sábado, 2 de octubre de 2010

Un plus de fe

Domingo XXVII T. Ordinario. Ciclo C
Ha 1, 2-3; 2, 2-4; Sal 94, 1-2. 6-9; 2Tm 1, 6-8.13-14; Lc 17, 5-10

Sabemos que los apóstoles eran un poco duros de mollera, por decirlo benévolamente. Conocemos sus meteduras de pata y sus incongruencias. Pero hoy han dado en el clavo: ellos comprenden que para responder como se debe a lo que Jesús está predicando, para corresponder a todo lo que el Maestro les ha enseñado en su vida pública necesitan un plus de fe. Y se lo piden directamente.

La respuesta del Señor nos puede parecer dura, pero en el fondo está diciéndoles que con un poco de fe se pueden hacer cosas muy grandes. La fe, según los que saben de estas cosas, es la respuesta que da el hombre a la revelación que Dios hace de sí mismo. ¿Cómo pedir que se aumente, si se supone que parte de nosotros? Pues porque como diría san Pablo, todo es don, todo viene del buen Dios, que es capaz de transformarnos si le dejamos. Pero debemos prestar atención, y no pecar de soberbia si vemos que vamos respondiendo como se debe. Porque somos siervos inútiles, porque si en nuestra vida hay cosas buenas, pequeños adelantos, o incluso mejoras a nivel de fe no es más que lo que tenemos que hacer. Decía san Ignacio en los Ejercicios Espirituales una verdad que se nos olvida: “el hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto, salvar su alma”. Si hacemos lo que tenemos que hacer, si cumplimos con nuestras obligaciones y respondemos a lo que se nos pide, eso no debe ser motivo de vanagloria, no podemos esperar nada, ¡para eso hemos sido creados! Otra cosa sería que sin buscarlo nos alabaran, o nos premiaran los hombres, pero lo que le interesa al Señor es la actitud interior que nos mueve, no lo que puedan pensar los otros, los que nos rodean. Por tanto, en tu vida, que es el primer regalo de Dios, trata de vivir como Dios quiere, respondiendo a tanto don que Él nos da, pero hazlo sabiendo que esa respuesta que le das es ya una gracia, y que como tal no la mereces.

Agradécela, vive de la fe, para no ser más que eso, un siervo inútil que ha hecho lo que tenía que hacer.

Emilio López Navas, sacerdote

domingo, 26 de septiembre de 2010

San Vicente de Paúl, un modelo de santidad hoy, ayer y siempre

Nadie puede negar el aporte a la construcción del reino de Cristo que ha hecho a la humanidad este hombre que sin lugar a dudas es un hombre de Dios.
SAN VICENTE DE PAÚL. UN MODELO DE SANTIDAD PARA EL AYER, HOY Y SIEMPRE

Hoy celebramos los católicos del mundo la festividad de uno de los signos más grandes de que el Espíritu Santo vive en la iglesia: SAN VICENTE DE PAUL. Nadie puede negar el aporte a la construcción del reino de Cristo que ha hecho a la humanidad este hombre que sin lugar a dudas es un hombre de Dios.

Para entender el misterio de Dios en su encarnación entre nosotros por medio de Maria, el Espíritu Santo promovió el corazón de Vicente y le revelo el valor trascendental del evangelio. Del evangelio hombre; es decir de Dios hecho palabra y vida en el hombre y particularmente en el pobre. El nos muestra que quiso rebajarse a la condición humana y compartir con nuestra historia y realidad haciéndose uno de nosotros y asemejándosenos en todo menos en el pecado como lo afirma San Pablo. Vicente conoció desde el contacto con Jesús en su palabra que el evangelio predicado por el Nazareno no es más que un estilo de vida entre los hombres hecho servicio y caridad. Si, hecho caridad. No es más que la misma caridad que Dios tuvo con los hombres en abajarse de Dios y Señor para ser servidor del hombre y vivir con el hombre la pobreza del pesebre y la miseración de la Cruz. San Vicente siente que no basta la predicación de la caridad desde su pulpito sino que es necesario sentir y compartir las miserias y angustias del pobre pueblo. La predicación del evangelio con la palabra para todos los bautizados no es más que el génesis del llamado a ser verdaderos cristianos. El culmen de la predicación es la acción concreta a favor de los pobres. De los pobres en toda la expresión de pobreza; no solo en la carencia material sino en la miseria del entender, del amar, del desprenderse, del perdonar, del orar, del olvidar. En una palabra en la pobreza de ser imagen y semejanza de Dios.

Hoy agradecemos a Dios este infinito regalo que nos dio. Este profeta que nos envió y que ha sido que se ha trasmitido a otros en un grito que siempre resonara en la humanidad y digo en la humanidad por que para gloria de Dios la espiritualidad de San Vicente de Paúl no es patrimonio de los Católicos ni de los Cristianos. Es patrimonio de todos los hombres. Así contemplamos nosotros a Vicente de Paúl vivido en las Conferencias de la Sociedad de San Vicente de Paúl formadas por hermanos nuestros musulmanes y judíos. Es decir Vicente de Paúl lleva el evangelio de Cristo al universo. Por ello es fácil afirmar que el modelo de Santidad universal lo encarna San Vicente de Paúl. Esa voz de CARIDAD Y MISERICORDIA la escucharon grandes hombres de fe: Santa Luisa de Marillac, el Beato Federico Ozanam el mas grande laico del cristianismo, San Contardo Ferrini, Santa Gianna Baretta, los beatos Sor Rosalía Randu y Pier Georgia Frassati y también nuestro inolvidable Juan Pablo II “yo también cuando joven fui miembro de una conferencia de San Vicente de Paúl en Polonia nos lo dijo el 22 de Agosto de 1997 en Paris en la homilía de Beatificación de Federico Ozanam. Es por esto fácil concluir que tenemos en la humildad de Jesús la dicha de estar animados por el espíritu de Cristo expresado en la vida-obra de Vicente de Paúl. Nunca la iglesia dejara de sentirse y de vivirse como ofrenda permanente, mientras en el mundo ardan las enseñanzas y los ejemplos de San Vicente. Nunca la iglesia puede pensar en colocarse a un lado de los pobres porque el grito de Cristo pobre resonara con ímpetu en el mundo entero proclamado por miles de hombres consagrados y laicos que en las diversas ramas de su familia nos alimentamos de su enseñanza y de su vida colmada de misericordia.

Que hoy en todo el mundo, quienes hemos recibido el llamado al servicio vicentino, bien como consagrados, bien como laicos o simplemente generosos colaboradores, recibamos el abrazo estrecho de hermanos en comunión de una misma fe y en la contemplación de un gran misterio de amor: JESUS EUCARISTIA PRESENTE TAMBIEN EN EL POBRE COMO NUEVO SACRAMENTO DE FE. Feliz día de San Vicente de Paúl querida familia vicentina de Colombia, del Mundo. Feliz día de San Vicente pobres, Cristos sufrientes por la guerra, la miseria, la pobreza, las injusticias sociales, los poderes económicos, las potencias mundiales; todos los oprimidos por el egoísmo y la miseria espiritual. Para todos los hombres de buena voluntad FELIZ DIA DE SAN VICENTE DE PAUL desde el Valle del Cauca en Colombia.

RAMIRO ARANGO ESCOBAR
Presidente Consejo Departamental
SOCIEDAD DE SAN VICENTE DE PAUL
Valle del Cauca – Colombia

sábado, 25 de septiembre de 2010

El pobre Lázaro y el rico sin nombre

Domingo XXVI T. Ordinario. Ciclo C
Am 6, 1a.4-7; Sal 145, 7-10; 1 Tm 6, 11-16; Lc 16, 19-31

La parábola del pobre Lázaro y del rico (del cuál no sabemos el nombre) tiene varias maneras de ser leída. En primer lugar, podemos y debemos leerla como una llamada de atención a tantas diferencias que existen entre pobres y ricos. En nuestro primer mundo seguimos banqueteando, dándonos la vida padre, y a nuestra puerta siguen llegando muchos lázaros que no tienen qué llevarse a la boca. Solemos ser indolentes, y así nos va. Otra manera de leer este fragmento propio de Lucas es desde la perspectiva escatológica, es decir, desde el punto de vista de las realidades del cielo y del infierno: la distancia es tal que no se puede atravesar por mucho que se quiera. Pero más importante es intuir que al cielo o al infierno se llega precisamente por cómo se ha vivido aquí en la tierra. El rico está en el abismo porque no ha sido capaz de compadecerse del pobre.

PEQUEÑAS COSAS

Y una última manera de leer esta parábola, o si queremos, una enseñanza más que podemos extraer de ella, es que leyendo la Palabra de Dios (Moisés y los profetas) entenderemos cómo salvarnos. Entonces, y recapitulándolo todo, podemos bosquejar un itinerario de salvación en este breve fragmento: es en nuestra vida cotidiana en la que nos jugamos nuestro futuro, es aquí y ahora, en las pequeñas cosas, en lo del día a día… y nos lo jugamos sobre todo en el amor, en la atención al que menos tiene y que muchas veces está a nuestra puerta sin que nosotros seamos conscientes de ello.

Pero tenemos algo que nos puede abrir los ojos, que nos puede destapar los oídos: la palabra de Dios, esa “carta” que el Padre nos escribe para que sepamos caminar por la vida cumpliendo su voluntad.

Si la leemos y meditamos asiduamente, no viviremos en la indolencia, sino que sentiremos en nosotros el dolor del hermano, de ese lázaro que viene a nuestro encuentro, y haremos realidad lo que su nombre indica: Dios ayuda, porque seremos hijos de Dios que ayudan al que lo necesita.

