirar al futuro, a no volver la vista atrás, pues estamos llamados y destinados a vivir junto a Dios en tierra de promisión. “No penséis en lo antiguo…Mirad que hago algo nuevo…” Dios, a través de Jesucristo, hará el nuevo y definitivo éxodo.

Pablo, en la segunda lectura, nos va a dar la clave de lo que implica la vida nueva centrada en Cristo, y para ello necesitamos desterrar la autosuficiencia y, como él mismo nos dirá, una vez descubierto Cristo, todo lo demás lo estimo pérdida. Nos tenemos que sentir lanzados para alcanzar la meta a la que el Señor nos llama a cada uno.

Y en el evangelio, san Juan nos confronta dos actitudes ante esa mujer que ha sido sorprendida en adulterio: la que nos suele caracterizar a nosotros tantas veces, el juicio y la condena. Y la del Señor, de la cual tendríamos nosotros que aprender: con un corazón misericordioso, lleno de amor, que se acerca a los pecadores y exige cambio de vida, pero desde el amor no desde la condena.

Jesús, ante el pecado de la mujer, se inclina; ante tu pecado, hace lo mismo, guarda silencio; ante el pecado del que está enfrente de ti también, y nos hace una pequeña reflexión antes de que juzguemos: “Si tú estás libre de pecado, tira la primera piedra”. En silencio, ahora, mira tu propio corazón. El evangelio nos relata que empezaron a alejarse en silencio, empezando por los más viejos. Y se quedan solos Jesús y la mujer ¿Ninguno te ha condenado? Tampoco yo te condeno; vete en paz y no peques más”. Él es el único que tendría derecho a tirar la primera piedra, pero Él no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. “Vete”, no peques más, dice Jesús.

Como el domingo pasado con la parábola del hijo pródigo, se nos invita a la conversión desde la experiencia del amor misericordioso de Dios. Volvamos hoy a suplicar al Señor que envíe obreros a su mies, testigos de esa misericordia; que siga bendiciendo a su Iglesia con el don de las vocaciones sacerdotales en este día del Seminario, y que lo haga por intercesión del Santo cura de Ars, en este año Sacerdotal. Reconozcamos la llamada de Jesucristo a seguirle y a amarle. Y hagámoslo de la mano de María reina de las vocaciones.

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote

En busca de un proyecto de vida

Hoy quiero compartir con vosotros el salmo que hizo que se colmara el vaso y dijera "Sí, quiero, ya es mi momento".

En busca de un proyecto de vida

Es el momento, Señor, de orientar mi vida;
es la hora de dar rumbo a mi existencia;
estoy a punto para descubrir un nuevo camino;
no me sirve, Señor, el vivir en eterna encrucijada.

Estoy ante Ti abierto como la playa al mar;
estoy en busca de tus pasos, de tus huellas;
quiero dejar atrás mis caminos y entrar por "tus caminos";
quiero decir sí al plan de Dios para los sueños de mi vida.

Aquí estoy, Señor, como Saulo en el camino de Damasco;
y te digo sin rodeos: Señor, ¿qué quieres que haga?
Aquí estoy, Señor, como Samuel en la noche y te digo:
Habla, Señor, que tu siervo escucha.

Aquí estoy, Señor, como María cuando era joven y te digo:
he aquí la esclava; que se haga en mí según tu Palabra.
Aquí estoy, Señor, con un corazón disponible como el tuyo
y te digo: quiero hacer tu voluntad.

Señor, ¿qué quieres de mí? ¿Qué me pides?
Señor, ¿cuál es el plan del Padre para mi vida?
Señor, ¿cuál es el proyecto que quieres que realice?
Señor, ¿a qué me llamas?, ¿por dónde quieres que camine?

Señor, ¿cómo estar seguro de tus caminos en mi vida?
Señor, ¿seré capaz de ser fiel a la llamada que me haces?
Señor, ¿y si me equivoco y tengo que volver atrás?
Señor, ¿cómo comprometerme si no estoy plenamente seguro?

Preguntas, Señor, siempre preguntas, ¿como saldré de la duda?
Yo quiero tener claro cada paso del camino.
Soy calculador, Señor, y no me gusta arriesgar nada.
Yo quiero tener mis seguridades y tengo miedo a lo imprevisible.
Yo quiero dar respuesta pero desde una fe razonada.