Emilio López Navas, sacerdote

sábado, 18 de septiembre de 2010

Fidelidad en lo poco

Domingo XXV T. Ordinario. Ciclo C
Am 8, 4-7; Sal 112, 1-8; 1Tm 2, 1-8; Lc 16, 1-13

Tenemos en este evangelio una de esas expresiones que usamos a veces sin saber de dónde vienen: “el que es fiel en lo poco, es fiel en lo mucho”. Y además, tenemos una llamada a ser astutos, que puede incluso, si no se comprende bien, sonar mal en boca de Jesús. El ejemplo de ese administrador injusto no debe llevarnos a hacer trampas. Los cristianos, con perdón, muchas veces pecamos de “bonachones”, y no somos avispados. Creo que la llamada a la astucia que nos lanza hoy el Señor debemos llevarla a cabo, debemos servirnos de nuestra inteligencia, no para hacer el mal, pero sí para hacernos comprender, para hacernos ver, para dar testimonio y para mostrar que el dinero no lo es todo.

En la vida hay cosas más importantes, las conocemos, las sabemos e incluso las practicamos. Entonces, ¿por qué no mostramos con nuestra forma de ser que somos de Jesús? Porque está claro el poco valor que el Maestro da al dinero (lo llama varias veces “injusto”). Lo que nos quiere transmitir el Señor con esta parábola es que hay valores que están por encima, y que debemos ser capaces de saber usarlos para encontrar lo que tiene valor verdaderamente.

Pero por si no quedaba claro, se añade ese final que nos impacta, que nos debería hacer reaccionar: no podemos servir a dos señores. Cuidado, que no es una comparación simple. ¿Acaso no te has visto alguna vez con la sensación de estar adorando al dinero, ya por mucho, ya por poco? El mensaje de las lecturas quiere ser liberador, quiere que por un lado seamos justos con lo que tenemos, en lo que trabajamos, y al mismo tiempo quiere que nos sintamos libres, porque al final se hace verdad esa frase manida: el dinero no da la felicidad.

Esas cosas, pequeñas o grandes, que nos llenan realmente son las que debemos establecer como primeras en nuestra escala de valores, y que en ella reine siempre el amor.

El dinero no puede comprar el amor, pero nos puede ayudar a crear estructuras que amen. Esa puede ser la astucia, esa puede ser la respuesta a este mundo que se pudre tan lleno de dinero y tan falto de verdad.

Emilio López Navas, sacerdote

sábado, 11 de septiembre de 2010

Parábolas de la misericordia

Domingo XXIV T. Ordinario. Ciclo C
Ex 32, 7-11.13-14; Sal 50, 3-4.12-13-17.19; 1Tm 1, 12-17; Lc 15, 1-32

Las parábolas de la misericordia, así se conoce a este capítulo quince de Lucas. Ya el comienzo nos prepara para lo que viene: el auditorio es múltiple y diverso. Recaudadores y pecadores por un lado, fariseos y letrados por otro. Después, dos parábolas breves y muy parecidas: la oveja y la moneda perdidas. Y al fin, la que todos esperamos: el hijo pródigo. Hagamos un ejercicio, busquemos diferencias y similitudes. ¿dónde se pierde la oveja? ¿y la moneda?

Una, en el campo, fuera; la otra, en la casa, dentro. Así son también los hermanos: el pequeño se ha perdido fuera, se ha gastado toda la herencia, ya no se siente hijo, y quiere ser un siervo… pero es que el mayor no anda mucho mejor, y eso que vivía en casa.

Ha eliminado de su vida la fraternidad, "ese hijo tuyo", y también su filiación, "tantos años que te sirvo". Al final, es el Padre el que encuentra, el que sale a buscar y los recupera a los dos, no sin esfuerzo. Un último detalle: si recordamos el auditorio, tenemos a dos grupos diversos: los pecadores “públicos”, que son los que se han perdido fuera; y los que están dentro, los que están siempre en la casa del padre, pero que igualmente se han despistado, y no sienten a los demás como hermanos, y no han descubierto la ternura de un Dios Padre. Podríamos sacar muchas conclusiones de este breve análisis.

Nos quedamos con tres; primero: no importa dónde estemos, si fuera o dentro, nos podemos perder si no mantenemos el contacto con el Padre. Segundo: cuidado con la envidia, con los celos; nos solemos identificar más con el hermano pequeño, pero os aseguro que ya hemos crecido todos un poco; intentemos vivir de la alegría que da reconciliarse con Dios y de la alegría de recibir de nuevo a hermanos que vuelven deshechos.

Y tercero, aprendamos que es el amor del Padre lo que recupera, lo que hace que las relaciones de fraternidad tomen su justo puesto, lo que hace que seamos de verdad hermanos, y por lo tanto, hijos de un mismo Dios Padre y Madre.

Emilio López Navas, sacerdote

sábado, 4 de septiembre de 2010

La libertad de los hijos de Dios

Domingo XXIII T. Ordinario. Ciclo C
Sab 9, 13-18; Sal 90; Flm 9-10.12-17; Lc 14, 25-33

Todos los hombres y pueblos hacen esfuerzos titánicos por conseguir pasar de la esclavitud a la libertad. Todo el mundo defiende hoy, como derecho supremo y bien absoluto del hombre, la libertad, raíz de su personalidad y de la dignidad de la persona humana.

La Buena Nueva predicada por Cristo puede muy bien resumirse en aquellas palabras de san Pablo: “Hermanos, habéis sido llamados a la libertad" (Gal 5,13), que no son más que el eco de las primeras palabras de Jesús en la sinagoga de Nazaret “Me envió a predicar a los cautivos la liberación, a poner en libertad a los oprimidos” (Lc 4,18).

Para el cristiano, la libertad no es sólo una meta y un ideal que hay que conseguir. Para el cristiano la libertad es algo vivo, concreto, personal; es una persona y esta persona es Cristo, quien enviándonos su Espíritu nos hizo en plenitud hijos adoptivos y nos dio la posibilidad de llamar "Padre" a Dios. La verdadera raíz de nuestra libertad es la muerte victoriosa de Jesús: “Para que fuéramos libres nos liberó Cristo” (Gal 5,1). “La Verdad os hará libres” (Jn 8,32). La emancipación que nos trae Cristo está sobre todas las categorías sociológicas humanas, es una libertad mucho más radical. Es libertad del pecado, de la muerte y de la ley. Cristo nos arranca de la tiranía del pecado (Col 1, 13). Nos hace pasar de la muerte a la vida (Jn 5,24). La raíz de nuestra salvación no será ya el cumplimiento de una ley exterior sino la “ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús” (Rom 8,2); es decir: la ley de la libertad, porque “donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2Cor 3,17).

En la celebración de la Eucaristía es donde podemos ver claramente el sentido de nuestra libertad: Ella es el signo sensible de que hemos conseguido la libertad de hijos, pues somos admitidos a participar en el banquete de la familia. Y la Eucaristía es la que nos dará fuerza para someternos gozosamente a la ley de Cristo, sin ninguna clase de alienaciones, sino con plena conciencia de estar asimilándonos a Cristo, que fue libre, y, sin embargo, se sometió en todo a la voluntad del Padre. La Eucaristía nos hace cada día más hijos y más hermanos, y por tanto más libres ante Dios.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 28 de agosto de 2010

Pásale a Él la cuenta

Domingo XXII T. Ordinario. Ciclo C
Si 3, 17-18.20.28-29; Ps 68; Eb 12, 18-19.22-24a; Lc 14, 1.7-14

El tema de la humildad es un tema eminentemente humano y evangélico. Jesús, partiendo de un hecho real, exhorta a que nadie se ensalce por su cuenta: "el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado” (Lc 14,11) y en los últimos versículos del texto evangélico de este domingo nos da otro consejo valioso: cuando organices una comida, no invites a quienes te pueden invitar a ti, sino a los que no pueden hacerlo; entonces el mismo Dios será quien te pague más tarde: pásale a Él la cuenta.

VIVIR LA HUMILDAD

Todo cristiano está llamado a participar activamente en el misterio de Cristo, es decir: en su muerte y en su resurrección, en su humillación y exaltación. Por eso ha de vivir la humildad, a ejemplo de su Maestro. Nadie que no sea verdaderamente humilde, pobre y vacío de sí mismo, puede ser bienaventurado en el Reino de Dios (Mt 5,4). Todos deben imitar a Cristo en esa humildad y en las consecuencias que de ella se derivan.

Una de esas consecuencias es el servicio incondicional al prójimo. Si alguna persona ha habido en el mundo que no fuera por naturaleza siervo, sino Señor, esa persona es Cristo. Lo proclamamos en la Liturgía: “Sólo Tú, Señor, Jesucristo”. Sin embargo, Cristo, Señor, Rey y Dios, se puso al servicio de todos. Servidor perfecto del Padre. Desde el “heme aquí” hasta el “Padre, en tus manos”, toda la vida de Jesús fue un acto continuo de servicio y entrega a la voluntad del Padre.

El humilde “siervo de Dios” se hizo también servidor incondicional del hombre: Servidor en la Encarnación: despojándose de su condición divina y tomando la forma de esclavo. Servidor en Nazaret: “sujeto a María y José”. Servidor de todos: lavando los pies a sus discípulos. Siguiendo el ejemplo de Cristo, el cristiano ha de estar siempre disponible para el servicio de Dios en los hermanos.

En la Encarnación Cristo se hizo hombre, en la Eucaristía “se hace pan y vino”: no cabe mayor humillación. Cristo está en la Eucaristía para seguir sirviendo al hombre, siendo su alimento y compañero. Cristo en la Eucaristía es la prenda más segura del supremo servicio al hombre: de su salud eterna, de su seguridad de llegar a la casa del Padre.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 21 de agosto de 2010

Se sentarán a la mesa en el Reino de Dios

Domingo XXI T. Ordinario. Ciclo C
Is 66, 18-21; Sal 116, 1-2; Hb 12, 5-7.11-13; Lc 13, 22-30

El tema del Reino es el tema primordial de la predicación de Jesús. Y en toda la Biblia ocupa un lugar de privilegio. ¿Cuál es la verdadera naturaleza de ese Reino de Dios?