A fin de cuentas, ¿te busco o me busco, Señor?
¿Pongo los ojos en ti o me miro a mí?
¿Son tus intereses los que busco o sólo los míos?
¿Estoy disponible ante ti?

Quiero, Señor Jesús, salir de esta confusión en que vivo.
Quiero, Señor Jesús, escucharte y dar respuesta a tu llamada.
Quiero, Señor Jesús, dejar todo, quedarme libre para seguirte.
Quiero, Señor Jesús, arriesgar mi camino con el tuyo.
Quiero, Señor Jesús, dejar mis miedos, dar paso a mi fe.
Quiero, Señor Jesús, fiarme de tu plan porque me amas.

Yo sé que me has mirado, que has puesto tus ojos en mí.
Yo sé que me quieres para ser servidor de tu Reino.
Yo sé que me das la fuerza de tu Espíritu para ser enviado.
Yo sé que es posible realizar tu plan y ser feliz.

Señor, quiero hacer de tu Persona y tu Evangelio,
el proyecto de vida que dé sentido a mi existencia.
Aquí me tienes, Señor, para hacer tu voluntad,
libre y sin miedo.

viernes, 19 de marzo de 2010

Salamanca - Día de San José


Cogí el bus a las 9 de la mañana y tras 2 horas y media de viaje (acompañado de Joan de Arcadia) llego a la estación donde me recogen Pati y Dani.

Tras disfrutar el paseo mientras buscamos aparcamiento terminamos en una cafetería donde continuamos poniéndonos al día y sobre las 13:30 despedimos a Dani y marchamos a casa de Pati donde Milú nos espera inquieto.

Hacemos tiempo visitando los pueblos de alrededor de Nuevo Amatos de camino a la Gasolinera, compramos al menos 20kg de croquetas que a Milú no parecen gustarle, y cuando volvemos a su casa está hasta la puerta de gente! Este día me acordé de mis comidas navideñas, donde tenemos que poner más de una mesa porque no cabemos.

Disfruté de una comida buenísima (no por hacer la pelota), puré de Calabacín, filetes de pollo empanados, y para terminar una tarta de hojaldre.

Estuvimos charlando, contando chistes... compartiendo alegría, y algún que otro MB de PC a PC.

A las 16:30 nos iba a llamar Dani así que... a las 17:30 lo llamamos nosotros, y tras despedirnos de la familia marchamos a hacer la ruta del autobus.

Recogemos a Cristina, luego a Dani y en Hdez y Fdez quedamos con Raquel y Esther. Seguimos compartiendo (bufandas, campaña-pro-facebook...). Dani se va y las 4 restantes me llevan a la casa.

Llegamos y tras dar una vuelta de reconocimiento (para ver como iban las obras y eso) llegamos a la puerta principal donde nos recibe, tan acogedor como siempre, Eblerino, que tras saludarnos efusivamente invitó a mis acompañantes a que vinieran cuando quisieran que para eso eran de la familia.

Me despido y comienza la segunda parte de mi fin de semana...

sábado, 13 de marzo de 2010

Dios Padre espera ansioso el regreso de sus hijos

Domingo IV Cuaresma. Ciclo C
Jos 5, 9a.10-12; Sal 33, 2-7; 2Co 5, 17-21; Lc 15, 1-3.11-32

No podemos olvidar que estamos en un camino como peregrinos hasta la Pascua y que tenemos que ir dando fruto y respondiendo a toda la confianza y amor que Dios deposita en nosotros. Los hebreos entran en la tierra prometida como un símbolo de la promesa de salvación y felicidad hecha por Dios a su pueblo.

El hombre desea esa felicidad, y siempre buscamos cómo poder ser más felices. Hoy podemos tener una de las claves: busquemos y dejemos que Dios nos guíe. Pero corremos el peligro de la autosuficiencia, del creer que ya todo está conseguido y ahí puede surgir la desilusión o frustración. Pero, no perdamos la esperanza y confianza de que Dios mantiene su promesa y Él es fiel. En la segunda lectura, san Pablo nos ayuda a comprender el valor de la reconciliación y nos pide que nos dejemos reconciliar con Dios por medio de Jesucristo. Él nos reconcilia con el Padre, sin pedirnos cuentas de nuestros pecados. Si somos capaces de redescubrir cada día el amor misericordioso de Dios, entonces seremos capaces de vencer nuestra inclinación al pecado y a la ruptura con Dios y con los hermanos.