No es un reino temporal. Los judíos interpretaban la predicación profética sobre el Reino de Dios de una manera casi exclusivamente terrena y temporal. Por eso se escandalizan y desconciertan completamente cuando viene Jesús anunciando “un reino que no es de este mundo”. No es un reino exterior y visible. Las palabras de Jesús son terminantes en este punto: “El Reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,21). No es reino de privilegiados, sino de servidores. No es un reino impuesto por las armas, sino un reino pacífico, humano, libre: un reino de hijos. Por oposición a aquel reino temporal exterior, fulgurante y espectacular, que esperaban los judíos, el verdadero Reino de Dios es, ante todo: Espiritual, interior, hasta el punto de hacer innecesaria la restauración del reino de David.

Gratuito, puro y simple “don de Dios”. Nadie puede merecerlo ni alegar títulos. Libremente contrata Dios a los obreros de su viña, y les da a todos el mismo sueldo (Mt 20, 1-16). Reino no terminado, sino siempre haciéndose. Por eso Jesús no cesa de compararlo a la semilla, al grano de mostaza, a la levadura. Si es cierto que con la venida de Cristo, el Reino de Dios ha llegado, está ya en la tierra, también lo es que cada uno de los hombres ha de ir realizándolo poco a poco, en sí mismo, para extenderlo después a los demás hombres, en fases sucesivas y sin atropellar los planes de Dios. Reino con implicaciones temporales.

Aunque el Reino predicado por Jesús es ante todo espiritual, atemporal y de arriba (Jn 18,36), esto no quiere decir que no tenga derivaciones hacia lo temporal, humano y de acá abajo. Jesús viene a salvar al “hombre entero”. Reino peregrino, en marcha difícil hasta su plenitud. Sólo al final de los tiempos ese Reino de Cristo se manifestará en todo su esplendor. Entonces se consumará la Pascua.

Todos los hombres del mundo son llamados por Dios a entrar en su Reino, y a todos se les concede de hecho la posibilidad de entrar en él. La condición para entrar: Cumplir la voluntad del Padre, especialmente el gran mandamiento del amor (Mt 25,34). La vigilancia, perseverancia y esfuerzo. (Mt 6,21)

Este Reino de Dios está ya presente en medio de nosotros desde la venida de Cristo; pero mientras llega en plenitud hay que ir construyéndolo día a día en nosotros y en los demás. Nada será tan eficaz para ello como celebrar la Eucaristía, donde comemos y bebemos “el Pan y el Vino del Reino”, que nos da energía para cumplir sus exigencias. La Eucaristía es la garantía, “las arras” dadas por Cristo de que un día nos sentaremos con Él en su Reino.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 14 de agosto de 2010

Me felicitarán todas las naciones

Domingo T. Ordinario. Ciclo C - La Asunción de la Virgen María
Ap 11, 19.12,1-6.10; Sal 45, 10-12.16; 1Co 15, 20-27; Lc 1, 39-56

Todo grupo humano tiene sus personajes representativos. Nosotros, la comunidad de Jesucristo, también tenemos los nuestros, son los santos. Y entre los santos: La Santísima Virgen María intercede por nosotros y es modelo de identificación cristiana.

Contemplemos en esta solemnidad de la Asunción la humanidad de María, su fe confiada, su eclesialidad solidaria y su espiritualidad transformadora. Su madurez humana gira alrededor de su maternidad. Es una maternidad sin antojos, en la que Ella, la bendita entre las mujeres, la feliz por su fe, no se olvida de servir. María no separa, porque es absolutamente inseparable, la espiritualidad del compromiso de vida nueva que la acción del Espíritu Santo provoca.

Esta actitud de servicio es una constante en toda su existencia. Un servicio responsable que le hace buscar y cuidar a su hijo, Hijo de Dios pero hijo suyo. Todo de Dios y muy humano, en la fragilidad y en el desamparo de un niño. Santa María de la normalidad de cada día y de todos los días. Educando, velando, acompañando solícita los pasos de Jesús. Madura y fiel en toda situación. Sin rajarse nunca. También al pie de la Cruz.

La humanidad la hizo madre, la fe la hizo madre de Dios. Su naturaleza humana posibilita la maternidad, pero es la fe la que la hizo madre del Salvador. La confianza de María en el Dios de las maravillas y en las maravillas de Dios, la expresa en su estilo de oración. Una oración que ayuda a descubrir las huellas del Creador en todos y cada uno de los acontecimientos de la vida. Por eso María “consevaba esas cosas en su corazón”.

La fe que se hace fidelidad. Es fiel en la propuesta desconcertante de Dios en la Anunciación. Es fiel en la cotidianidad y permanece fiel en el momento clave de la Cruz, sin ver todavía la luz de la Resurrección. María cree. Participa activamente en el nacimiento de la Iglesia y nos anticipa con esta solemnidad que celebramos la Plenitud de la Iglesia. María la primera redimida por Cristo vencerá como anticipo que nos llena y nos inunda de esperanza “a lo bestia”. La humanidad redimida por la sangre del Redentor alcanza por sus méritos, esa fuerza que vence al mal y a su Príncipe en este mundo.

María asumpta al cielo. Anticipo de la victoria total: la persona humana integralmente será salvada y lo que para nosotros es anuncio y esperanza en Ella es realidad total. Con Ella y como Ella todos los hijos de Eva superaremos la condición de “desterrados en este valle de lágrimas” para alcanzar como hijos de Dios e hijos de María la condición de peregrinos a la casa de Dios y a recibir el título de ciudadanos del cielo.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 7 de agosto de 2010

Los necesitamos más que nunca

Domingo XIX T. Ordinario. Ciclo C
Sb 18, 6-9; Sal 32, 1.12.18-19.20.22; Hb 11, 1-2.9-19; Lc 12, 32-48

Las primeras generaciones cristianas se vieron muy pronto obligadas a plantearse una cuestión decisiva. La venida de Cristo resucitado se retrasaba más de lo que habían pensado en un comienzo. La espera se les hacía larga. ¿Cómo mantener viva la esperanza? ¿Cómo no caer en la frustración, el cansancio o el desaliento?

En los evangelios encontramos diversas exhortaciones, parábolas y llamadas que sólo tienen un objetivo: mantener viva la responsabilidad de las comunidades cristianas. Una de las llamadas más conocidas dice así: «Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas». ¿Qué sentido pueden tener estas palabras para nosotros, después de veinte siglos de cristianismo?

Las dos imágenes son muy expresivas. Indican la actitud que han de tener los criados que están esperando de noche a que regrese su señor, para abrirle el portón de la casa en cuanto llame. Han de estar con «la cintura ceñida», es decir, con la túnica arremangada para poder moverse y actuar con agilidad. Han de estar con «las lámparas encendidas» para tener la casa iluminada y mantenerse despiertos.

Estas palabras de Jesús son también hoy una llamada a vivir con lucidez y responsabilidad, sin caer en la pasividad o el letargo. En la historia de la Iglesia hay momentos en que se hace de noche. Sin embargo, no es la hora de apagar las luces y echarnos a dormir. Es la hora de reaccionar, despertar nuestra fe y seguir caminando hacia el futuro, incluso en una Iglesia vieja y cansada.

Uno de los obstáculos más importantes para impulsar la transformación que necesita hoy la Iglesia es la pasividad generalizada de los cristianos. Desgraciadamente, durante muchos siglos los hemos educado, sobre todo, para la sumisión y la pasividad. Todavía hoy, a veces parece que no los necesitamos para pensar, proyectar y promover caminos nuevos de fidelidad hacia Jesucristo.

Por eso, hemos de valorar, cuidar y agradecer tanto el despertar de una nueva conciencia en muchos laicos y laicas que viven hoy su adhesión a Cristo y su pertenencia a la Iglesia de un modo lúcido y responsable. Es, sin duda, uno de los frutos más valiosos del Vaticano II, primer concilio que se ha ocupado directa y explícitamente de ellos.

Estos creyentes pueden ser hoy el fermento de unas parroquias y comunidades renovadas en torno al seguimiento fiel a Jesús. Son el mayor potencial del cristianismo. Los necesitamos más que nunca para construir una Iglesia abierta a los probemas del mundo actual, y cercana a los hombres y mujeres de hoy.

José Antonio Pagola

sábado, 31 de julio de 2010

Pobre por amor

Domingo XVIII T. Ordinario. Ciclo C
Qo 1, 2;2,21-23; Sal 89, 3-6.12-14.17; Col 3, 1-5.9-11; Lc 12, 13-21

Nadie puede negar que las riquezas tienen sus funciones, ventajas y peligros, no sólo para el bien individual, sino también para la salvación social y humana actual. Ciertamente que “la riqueza es un bien” y Dios no quiere que el mundo sea pobre, sino rico.

Vemos que el dinero no siempre es don de Dios. Es evidente en el caso de riquezas mal adquiridas, amasadas con injusticias, rapiñas, sobornos, trampas y explotaciones ajenas. Y es siempre “mal adquirida” la riqueza que acaba por excluir a la gran masa humana de esas mismas riquezas, a favor de unos cuantos privilegiados.

La riqueza tiene dos dimensiones fundamentales: servir al propio dueño y servir al bien común de la sociedad, de los hombres y pueblos menos favorecidos (PP 48-49). Ahora bien: La concentración en manos de unos pocos no cumple este servicio al bien común de todos que es el fin primario y esencial de todos los bienes creados (GS 69).

La riqueza, por desgracia, frecuentemente no acerca al hombre a Dios, sino que lo aparta de Él: lo hace orgulloso, altanero, autosuficiente. El gran riesgo y pecado mayor de la riqueza es no servir a los demás.El hombre es siempre lo primero. “Creyentes y no creyentes están de acuerdo en este punto: todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos ellos” (GS 12).

Por faltar este deber, el Evangelio habla abiertamente del “dinero inicuo” (Lc 16,9) y Santiago se convierte en unos de los más exigentes profetas sociales. “El jornal de los obreros…, desfraudados por vosotros, clama, y los gritos de los segadores han llegado a los oidos del Señor” (Sant 5,1-5).

San Pablo escribe a los corintios: “Conocéis la gracia de Nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por amor nuestro, para que vosotros fueseis ricos con su pobreza” (2Cor 8,9). En la Eucaristía aparece Jesús en su máxima pobreza y en su “insondable riqueza”: pobreza de unos signos humildes y sencillos como el pan y el vino, para comunicarnos toda su riqueza infinita.

La Eucaristía ha de ser para nosotros una vivencia eficaz de nuestra fraternidad: que los que comemos el mismo pan lo sigamos comiendo en la vida, siendo de verdad hermanos, también en el uso y reparto de las riquezas que ese Dios que aquí recibimos ha creado para todos los hombres, hijos suyos.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 24 de julio de 2010

Mi cáliz lo beberéis

Domingo Solemnidad Santiago Apóstol T. Ordinario. Ciclo C
Hch 4, 33; 5, 12.27-33; 12.2; Sal 66, 2-8; 2 Cor 4, 7-15; Mt 20, 20-28

Dos partes tiene el trozo evangélico de este domingo, Solemnidad del Apóstol Santiago: La primera es la petición de Salomé, la madre de los hijos del Zebedeo, Santiago y Juan que motiva una respuesta de Jesús. La segunda es la indignación que la súplica materna produce en los demás apóstoles, lo que provoca una nueva intervención de Jesús sobre la autoridad como servicio, siguiendo su ejemplo que vino a servir y no a ser servido.

“Beber el cáliz” es una metáfora biblica con que se alude a la Pasión del Señor. “Mi cáliz, sí lo beberéis”. Santiago fue martirizado por Herodes Agripa hacia el año 44 en Jerusalén.

Santiago el Mayor es, junto con su hermano Juan y con Pedro, uno de los tres “íntimos” de Jesús, testigo de su transfiguración y de su agonía en Getsemaní. Su carácter fogoso, como el de su hermano, les mereció de Jesús el sobrenombre de “hijos del trueno”. Por eso no vacila en contestar a Jesús que está dispuesto a sufrir con Él: “beber el cáliz”. Después de una vida infatigablemente apostólica fue martirizado.

El peso de una tradición multisecular une a Santiago con la fe de los españoles, con la aparición de María en Zaragoza y con el sepulcro del Apóstol en Compostela. La cristiandad medieval europea recorrió con fervor el Camino de Santiago; y los “Años Santos” celebrados periódicamente despiertan esta tradición.

La figura de Santiago Apóstol tiene mucho de ejemplaridad para nuestra fe. Santiago fue mártir de Cristo; reprodujo en sí la pasión de Cristo, “bebió su cáliz”, y entendió su autoridad apostólica como servicio. La figura del Apóstol, itinerante como la Iglesia misma, puede orientar nuestro momento histórico.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 17 de julio de 2010

La mejor parte

Domingo XVI T. Ordinario. Ciclo C
Gn 18, 1-10a; Sal 14, 2-5; Col 1, 24-28; Lc 10, 38-42

El diálogo de Jesús con Marta y María es aprovechado una vez más por el evangelista san Lucas para resaltar el valor de la escucha de la Palabra de Dios.

Sin entrar en la teoría del valor de la contemplación sobre la acción, que se ha querido ver en las dos actitudes opuestas de Marta y María, lo cierto de la anécdota es que el Reino de Dios no puede dejarse distraer por una preocupación demasiado exclusiva por las realidades terrenas. Por otra parte escuchar la palabra de Dios es todo menos ociosidad.

Cristo quiere llevar a la preocupación de Marta la idea fundamental de su vida y ministerio: El reino de Dios. Sólo hay una cosa importante ante la cual todo lo demás debe ceder en importancia. Saber elegirlo es acertar.

El gran escritor Miguel Delibes en su novela “Parábola del náufrago”, nos hace caer en la cuenta, contra lo que se pudiera creer, que el náufrago no es tanto el hombre del mar cuanto el hombre de tierra.

¿Náufrago de qué, de quién? De sí mismo y de las cosas que lo rodean y le envuelven. Nunca como hoy el hombre está fuera de sí mismo, del ambiente y de las cosas que ha creado. Presiones y represiones, agresividades, medios de comunicación, sociedad de consumo, compras a plazos, etc., hacen del hombre un náufrago. Es urgente arbitrar un salvamento de hombres y de ideas que libren al hombre del naufragio. Creo que es hoy la tarea más necesaria y urgente, librar al hombre dándole al mismo tiempo equilibrio, la medida y la tensión justa para vivir.

El Evangelio nos proporciona la fórmula de este equilibrio, medida y tensión. Marta y María conjugan admirablemente la fórmula. Nos dan un sentido de la paz, de la amistad y de la hospitalidad familiar. De la vuelta a los valores sencillos y elementales. Pero, sobre todo, ponen en tensión su vida por algo que trasciende: La Palabra de Dios, el Reino de Dios. Y en esta ocasión Cristo deliberadamente acentúa esta tensión por lo necesario y principal: “una sola cosa es necesaria”. ¿Para qué perderse y naufragar en tantas cosas? ¿No es hoy más indispensable que nunca volver a esta cosa única y necesaria de que nos habla Cristo? Precisamente la Eucaristía es un signo del reino de los cielos. Al mismo tiempo anticipa la realidad futura de un cielo y una tierra nueva al final de los tiempos.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 10 de julio de 2010

Salirse del camino

Domingo XV T. Ordinario. Ciclo C
Dt 30, 10-14; Sal 68, 14-17.30-37; Col 1, 15-20; Lc 10, 25-37

La parábola del samaritano no es tan sólo una bella creación literaria con una lección de moral filantrópica. Es más, mucho más; es el ejemplo vivo de una persona.

Este samaritano es Cristo, expresión del amor de Dios a toda la humanidad. Convertirse es romper con el camino que hemos tomado, y por eso tiene las características de arrepentimiento, de petición de perdón `por el itinerario llevado hasta hoy. La conversión significa también tomar una nueva senda. Creer en el Evangelio, en la Buena Nueva, forma parte de esta toma de un nuevo camino.

Para ilustrar esta ruptura y nueva toma de camino nos encontramos con la parábola del samaritano. La pregunta que hace a Jesús un doctor de la Ley es: “¿Quién es mi prójimo? Jesús le contesta con la parábola. El texto dice que el samaritano “se compadeció” del herido. Cuando todos esperamos que Jesús diga o sugiera que el prójimo es el herido. Jesús pregunta: “¿Quién es el prójimo de este herido?” Es decir, que el prójimo es uno de nosotros, no el herido. Y el doctor de la ley le dice “El samaritano”. Es decir, aquél que al aproximarse al herido lo convirtió en su prójimo. Prójimo no es aquél que yo encuentro en mi camino, sino aquel en cuyo camino yo me coloco. La “proximidad”, requiere una salida del camino.

El interrogante “¿Quién es mi projimo?” nos parece evidente, pero Jesús considera que esa no es la pregunta correcta. Lo que la parábola nos enseña no es solamente que hay que socorrer al otro, sino que hay que entrar en otro mundo. Salir de mi mundo y entrar en el mundo del otro, del herido.

En la Eucaristía, de un modo maravilloso este divino samaritano desciende hasta nosotros. Se hace hermano nuestro para que nosotros nos podamos hacer prójimos de tantos heridos en los bordes de los caminos de la vida.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 3 de julio de 2010

Vuestros nombres están inscritos en el cielo

Domingo XIV T. Ordinario. Ciclo C
Is 66, 10-14c; Sal 65, 1-5.16.29; Ga 6, 14-18; Lc 10, 1-12.17-20

Sorprendernos caminando tras las huellas de Jesús. En la “tempestad” del mundo contemporáneo, la clave es: volver a Jesús. Después de haber iniciado a los discípulos en la profundidad y en las exigencias, Jesús los envía en misión. No espera a tenerlos formados del todo, los envia y a la vuelta los educa a partir de lo que han vivido y experimentado, de sus logros y de sus aparentes fracasos.

Revisa con ellos y los inicia en la acción y la contemplación. Los setenta y dos misioneros son enviados a anunciar la presencia del Reino de Dios. El poder de curar enfermos, el saludo de la paz, las normas sobre la pobreza y el hospedaje, se supeditan o están en función de esa misión-base. El evangelio de san Lucas acentúa la pobreza evangélica de los “misioneros”.

Los enviados son prevenidos también para las dificultades del anuncio del Reino: la persecución y el rechazo. Otro rasgo característico de la misión será su carácter itinerante, siempre en el camino del Reino, frente a la tentación de “instalarse”. El final del texto nos relata la vuelta gozosa de los discípulos. Cristo concluye: “estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo”. En cada Eucaristía, Cristo Jesús, vida nuestra nos alimenta y nos envia a la misión.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 26 de junio de 2010

Llamados a la libertad de Cristo

Domingo XIII T. Ordinario. Ciclo C
1R 19, 16b.19-21; Sal 15, 1-2.5-11; Ga 5, 1.13-18; Lc 9,51-62

El evangelio de este domingo nos presenta tres vocaciones. El marco en que las presenta el evangelista san Lucas, es muy de su gusto, es un viaje de Cristo y los suyos camino de Jerusalen. Cristo, al que quiera seguirle le pide: despego de los bienes y comodidades materiales, pues el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza, ruptura con el pasado y el presente, incluso con la propia familia, ante el llamamiento de Dios y seguimiento incondicional a Cristo. Y todo esto para quedar libre y disponible y poder anunciar así el Reino de Dios.

Nunca como hoy el hombre ha sido tan sensible a la libertad: prefiere sufrir la pobreza y la miseria antes que la falta de libertad. Esto a nivel de personas y de pueblos. San Pablo hace ya veinte siglos hacía estas revolucionarias afirmaciones, actuales hoy más que nunca sobre la libertad: El cristiano es libre; la vocación cristiana es vocación a la libertad; esta libertad nos la conquistó Cristo; la libertad se expresa y alcanza su plenitud en el amor. Todos somos llamados al seguimiento de Cristo. Por el Bautismo nos hemos incorporado a Él; formamos con Él una unidad íntima: somos su cuerpo, y Él nos hace partícipes de la unción del Espíritu con el que Él fue ungido.