En el evangelio según san Lucas se nos presenta a ese Dios Padre lleno de misericordia en el contexto de la parábola del hijo pródigo. Aquí vemos todas las actitudes de Dios para con el hombre pecador, para con nosotros. Siempre se ha reprochado a Jesús su actitud receptiva para con los pecadores y lo que eso nos puede enseñar a nosotros es que, por encima de ser o no pecadores, tenemos un Dios con un corazón infinito y lleno de amor para todos.

Él nos sigue tratando con compasión y misericordia, siempre que nos mostremos arrepentidos. Muchas veces caemos en la actitud del hermano mayor, y nos dedicamos a ver el pecado del pequeño, y hasta nos duele que el padre sea bueno con todos y, en especial, con los que creemos que son peores que nosotros. Hagamos examen de conciencia y preguntémosnos de quién tengo yo más actitudes, ¿del hijo mayor, con derecho a todo; o del menor, que reconoce su culpa? ¿Alguna vez nos hemos parado a pensar si tenemos la actitud de ese Padre Bueno?

Hoy nos toca suplicar el amor y la misericordia de Dios, y experimentar el gozo y la alegría de saber que Dios nos los quiere conceder para que actuemos con los demás desde la misma actitud del Padre. Que el Señor bendiga a la Iglesia con vocaciones sacerdotales, ahora que tenemos a la vista el día del Seminario, semillero de vocaciones. Hagamos una oración especial y concreta por nuestro seminario de Málaga, por el Menor y el Mayor, sus chicos y jóvenes, por sus formadores. Aprendamos de María la verdadera respuesta a un Dios que es amor, fidelidad, misericordia y entrega.

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote

sábado, 6 de marzo de 2010

Jesús nos cuida y espera nuestros frutos

Domingo III Cuaresma. Ciclo C
Ex 3, 1-8a.13-15; Sal 102, 1-8.11; 1Co 10, 1-6.10-12; Lc 13, 1-9

En nuestro camino hacia la Pascua, hemos pasado por las tentaciones del mismo Hijo de Dios vencidas por haber puesto su confianza en el Padre. Y así continuamos nuestro itinerario cuaresmal de conversión teniendo la figura de Abraham como el padre de los creyentes.

Y compartida la transfiguración del Señor, aceptando la cruz para vivir la gloria de su resurrección. En este tercer domingo, contemplamos esa zarza ardiendo fundamental dentro de la Biblia y en la fe de Israel y de la Iglesia. Dios siempre toma la iniciativa y llama a Moisés para que vaya en nombre suyo. Dios se hace presente en la vida de cada uno de nosotros y nos muestra su poder a través de su misericordia y por la fidelidad a la promesa hecha de salvarnos. Ya san Pablo nos recuerda cómo la propia vida del pueblo con Moisés en el desierto se escribió para que nos sirviera de escarmiento para nosotros.

Por eso el Apóstol nos llama en este tiempo de Cuaresma, y siempre, a tomar en serio la escucha y la meditación de la Palabra de Dios, pero no para que se quede en una bonita reflexión, sino para sacar consecuencias concretas para nuestra vida. Somos invitados a cambiar nuestras actitudes, pero siempre desde la misericordia de Dios, y así el mismo Jesús, nos hace recapacitar para que todos los acontecimientos de nuestra historia de salvación concreta los miremos en clave de llamada de Dios para la conversión.

Dar fruto nos pide el Señor, cavar la higuera, cavar en nuestro corazón para que vaya dando frutos que correspondan con lo que el dueño de la viña quiere. La conversión es fruto de un trabajo doble: Mirar a Dios y Dejarse transformar por Él. El dueño de la viña tiene paciencia con nosotros, pero no abusemos de esa misericordia y pongamos todo nuestro empeño en la manera de abonar, cavar y regar la viña de nuestra vida.

Muchos nos creemos seguros, buenos cristianos, ya lo hemos conseguido todo: ¡Cuidado no caigas! Hoy Dios nos llama a todos hacia la Pascua definitiva. Nuestra salvación está en juego. Se necesita la carta de la conversión. Convertirse es creer en Dios, es escuchar su palabra, es reconocer su presencia en medio de cada acontecimiento, unos buenos y otros no tan buenos, pero como veíamos el domingo pasado, todo termina participando de la gloria de Dios.

En esta cuaresma miremos a María, aprendamos de sus actitudes, en ella vemos coronada la vida de Dios. Dejémonos guiar por el Espíritu Santo, para que nos conceda poder trabajar por el reino haciendo que la higuera dé fruto y no quede estéril. Cada uno sabemos lo que en nuestra vida debemos cambiar.

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote

martes, 2 de marzo de 2010

Asunción Castell 2010


Un fin de semana de descanso...

Después de una semana saturada y antes de otra que se presenta peor, en el medio, en esos dos días que separan filosofía de filosofía, ahí ha estado esta convivencia, este respiro que me ha concedido disfrutar de los que este año son "mi gente".

Un año más he podido reír, compartir y cansarme con estos personajillos que habitan a mi alrededor. Este año lo que apenas he podido hacer es comer, si el año pasado cogí unos 2 kilos, este año los he perdido, gracias a la cena del jueves que me sentó mal, menos mal que tras 1 día de ayuno y otro de sopa y Aquarius he podido probar un poquito de pasta, por poco no me llega! (creo que entre todos ha habido 10 kilos! sobretodo gracias a la gran aportación de Jesús... ahora tenemos pasta para el invierno).

Para el que no lo sepa, la conocida como "Convivencia Asunción Castell" es un fin de semana sólo para los JMV de pleno derecho, sin niños a quien vigilar, un finde sólo para nosotros, para compartir y cargar las pilas para cargar a otros.

El viernes llegamos por la tarde-noche, preparamos habitaciones, organizamos la comida y las instalaciones. El primer día: encuentro y tiempo libre. Tras la cena jugamos a la Wii, al ping pong, a las cartas... y charlamos y reimos.

El segundo día: de oración a diversión. Nos levantamos a las 8:30 con musiquilla, desayunamos (los que pueden), tenemos una oración que elevamos al cielo al estilo griego y comenzamos la dinámica de la mañana: San Vicente y santa Luisa.
Nacho y yo tenemos preparado un tema que surgió de las dudas que formularon en la noche del sábado del año pasado. En primer lugar, Nacho introduce la vida de los santos para contextualizarnos, y tras ello expone el abanico que forma la familia vicenciana. Tenemos un descanso y entro yo. Intento explicar cómo vivimos, que objetivo tenemos, cómo son nuestros votos, y alguna que otra cosa más, comparándolas cuando es necesario con los diocesanos o con los religiosos (porque nosotros no somos ni una cosa ni otra).
Tras la comida un descanso y tras el descanso una pequeña dinámica preparada por los más jóvenes de entre los jóvenes, donde compartimos aquello que más nos preocupa (nuestras cruces) y aquello que más nos gusta (nuestras alegrías).
Luego un Videoforum sobre Como Dios, llevado a cabo por el grupo que llevo. Nos reímos, dialogamos, contrastamos, ha dado mucho de que hablar.
Tenemos una oración, cenamos y luego la velada medieval, tenemos que hacernos disfraces de época, armas y escudos y hacer dos equipos, uno tiene que encontrar a la princesa durmiente y despertarla y otro evitar que lo hagan. Tras recorrer los espacios, encontrar pistas y resolver acertijos nos enfrentamos a una batalla campal entre los dos equipos y finalmente entramos donde la princesa, que es una piñata, al romperla nos encontramos una sorpresa, además de caramelos hay harina y confeti, que son bastante molestos de por sí solos, si a eso añades que alguien abre la ducha (la princesa estaba en el baño) y moja a todos... imagina...
Esa noche algunos durmieron rebozados, otros recién duchaitos, y otros ni durmieron (o lo intentaron).

El tercer día, Domingo, día del Señor. Desayunamos churritos (sí yo tb!), nos cuentan cómo será lo de la cruz (la de las JMJs nos visita 3 y 4 de marzo), repartimos todo lo referente a la Eucaristía, y nos vamos a recoger la casa.
Celebramos largo y tendido, disfrutando de cada momento de perdón, de gracias y de paz. Comemos, terminamos de recoger todo, grabamos una canción y nos marchamos de aquella casa.

Inmediatamente de irnos de la casa fuimos a la parroquia a dejar las cosas (y a mí jeje), pero decidimos no despedirnos, montamos allí la Wii, cogimos comida que había sobrado y nos montamos la tarde.

Ahora toca volver a la rutina, pero al menos podemos seguir riendo cada vez que vemos las fotos de nuevo.


Esto ha sido todo por hoy, ojalá tuviera más tiempo más días para poder compartir cuanto pasa por mi cabeza y por mi corazón.