Si es cierto que todos los cristianos participamos por los sacramentos en el sacerdocio de Cristo, también lo es que algunos cristianos han sido revestidos de una “unción especial” en vistas a la edificación del pueblo de Dios. Hombres como los demás hombres. Con sus limitaciones, sus defectos, como todos; con sus cualidades y méritos como todos. Hombres llamados por Dios con una vocación especial. Don gratuito de Dios que da a quien quiere y cuando quiere, ayer, hoy y mañana.

El llamado y agraciado puede ser cualquiera de vosotros, pues no es recompensa sino don. Hombres consagrados con una misión y unas funciones sagradas: evangelizar, consagrar, perdonar; en una palabra: comunicar la vida de Dios a los hombres. Hombres al servicio del pueblo de Dios. Los consagrados no están inmunizados de las repercusiones causadas por la crisis de transformación que sacude hoy al mundo. Como todos sus hermanos en la fe, experimentan también ellos horas de oscuridad en su camino hacia Dios. Más aún, sufren por el modo, tantas veces parcial, con que son interpretados e injustamente generalizados ciertos hechos.

La gran acción y oración sacerdotal de Cristo-sacerdote es la Eucaristía que celebramos. Ejercitamos también nosotros nuestro sacerdocio con Él. Unamos nuestras voces a la de Cristo y pidamos por todos los sacerdotes al Padre con Cristo.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

martes, 22 de junio de 2010

Verano 2010

maxylola.wordpress

Hola! (espero que no sea una entrada demasiado larga...)

En primer lugar debo pedir perdón a lectores y leídos, llevo meses tan liado que no he dedicado tiempo ni a escribir ni a leer, y no tengo perdón... (aunque fuera por estudiar podría haber sacrificado otras cosas y no el blog...)

No voy a profundizar en detalles, a no ser que a alguien le apetezca (en ese caso, comentadlo y creo una entrada nueva con esos detalles)

Después de haber prometido hablar de mi Navidad y no hacerlo, volví a la uni, hice los exámenes de febrero, tuve una experiencia sonora, me saturé, para luego disfrutar en Asunción Castell con JMVSantamarca-SMatías, pasé el día de San José en Salamanca donde me re-encontré con un salmo que conocí cuanto estaba en busca de un proyecto de vida. Todo eso ocurrió y pude dejar constancia de una forma u otra, incluso saqué unos minutos para compartir con vosotros el descubrimiento de Ociozine y de los webmaster, porque el mundo es un pañuelo, pero la familia vicenciana una pañoleta...

Aunque no he compartido mucho más, conseguí ser fiel a mi propósito de compartir cada Domingo el Evangelio según la Diócesis de Málaga, acompañado de imágenes preciosas gracias a Fano.

Hay tantas cosas que se quedaron en el tintero, algunas por desgracia allí quedarán, otras fueron compartidas a través de Facebook o Tuenti, aunque fuera en forma de imágenes.

Ahora, acabé exámenes y trabajos, y, aunque no sé aún las notas ya puedo "elucubrar":

Hª de la Fª Moderna: - Aprobado
Lógica: - Aprobado
Fª del Lenguaje: - Aprobado
Inic. Metafísica: - "Aprobado"
Griego II: - "Aprobado"
Fª de la Religión: - Septiembre [entrevista sobre un libro]
Ética: - Septiembre [trabajo] / 2010-2011
Latín I: - Septiembre [examen] / 2010-2011
Hª de la Fª Contemporánea: - 2010-2011 (2º semestre)
Antropología: - 2010-2011

En total (teniendo en cuenta mis "elucubraciones") he aprobado cinco, y me queda para septiembre un examen, un trabajo (que ya tengo hecho) y una entrevista, para el curso que viene (si apruebo las de septiembre) tendré 2 asignaturas, aunque posiblemente vayan acompañadas con alguna "elucubración" errónea...

En el caso de que tuviera poquitas asignaturas aprovecharía para leer sobre teología, ya que no puedo matricularme si no he acabado con toda la Filosofía...

El curso que viene, Dios Mediante, Nacho y yo seguiremos en el mismo lugar, la Parroquia de san Matías, en Madrid.

Ya está acabado el curso académico, pero aún me queda una comida con mi clase (viernes 25), acompañar a Nacho a coger su vuelo a Londres (Domingo 27) y al día siguiente por la mañana ya estaré yo en Renfe esperando a coger mi tren a Cádiz.

Este veranito tendré como base la casa de mis padres, aunque estaré de campamento del 4 al 10 en Nagüeles (Marbella, Málaga), del 16 al 28 en una convivencia vocacional en Bollullos (Sevilla), desde donde partiremos a Benagalbón (19-23 Encuentro Nacional, y 24-30 Escuela de Catequistas), para volver a casa el 31. El mes de agosto lo dedicaré principalmente a estudiar, aunque claro está, la playa, la bicicleta y los buenos amigos amenizarán los tiempos intermedios. Haré alguna visita a Sevilla, La Línea e incluso, quien sabe, a Málaga.

A finales de agosto volveré a Madrid dispuesto a darlo todo en mi primer "septiembre"! Este año intentaré escaparme de la Semana de Estudios Vicencianos (agosto) para poder estudiar a fondo, así como de la Novena a la Virgen de los Milagros, pues me coincide con los exámenes.

Así pues me incorporaré a san Matías a finales de agosto, la primera semana de septiembre la dedicaré a superar asignaturas y el día 9 nos iremos a Ávila al "Encuentro de estudiantes" junto con los demás seminaristas de España, y allí estaremos hasta el 16, fecha en la que volveremos a la comunidad para prepararnos para el nuevo curso...

Saludos!!

sábado, 19 de junio de 2010

El plan salvador de Dios

Domingo XII T. Ordinario. Ciclo C
Za 12, 10-11. 13,1; Sal 62, 2-9; Ga 3, 26-29; Lc 9, 18-24

Las lecturas de este domingo nos ofrecen una cierta unidad temática en torno al Plan Salvador de Dios: Cristo Jesús aparece como el centro de esta historia de salvación. El discípulo de Cristo, si de verdad quiere seguir el Evangelio, habrá de estar continuamente ajustando “sus planes” al plan de Dios. Frente a nuestros planes: aspirar al poder y a los honores, el prestigio, la comodidad y la seguridad, el deseo de sobresalir o el egoísmo en toda línea, Dios escoge siempre unos medios sencillos y está siempre cercano a los problemas y necesidades del pueblo.

Dios para realizar su plan, no busca sus propios intereses, sino nuestro bien. Se entrega totalmente a los demás. Los medios que Dios escoge para salvarnos son sencillez, humildad, abajamiento y cruz

Dios para continuar su obra de salvación en el mundo, escoge medios sencillos, ocultos y pobres. Los medios por los que Dios nos santifica, los sacramentos, se sirven de elementos corrientes: agua, pan, vino, aceite. Si queremos ser auténticos cristianos, tenemos que cambiar nuestra mentalidad egoísta y soberbia, nuestro afán de dominio, de sobresalir, de prestigio personal, de comodidad, mediante una actitud de sencillez, desprendimiento, humildad y abnegación: seguimento de Cristo.

El Hijo de Dios se rebajó hasta tomar nuestra naturaleza humana, pero se humilló más en su Pasión y muerte. En la Eucaristía sigue esta línea de abajamiento y se hace pan y comida nuestra.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

domingo, 13 de junio de 2010

Mucho se te ha perdonado porque mucho has amado

Domingo XI T. Ordinario. Ciclo C
2S 12, 7-10.13; Sal 31, 1-2.5.7.11; Ga 2, 16. 19-21; Lc 7, 36-8, 3

En el Evangelio de este domingo hay que distinguir la acción que se narra, de la parábola de los deudores que se intercala. La enseñanza última es que Cristo perdona los pecados. Aquí también, como en la primera lectura, hay un encuentro personal entre Dios y el pecador que se arrepiente de su pecado como respuesta-amor al don amoroso de Dios: “Le quedan perdonados muchos pecados, porque tiene mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra”.

Hablar del pecado hoy día, a más de uno le parecerá trasnochado. Se dice, y parece una verdad irrebatible, que el hombre moderno ha perdido el sentido del pecado. Sin embargo, el hombre de nuestros días, lo mismo el creyente como el que no lo es tanto, no ha perdido sino cambiado la atención o centro de gravedad sobre lo que a la gente le preocupa, incluso le angustia. La gente protesta instintivamente ante las injusticias sociales, las inmoralidades administrativas, el desamor en la convivencia humana, la especulación del suelo y de la vivienda, la opresión del debil, y la miseria injustificada de tantos semejantes.

El pecado, más que como una acción o un acto aislado en la vida del ser humano, hay que verlo como una actitud personal y responsable. El pecado radica en una opción personal contra Dios y contra los hermanos.

El pecado es el gran obstáculo en el seguimiento de Cristo; es la pérdida de la salvación y la pérdida de Dios, es la oposición a la voluntad de Dios manifestada en su Ley de Amor, es la mentira radical de la propia vida, es la alianza con las tinieblas y la potencia maligna que se oponen al Reino de Dios. Pero en la vida de toda persona es posible la victoria sobre el pecado, porque Cristo fue el primero que lo venció con su muerte y resurrección de la que participamos los cristianos. Para celebrar dignamente la Eucaristía y participar del cuerpo del Señor necesitamos estar libres de pecado. El Bautismo, el sacramento de la penitencia y el acto penitencial con el que iniciamos cada Eucaristía purifican nuestra conciencia; pero no basta una pureza legalista. Es necesaria una actitud de profunda humildad y conversión, de amor a los demás, de guerra incondicional al pecado a todos los niveles, hasta lograr la victoria sobre el mismo con Cristo resucitado.

José A. Sánchez Herrera, sacerdot

sábado, 5 de junio de 2010

Cantemos al amor de los amores

Domingo Corpus Christi T. Pascual. Ciclo C
Gn 14, 18-20; Sal 109, 1-4; 1 Co 11, 23-26; Lc 9, 11b-17

“Cantemos al amor de los amores”. A ese amor de Dios que no se guardó a su Hijo, sino que por amor nos lo entregó, y nosotros lo entregamos a la muerte.“Cantemos al amor de los amores”. A ese amor de Dios que no se guardó a su Hijo, sino que por amor nos lo entregó, y nosotros lo entregamos a la muerte.

La Eucaristía es la actualización repetida y constante de esa entrega del Señor. En cada celebración de la Eucaristía, el Señor repite milagrosamente su entrega. Se actualiza su sacrificio. Se hace presencia evangelizadora. Ante el mundo egoísta y violento, ante los hombres y mujeres que viven en la soledad y el dolor, el Señor se hace sacrificio, entrega y presencia para acompañar solidariamente soledades, para curar heridas y paliar dolores.

Es el amor de Dios que se hace comunión. El amor de los amores es, como dice el Cantar de los Cantares, el amor más grande y hermoso, el más apasionado, más entregado y más comprometido El mandamiento de amor, más que un mandato, es una necesidad, porque el amor necesita amar. Al amarnos, al comulgar en su amor, Cristo nos da una capacidad y una urgencia de amor.

La Eucaristía es también pan partido y dividido. Contrasigno de las divisiones que separan a los hombres y los enfrentan en bloques culturales, raciales, sociales o económicos.

Jesucristo bendice el pan, lo parte y lo multiplica y lo hace para saciar nuestra hambre, porque le damos pena, pero también para enseñarnos dos cosas: primera, que cuando el hombre comparte, Dios multiplica; segunda, que en el Reino de Dios todas nuestras hambres, todas, serán saciadas. Pan compartido para enseñarnos a poner en común cuanto tenemos y cuanto somos.

Si comemos de este pan y bebemos de esta copa, si nos alimentamos de este amor, no hace falta decir más. Se notará enseguida que hemos recibido esta santa energía. Hoy queremos adorarlo en adoración agradecida, queremos instaurar la cultura del compartir contra la del acaparar, la del servir contra la del dominar. Cantemos al amor de los amores y hagamos canciones a la esperanza, a la belleza, a los deseos de un mundo mejor, a los gestos generosos y a las personas entregadas.

Cantemos a los testigos y a los trabajadores por el Reino.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 29 de mayo de 2010

¿Qué y Quién es Dios para mí?

Domingo Santísima Trinidad T. Pascual. Ciclo C
Pr 8, 22-31; Sal 8, 4-9; Rm 5, 1-5; Jn 16, 12-15

Después de tantos siglos de cristianismo sigue en pie todavía la pregunta, porque no se trata de una pregunta que reclame de nosotros una respuesta científica; se trata de una respuesta vital y propia de cada uno, un compromiso de vida que cada uno debe hacer original para sí; se trata del encuentro personal con Dios más que del encuentro racional de Dios.

La fiesta de la Trinidad es poco significativa debido a su formulación abstracta, para nuestras comunidades que ponen más de relieve el sentido vital y personalista de la relación con Dios. Pero lo positivo en la celebración de esta fiesta radica en el testimonio que nos transmite una liturgia viva que daba acogida en sus celebraciones a los grandes problemas teológicos que preocupaban en la época: esta celebración tiene su origen en la respuesta a las herejías del momento sobre el carácter trinitario de Dios. En este sentido, uno de los principales mensajes que la fiesta de hoy nos transmite es precisamente el de repensar nuestras “formulaciones” sobre Dios, en tantos casos ya muertas, y redescubrir el verdadero “rostro de Dios”, para nosotros y los hombres de nuestro tiempo.

La Escritura no nos presenta la formulación abstracta de la Santísima Trinidad, sino que nos habla del misterio inmenso, lleno de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; de la acción del Dios Padre en el Hijo que se encarna para salvarnos y que, al subir de nuevo al Padre, nos deja su Espíritu que prosigue su obra. La Escritura nos presenta a Dios en diálogo. Cristo habla con el Padre; habla de Él a sus discípulos; habla del Espíritu que, a su vez, da testimonio de Cristo, de nosotros y grita en nuestro interior “¡Abba, Padre!” “Dios es uno, pero no está solo”. Dios, siendo uno, aparece simultaneamente viviendo y actuando en comunidad consigo mismo en primer lugar; comunidad que posteriormente y en otro sentido se refiere también a los hombres.

Nuestra vida cristiana empezó por el bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. En la Eucaristía, una vez escuchada la Palabra de Dios, haremos nuestra profesión de fe trinitaria. Cada celebración eucarística es una llamada a una conversión de fe trinitaria, una vocación a la esperanza trinitaria y una urgencia de amor en la doble dirección: hacia Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, y hacia la Iglesia, los hombres, los padres y los hijos, los cercanos y los desconocidos, los amigos y los enemigos.

José Antonio Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 22 de mayo de 2010

Tu Espíritu me mueve desde dentro

Domingo Pentecostés T. Pascual. Ciclo C
Hch 2, 1-11; Sal 103, 1.24.29-31.34; 1Co 12, 3b-7.12-13; Jn 20, 19-23

Culminamos la cincuentena pascual con la efusión del Espíritu Santo sobre los apóstoles y la Virgen María. Es el día de Pentecostés. Unas llamaradas, en forma de lenguas de fuego, acompañan el signo visible sobre cada uno de los apóstoles. Es el fuego que irrumpe en la oscuridad de la noche, que calienta los cuerpos, que quema lo impuro. El Espíritu es la fuerza que nos guía hacia la Verdad, que nos purifica e ilumina nuestra mente y nuestro corazón con sus dones, repartidos en beneficio siempre de la comunidad, de la Iglesia, naciente en ese momento y extendida hasta el día de hoy.

“Nadie puede decir ‘Jesús es Señor’, si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios, que obra todo en todos” nos dirá san Pablo. El Espíritu Santo actúa constantemente en la Iglesia y en el mundo. Su acción es imperceptible a simple vista, como el viento, pero necesaria como el oxígeno que respiramos. Vivir según el Espíritu Santo es vivir de fe, de esperanza, de caridad. Una vida cristiana madura, honda y recia es algo que no se improvisa, porque es el fruto del crecimiento en nosotros de la gracia de Dios. Otro de los signos que delata la presencia del Espíritu Santo es el ruido. Los Apóstoles se ven impulsados a hablar de las maravillas de Dios, no pueden contenerse. Se lanzan, ya sin miedo, a anunciar la vida del Señor Jesús. Todos recordamos cómo la civilización antigua levantó una torre que acabó separando a los hombres de Dios, y a los hombres entre sí, porque no hablaban el mismo lenguaje. Eso fue Babel, el orgullo que condujo a la separación. Es lo contrario de Pentecostés. Porque el Amor de Dios no tiene barreras. Nos lleva a hablar en el lenguaje que todo el mundo entiende: el lenguaje del afecto, del amor. El mensaje que nosotros tenemos que transmitir es que “tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo”.

El miedo nos atenaza como antes de Pentecostés a los discípulos. Nos tienta, para que no hablemos de Dios. Nos mete la idea de que si hablamos, entonces los demás nos mirarán como si fuéramos personas raras. El miedo nos hace sentir vergüenza: ¿qué van a decir si invito a este amigo para que vaya a Misa conmigo? o ¿qué pensará si le digo que haga un rato de oración o que se confiese...? Hoy gritamos: Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles. María está llena del Espíritu Santo. Ella nos lleva al Señor casi sin darnos cuenta. Con Ella el amor a Dios entra solo y va directo al corazón. Que el Espíritu Santo nos renueve a cada uno. Feliz Fiesta de Pentecostés a todos, en este día del apostolado seglar, feliz Pentecostés a toda la familia rociera que, bajo el signo de la Blanca Paloma, invoca la efusión del Espíritu sobre cada uno de nosotros. Hasta otra.

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote

sábado, 15 de mayo de 2010

Me voy pero me quedo

Domingo VII T. Pascual. Ciclo C
Hch 1, 1-11; Sal 46, 2-9; Ef 1, 17-23; Lc 24, 46-53

Hace cuarenta días que celebrábamos la Resurrección del Señor, y la Ascensión nos abre esas puertas del cielo a donde Él vuelve y desde donde el mismo Hijo de Dios nos va a enviar su Espíritu a toda la Iglesia en el día de Pentecostés. Los cuarenta días de Jesús con sus discípulos antes de la Ascensión y los cuarenta años del pueblo de Israel en el desierto, camino a la tierra prometida, son una figura que invita a caminar con fe y a hacer algo bueno por la vida. A trabajar por una humanidad digna, justa, libre; en otras palabras: a construir la historia de la salvación de Dios con los hombres.

Hoy, una vez más se nos invita a no quedarnos simplemente mirando al cielo: “Galileos, ¿qué hacéis ahí parados mirando para el cielo?” ¿Qué hacemos parados mirando al cielo? ¿Qué hemos hecho por nuestro pueblo? o, como le preguntó Dios a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Tendremos nosotros también el descaro de responder como él: “¿Soy yo acaso guardián de mi hermano?” El Señor se despide, pero es un hasta luego. Y nos invita, como a sus discípulos, a predicar la conversión y el perdón de los pecados, a ofrecer la salvación de Dios a todos los hombres.

La vida cristiana no es ni sólo más allá, ni sólo más acá. El cristiano piensa en un cielo que hay que construir desde aquí, desde ahora y cada día, mediante el amor, el trabajo y el servicio a los demás; un cielo que a su vez se nos regala como la casa de la definitiva alegría; cielo que se abre a la plenitud de los tiempos con la gracia y el poder de Dios y de Cristo resucitado, vencedor de la muerte. Todos estamos invitados a construir la historia y a abrirnos a la trascendencia. La victoria de Jesucristo es garantía de vida; su gracia en medio de nosotros es fuerza para luchar. Él mismo es camino, verdad, vida y plenitud. Él nos invita a ir a todo el mundo a anunciar el evangelio y en este domingo celebramos también la Jornada Mundial de los Medios de Comunicación Social bajo el lema: «El sacerdote y la pastoral en el mundo digital: los nuevos medios al servicio de la Palabra». La Iglesia es fundamentalmente misionera y rescato una parte de la carta del Papa con motivo de esta jornada, para reflexión de los sacerdotes y de todos los cristianos en nuestra tarea de anunciar el evangelio de Jesucristo: “En verdad, el mundo digital, ofreciendo medios que permiten una capacidad de expresión casi ilimitada, abre importantes perspectivas y actualiza la exhortación paulina: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Co 9,16). Así pues, con la difusión de esos medios, la responsabilidad del anuncio no solamente aumenta, sino que se hace más acuciante y reclama un compromiso más intenso y eficaz. A este respecto, el sacerdote se encuentra como al inicio de una «nueva historia », porque en la medida en que estas nuevas tecnologías susciten relaciones cada vez más intensas, y cuanto más se amplíen las fronteras del mundo digital, tanto más se verá llamado a ocuparse pastoralmente de este campo, multiplicando su esfuerzo para poner dichos medios al servicio de la Palabra...”

¿Qué hacemos parados mirando al cielo? Tomemos la fuerza del Espíritu y trabajemos para que nuestro mundo conozca a su Salvador: Jesucristo. Feliz día de la Ascensión (otro jueves más que no alumbra tanto el sol).

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote

sábado, 8 de mayo de 2010

Dale tu PAZ a mi ajetreo

Domingo VI T. Pascual. Ciclo C
Hch 15, 1-2.22-29; Sal 66, 2-8; Ap 21, 10-14.22-23; Jn 14, 23-29

Nos hemos enterado que algunos, sin encargo nuestro os están alarmando…. Que nadie os quite la Paz del Señor. La paz del mundo basada en tantos intereses y aparentes consensos, no es como la que nos ofrece el Señor resucitado. En la misma Eucaristía nos ofrecemos la paz, se la entregamos al otro como Cristo nos la entrega a nosotros. Es uno de sus muchos regalos también en este tiempo de Pascua.

El Señor nos deja una vida pacificada por su amor. En el mundo de hoy se necesita la paz en el corazón de los hombres. Amar al Señor es escuchar y vivir desde su Palabra. Llevarla a la vida diaria. Y para ello se nos promete el envío del Defensor, del Paráclito, del Espíritu Santo, a través del cual hablará Jesucristo. Ese Espíritu que procede del Padre y del Hijo y su tarea es la de santificarnos. Él nos enseñará todas las cosas, nos recordará todo lo que nos ha dicho el Señor, nos irá abriendo caminos para el encuentro con nuestro Dios en la vida fraterna con el hermano. Nos abrirá el entendimiento y el corazón.

Hoy se nos anuncia la marcha del Señor y se nos deja su Paz como herencia. La tristeza y angustia que muchas veces nos invade necesita de esa paz restauradora para llegar a conseguir la plena confianza en nuestro Dios. Al confiar en su Palabra, al vivirla y cumplirla nos llenamos de su paz y a la vez somos transmisores de la misma ya que nos viene de Dios y la tenemos que ofrecer al hermano.

El evangelio nos muestra palabras de despedida, llenas de ternura y de luz para aquellos discípulos. No hay nada que temer, porque no nos va a dejar solos el Resucitado. El amor de Cristo nos acompaña. No estarán solos y no lo estaremos nosotros porque recibiremos el Espíritu Santo, que es consolador, defensor, maestro y guía del hombre. Nuestro corazón no puede temblar ni acobardarse, aunque surjan divisiones como en aquellas primeras comunidades cristianas. Pidamos la gracia y la sabiduría para confiar plenamente en Dios, dejar que su Espíritu nos colme para poder proclamar al mundo que Dios es nuestro Padre y Jesucristo el salvador de nuestras vidas.

La Virgen María todo esto lo entendió a la perfección, que ella nos ayude a confiar en ese Espíritu que se nos dará como a Ella misma se le dio.

¡Feliz día del Señor!

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote

martes, 4 de mayo de 2010

Ociozine


Hola chicxs!
Vengo a presentaros una página muy chula. Tiene contenidos muy variados y te redirige a páginas donde puedes comprar música, cine y videojuegos (y próximamente también libros).
La comparto con vosotros por varios motivos. Uno de ellos es lo que he comentado antes, otro porque he participado en sus concursos y ya he ganado en dos (Entradas concierto de CooL, y Pack completo Phineas y Ferb).
Fui a recoger el último regalo y estuve hablando con la persona que lo lleva, y me pidió que le diera publicidad a la página, que llevan poquito tiempo y necesitan muchas visitas, sobretodo al principio.

¿Qué me decis? ¡Echadle un vistazo a la web, registraos y concursad!

Gracias! En mi nombre y en el de Ociozine (también tienen facebook donde te van avisando de los concursos)

sábado, 1 de mayo de 2010

Tu amor alegra mi corazón

Domingo V T. Pascual. Ciclo C
Hch 14, 21b-27; Sal 144, 8-13ab; Ap 21, 1-5a; Jn 13, 31-33a.34-35

En el mundo en el que nos movemos es cierto que necesitamos de testigos y testimonios de la verdad, antes que bonitas palabras. Y el mejor testimonio es vivir desde el Amor de Dios, así se construirán esos cielos nuevos y tierra nueva. La fuerza que debe dinamizar la construcción de ese nuevo mundo no es otra que el Amor.

La situación interna y el contexto histórico de las personas que formaban las primeras comunidades cristianas, su experiencia de fe con Jesús muerto y resucitado, las llevó a una toma de conciencia de la necesidad de hacer algo por ellos mismos y por los demás superando muchas dificultades personales. A esa nueva realidad le dieron el nombre de cielos nuevos y tierra nueva. Es la fuerza creadora y recreadora de Dios que impulsa a formar otro mundo que se hace posible con la apertura a la gracia de Dios.

Jesús, con su vida, con su palabra y su obra y con el amor con el cual hizo nuevas todas las cosas, empezó a hacer realidad un mundo marcado con otros valores. Lo nuevo no es que se hable del amor, porque desde tiempos inmemoriales se habla del amor. Lo nuevo es el amor al estilo de Jesús. La sinceridad, el servicio, la cercanía, la entrega y la donación total con las cuales Jesús manifestó su amor a sus amigos y a cada uno de nosotros. Por este motivo hoy el evangelio nos hace una invitación muy concreta: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”.

En los Hechos de los Apóstoles leemos el trabajo concreto de Pablo y Bernabé a favor de la construcción del Reino y cómo animados por la oración y la fuerza del Espíritu Santo, establecieron una estructura organizativa en aquellas comunidades para que se lograra la continuidad de la obra empezada por ellos. Desde nuestro tomar conciencia como creyentes de nuestra situación interna y de nuestro contexto social, nos corresponde construir los cielos nuevos y la tierra nueva con la fuerza del amor al estilo de Jesús. Y hoy nos deberíamos preguntar qué estilo de vida, qué valores, qué amor, son los que pongo yo en cada cosa, para que esos cielos nuevos y tierra nueva se lleven a término en mi vida, en mi familia, en mi comunidad parroquial. Que en este mes de mayo nos acompañe la Virgen y nuestras flores sean fruto del nuevo estilo del amor de Jesús.

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote

sábado, 24 de abril de 2010

Somos uno cuidando el rebaño

Domingo IV T. Pascual. Ciclo C
Hch 13, 14. 43-52; Sal 99, 2-5; Ap 7, 9-14b-17; Jn 10, 27-30

Jesucristo mismo se nos presenta en este IV domingo de la pascua con la imagen del Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas. Esa imagen ya había sido utilizada por el pueblo de Israel y por los profetas, dadas las características pastoriles del pueblo. Dios es el Pastor, Israel su rebaño. Se nos invita a cuidar de esas ovejas a todos los pastores y hacerlo con la misma dedicación y amor que el Pastor supremo.

Por ese motivo, el profeta Jeremías dirige una dura amenaza a estos pastores que dejan que se pierdan las ovejas, y promete, en nombre de Dios, nuevos pastores que de verdad apacienten sus ovejas. Él mismo cuidará de sus ovejas. Más aun, suscitará un Pastor único, descendiente de David, que las apacentará para que estén seguras.

Jesús a sus discípulos también les había hecho comparaciones de pastores y ovejas. Pero en este pasaje propone con claridad la parábola del Buen Pastor, que es aquel que cuida de sus ovejas, que busca a la extraviada, que cura a la herida y carga sobre sus hombros a la cansada. Cristo es el Buen Pastor porque es capaz de dar su vida por las ovejas, voluntaria y libremente. Nos recuerda su Pasión. Jesús dio su vida por los suyos, con amor y en obediencia, para formar un solo rebaño con un único Pastor. En nuestra capilla del Seminario tenemos la imagen de ese Buen Pastor que tiene que presidir toda nuestra vida. Pastores, en este domingo, contemplemos el corazón de Jesús Buen Pastor. Rebaño, dejémonos cargar en los hombros del Buen Pastor. El falso pastor sólo piensa en él. No tiene interés alguno por sus ovejas. Es incapaz de arriesgar su vida ante el peligro. Las ovejas no cuentan con él.

El Buen Pastor, nos lo dice Jesús, conoce a cada una de sus ovejas. Las llama a cada una por su nombre. Él conoce a sus ovejas, sus ovejas lo conocen a él y escuchan su voz. Todos, en mayor o menor grado, debemos ser pastores. Tal vez en nuestra familia, en nuestro entorno. El Señor nos dio a través del Bautismo la misión de ser sus testigos, de darlo a conocer, de comprometernos con Él y con su Reino. Pidamos en este día por todos los sacerdotes para que sean fiel reflejo de Cristo, el Buen Pastor, y pidamos por cada uno de nosotros para que, escuchando la voz del Señor, sepamos cuidar la pequeña parte del rebaño que nos corresponda en nuestra vida. Feliz día del Señor y buena semana.

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote

sábado, 17 de abril de 2010

Pesca milagrosa: tu luz nos atrapa...

Domingo III T. Pascual. Ciclo C
Hch 5, 27b-32.40b; Sal 29, 2-13; Ap 5, 11-14; Jn 21, 1-19

El evangelio nos muestra cómo algunos discípulos habían vuelto a sus antiguas actividades, mientras tomaban conciencia de la resurrección del Señor. Pedro y los demás discípulos, habían pasado toda la noche tratando de pescar algo pero no lo habían conseguido.. La noche representa las situaciones difíciles, la crisis, la angustia, el miedo y la inseguridad, que inundaban a los discípulos tras la muerte de Jesús. Al amanecer, Jesús se aparece en la playa. Todos los relatos de la resurrección dicen que los discípulos a primera vista, no cayeron en la cuenta de la presencia de Jesús. Lo confundieron. Esto confirma que la resurrección de Jesús no fue evidente en el primer momento sino que fue convirtiéndose en una experiencia que los inundó, les aclaró todo y los dejó absolutamente convencidos de su nueva forma de existir.

La experiencia de la pesca milagrosa ya la habían vivido y el Resucitado lo primero que les preguntó fue por los frutos de su trabajo: “Muchachos, ¿tenéis pescado?” Es decir, cómo te ha ido, qué has hecho, cómo estás, por qué lloras, de qué hablas... ¿La respuesta? ¡No! En la oscuridad de sus vidas todo era frustración, tristeza y muerte. ¿Verdad que se parece mucho a la nuestra? Pero una luz empieza a brillar cuando hacen lo que Jesús les manda: “Echad la red a la derecha de la barca.” Cuando actuaron conducidos por las enseñanzas de Jesús, recogieron buenos frutos: “Por tu Palabra…” En este relato fue el discípulo amado quien primero reconoció a Jesús. Es otro detalle. El Amor hace reconocer al resucitado. Y Jesús, en la orilla los invitó a compartir el fruto del trabajo. Él tomó el pan y los peces, los partió y los repartió. Ahí descubren entonces que dentro de ellos estaba Jesús resucitado. Lo hemos dicho muchas veces: la mejor prueba de la resurrección de Jesús es una comunidad que vive unida en el amor, trabaja y comparte fraternalmente.

En la segunda parte de este fragmento del Evangelio, tenemos el reconocimiento de Pedro como autoridad en la Iglesia. La característica particular del liderazgo en la Iglesia, es que debe estar fundado en el amor a Jesucristo y su evangelio”: ¿...me amas? Y asumir como propio el proyecto de Jesús y cumplir su voluntad salvífica. Si el liderazgo en la Iglesia se deja contaminar por los deseos de poder y aparentar, pierde su sentido y se convierte en un obstáculo para la evangelización.

Todos tenemos experiencia de esto. No se puede ser apóstol sin ser discípulo, pero el discípulo tiene que llegar a ser apóstol, porque toda la riqueza espiritual que Dios le da, debe compartirla. Aquellos hombres que llenos de miedo habían abandonado a su maestro, con la experiencia de la resurrección, estaban dispuestos a darlo todo para continuar su obra salvadora. Los mismos pescadores y publicanos cobardes, que decepcionados de Jesús no querían saber nada de su proyecto, comprendieron claramente que Dios estaba con Él y tuvieron las fuerzas para anunciar que a ése a quien habían matado, Dios lo había resucitado y constituido Señor y Mesías. Por eso, hoy con Pedro podemos decir: Señor Tú conoces todo, sabes que te quiero. Y podremos escuchar: Sígueme.

Sé valiente: Por su Palabra sigue echando la red.

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote

sábado, 10 de abril de 2010

Dichosos los que creen sin ver

Domingo Divina Misericordia T. Pascual. Ciclo C
Hch 5, 12-16; Sal 117, 2-4.22-27; Ap 1,9-11a.12-13.17-19; Jn 20, 19-31

Hoy se nos presenta la vida de la primitiva comunidad cristiana liderada por los apóstoles donde su testimonio es el signo por excelencia de la Resurrección de Jesús. Cuando uno se encuentra con un cristiano de verdad, puede vivir la misma experiencia que vivieron quienes compartieron su vida con Jesús: gozo, alegría, vida… Aunque también oposición, porque el anuncio del Evangelio y su compromiso en la vida, generó oposición en sectores de la sociedad, la de Jesús y la nuestra. Y a pesar de ello, esas primeras comunidades daban testimonio de la acción de Jesús resucitado con sus vidas. ¿Qué caracterizaba a esas comunidades “resucitadas”? Su manera novedosa de vivir y amarse entre ellos, y si alguien se les acercaba, aprovechaban para dar testimonio de la resurrección del Señor, como nos lo presenta el libro del Apocalipsis: el Señor es el principio y el fin, el alfa y la omega. Así, la muerte y la resurrección de Jesús son el testimonio más creíble de que el mal y la muerte no tienen la última palabra, sino Él y su Vida resucitada.

El Evangelio de Juan dice que el primer día de la semana, estaban los discípulos con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Pero una nueva experiencia con Jesús los llenó de paz, alegría, esperanza, perdón y ganas de seguir luchando por su vida. Jesús les ofrece la paz seguida de un envío: “Así como el Padre me envió, os envío yo a vosotros”. Les tocaba hacer a sus discípulos, y ahora a nosotros, como nuevos apóstoles del Señor enviados a dar testimonio de la Resurrección.

Pero no nos va a dejar solos, nos enviará su Espíritu, no sólo para que nos refresque la memoria, sino para que contemos con su fuerza y podamos dar testimonio ante los demás, de manera que crean en Jesús y tengan vida en su nombre. Sabemos que la fe no se impone, es un regalo. Se transmite, se testimonia, aunque para Tomás, como tantas veces para nosotros mismos, el testimonio de sus condiscípulos no era suficiente para aceptar que el Dios-Hombre estuviera vivo, había resucitado. Tengo que tocar, ver, tengo que…. Los discípulos respetan tu proceso de fe, no te obligan a creer que Jesús haya resucitado, pero ellos lo siguen demostrando con su vida y si cada uno de nosotros estamos abiertos a una experiencia nueva, llegará el momento en que nos encontremos con Jesús resucitado, como le pasó a Tomás. Y el Señor nos dirá: tienes ¿qué…? Aquí tienes mis manos, pies, Vida, por ti y para ti. Esa experiencia a Tomás le hará expresar su alegría, su fe y su pertenencia a Jesús con estas palabras: ¡Señor mío y Dios mío! Las que nos hacen falta a nosotros para recorrer esta cincuentena pascual.

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote

sábado, 3 de abril de 2010

Desde la cruz enciendes la VIDA

Domingo Pascua de Resurrección T.Pascual. Ciclo C
Hch 10, 34a.37-43; Sal 117,1-2.16-17.22-23; Col 3, 1-4; Jn 20, 1-9

¡Ha resucitado! Noticia, noticia, No está en el sepulcro. Ha sido al alba, lean, lean, ¡ha resucitado! ¿Por qué seguir perdiendo el tiempo en buscar entre los muertos al que VIVE? “... id a mis amigos a decirles que en Galilea les veré”. Nos han venido contando las mujeres de nuestro grupo que está vivo. Ya lo podemos gritar por todos sitios, a toda la gente con la que nos crucemos. Él ha vencido a la muerte, ha resucitado como dijo. Todo había comenzado en Galilea. Hoy el Señor rompe, en nuestras vidas, como esa luz de fuego que encendíamos en la gran Vigilia Pascual.

Como ya indicábamos el domingo pasado, este hombre en apariencia no hizo nada extraordinario, sino que vivió la sencilla vida cotidiana con la grandeza de quien sabe amar y servir. A su lado todos se sentían respetados, acompañados y amados. Con su muerte y resurrección ha transformado radicalmente la existencia de todos los hombres, nos ha hecho descubrir el rostro misericordioso de Dios y el lado amable de la vida. El apóstol Pedro nos resumió la vida de Jesús con estas palabras: “Pasó haciendo el bien”. Y tanto que lo hizo. A los más pobres les dio esperanza; a los oprimidos, libertad; y a todos, una vida más digna. Eso no se lo perdonaron los poderosos y potentados del mundo. Y nosotros mismos, que también lo abandonamos como hicieron sus amigos y discípulos. Él murió en la cruz acompañado de poco más que algún mirón (como tú y como yo) y con la presencia de su Madre, que como siempre está donde, cuando y como tiene que estar.

Pero, tranquilos: Jesucristo VIVE. Dios da la cara por nosotros, Dios lo ha resucitado. Lo que era aparente fracaso, se ha convertido en triunfo sin discusión. Ha sido el gran acontecimiento que ha transformado la vida de sus seguidores, qie se convirtieron en los testigos de su resurrección. Hoy más que nunca tenemos que afianzar nuestra fe en el Resucitado. Creer en la resurrección es creer en la Persona de Jesús y tener la misma fe que él tuvo en su padre Dios, para entregar su vida por el Reino. Creer en la resurrección de Jesús, es ser testigos de su vida, es vivir en Cristo y morir con él a todo aquello que nos disminuye como personas y resucitar cada día para una vida nueva. Es vivir y luchar hasta dar la vida y expresar el amor, tal como él lo hizo. Creer en la resurrección es permitir que Cristo viva en nosotros y nos salve de una vida mediocre, egoísta e infeliz, y nos conduzca a una vida plena, resucitada y bienaventurada.

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote