sábado, 28 de agosto de 2010

Pásale a Él la cuenta

Domingo XXII T. Ordinario. Ciclo C
Si 3, 17-18.20.28-29; Ps 68; Eb 12, 18-19.22-24a; Lc 14, 1.7-14

El tema de la humildad es un tema eminentemente humano y evangélico. Jesús, partiendo de un hecho real, exhorta a que nadie se ensalce por su cuenta: "el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado” (Lc 14,11) y en los últimos versículos del texto evangélico de este domingo nos da otro consejo valioso: cuando organices una comida, no invites a quienes te pueden invitar a ti, sino a los que no pueden hacerlo; entonces el mismo Dios será quien te pague más tarde: pásale a Él la cuenta.

VIVIR LA HUMILDAD

Todo cristiano está llamado a participar activamente en el misterio de Cristo, es decir: en su muerte y en su resurrección, en su humillación y exaltación. Por eso ha de vivir la humildad, a ejemplo de su Maestro. Nadie que no sea verdaderamente humilde, pobre y vacío de sí mismo, puede ser bienaventurado en el Reino de Dios (Mt 5,4). Todos deben imitar a Cristo en esa humildad y en las consecuencias que de ella se derivan.

Una de esas consecuencias es el servicio incondicional al prójimo. Si alguna persona ha habido en el mundo que no fuera por naturaleza siervo, sino Señor, esa persona es Cristo. Lo proclamamos en la Liturgía: “Sólo Tú, Señor, Jesucristo”. Sin embargo, Cristo, Señor, Rey y Dios, se puso al servicio de todos. Servidor perfecto del Padre. Desde el “heme aquí” hasta el “Padre, en tus manos”, toda la vida de Jesús fue un acto continuo de servicio y entrega a la voluntad del Padre.

El humilde “siervo de Dios” se hizo también servidor incondicional del hombre: Servidor en la Encarnación: despojándose de su condición divina y tomando la forma de esclavo. Servidor en Nazaret: “sujeto a María y José”. Servidor de todos: lavando los pies a sus discípulos. Siguiendo el ejemplo de Cristo, el cristiano ha de estar siempre disponible para el servicio de Dios en los hermanos.

En la Encarnación Cristo se hizo hombre, en la Eucaristía “se hace pan y vino”: no cabe mayor humillación. Cristo está en la Eucaristía para seguir sirviendo al hombre, siendo su alimento y compañero. Cristo en la Eucaristía es la prenda más segura del supremo servicio al hombre: de su salud eterna, de su seguridad de llegar a la casa del Padre.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 21 de agosto de 2010

Se sentarán a la mesa en el Reino de Dios

Domingo XXI T. Ordinario. Ciclo C
Is 66, 18-21; Sal 116, 1-2; Hb 12, 5-7.11-13; Lc 13, 22-30

El tema del Reino es el tema primordial de la predicación de Jesús. Y en toda la Biblia ocupa un lugar de privilegio. ¿Cuál es la verdadera naturaleza de ese Reino de Dios?

No es un reino temporal. Los judíos interpretaban la predicación profética sobre el Reino de Dios de una manera casi exclusivamente terrena y temporal. Por eso se escandalizan y desconciertan completamente cuando viene Jesús anunciando “un reino que no es de este mundo”. No es un reino exterior y visible. Las palabras de Jesús son terminantes en este punto: “El Reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,21). No es reino de privilegiados, sino de servidores. No es un reino impuesto por las armas, sino un reino pacífico, humano, libre: un reino de hijos. Por oposición a aquel reino temporal exterior, fulgurante y espectacular, que esperaban los judíos, el verdadero Reino de Dios es, ante todo: Espiritual, interior, hasta el punto de hacer innecesaria la restauración del reino de David.

Gratuito, puro y simple “don de Dios”. Nadie puede merecerlo ni alegar títulos. Libremente contrata Dios a los obreros de su viña, y les da a todos el mismo sueldo (Mt 20, 1-16). Reino no terminado, sino siempre haciéndose. Por eso Jesús no cesa de compararlo a la semilla, al grano de mostaza, a la levadura. Si es cierto que con la venida de Cristo, el Reino de Dios ha llegado, está ya en la tierra, también lo es que cada uno de los hombres ha de ir realizándolo poco a poco, en sí mismo, para extenderlo después a los demás hombres, en fases sucesivas y sin atropellar los planes de Dios. Reino con implicaciones temporales.

Aunque el Reino predicado por Jesús es ante todo espiritual, atemporal y de arriba (Jn 18,36), esto no quiere decir que no tenga derivaciones hacia lo temporal, humano y de acá abajo. Jesús viene a salvar al “hombre entero”. Reino peregrino, en marcha difícil hasta su plenitud. Sólo al final de los tiempos ese Reino de Cristo se manifestará en todo su esplendor. Entonces se consumará la Pascua.

Todos los hombres del mundo son llamados por Dios a entrar en su Reino, y a todos se les concede de hecho la posibilidad de entrar en él. La condición para entrar: Cumplir la voluntad del Padre, especialmente el gran mandamiento del amor (Mt 25,34). La vigilancia, perseverancia y esfuerzo. (Mt 6,21)

Este Reino de Dios está ya presente en medio de nosotros desde la venida de Cristo; pero mientras llega en plenitud hay que ir construyéndolo día a día en nosotros y en los demás. Nada será tan eficaz para ello como celebrar la Eucaristía, donde comemos y bebemos “el Pan y el Vino del Reino”, que nos da energía para cumplir sus exigencias. La Eucaristía es la garantía, “las arras” dadas por Cristo de que un día nos sentaremos con Él en su Reino.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 14 de agosto de 2010

Me felicitarán todas las naciones

Domingo T. Ordinario. Ciclo C - La Asunción de la Virgen María
Ap 11, 19.12,1-6.10; Sal 45, 10-12.16; 1Co 15, 20-27; Lc 1, 39-56

Todo grupo humano tiene sus personajes representativos. Nosotros, la comunidad de Jesucristo, también tenemos los nuestros, son los santos. Y entre los santos: La Santísima Virgen María intercede por nosotros y es modelo de identificación cristiana.

Contemplemos en esta solemnidad de la Asunción la humanidad de María, su fe confiada, su eclesialidad solidaria y su espiritualidad transformadora. Su madurez humana gira alrededor de su maternidad. Es una maternidad sin antojos, en la que Ella, la bendita entre las mujeres, la feliz por su fe, no se olvida de servir. María no separa, porque es absolutamente inseparable, la espiritualidad del compromiso de vida nueva que la acción del Espíritu Santo provoca.

Esta actitud de servicio es una constante en toda su existencia. Un servicio responsable que le hace buscar y cuidar a su hijo, Hijo de Dios pero hijo suyo. Todo de Dios y muy humano, en la fragilidad y en el desamparo de un niño. Santa María de la normalidad de cada día y de todos los días. Educando, velando, acompañando solícita los pasos de Jesús. Madura y fiel en toda situación. Sin rajarse nunca. También al pie de la Cruz.

La humanidad la hizo madre, la fe la hizo madre de Dios. Su naturaleza humana posibilita la maternidad, pero es la fe la que la hizo madre del Salvador. La confianza de María en el Dios de las maravillas y en las maravillas de Dios, la expresa en su estilo de oración. Una oración que ayuda a descubrir las huellas del Creador en todos y cada uno de los acontecimientos de la vida. Por eso María “consevaba esas cosas en su corazón”.

La fe que se hace fidelidad. Es fiel en la propuesta desconcertante de Dios en la Anunciación. Es fiel en la cotidianidad y permanece fiel en el momento clave de la Cruz, sin ver todavía la luz de la Resurrección. María cree. Participa activamente en el nacimiento de la Iglesia y nos anticipa con esta solemnidad que celebramos la Plenitud de la Iglesia. María la primera redimida por Cristo vencerá como anticipo que nos llena y nos inunda de esperanza “a lo bestia”. La humanidad redimida por la sangre del Redentor alcanza por sus méritos, esa fuerza que vence al mal y a su Príncipe en este mundo.

María asumpta al cielo. Anticipo de la victoria total: la persona humana integralmente será salvada y lo que para nosotros es anuncio y esperanza en Ella es realidad total. Con Ella y como Ella todos los hijos de Eva superaremos la condición de “desterrados en este valle de lágrimas” para alcanzar como hijos de Dios e hijos de María la condición de peregrinos a la casa de Dios y a recibir el título de ciudadanos del cielo.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 7 de agosto de 2010

Los necesitamos más que nunca

Domingo XIX T. Ordinario. Ciclo C
Sb 18, 6-9; Sal 32, 1.12.18-19.20.22; Hb 11, 1-2.9-19; Lc 12, 32-48

Las primeras generaciones cristianas se vieron muy pronto obligadas a plantearse una cuestión decisiva. La venida de Cristo resucitado se retrasaba más de lo que habían pensado en un comienzo. La espera se les hacía larga. ¿Cómo mantener viva la esperanza? ¿Cómo no caer en la frustración, el cansancio o el desaliento?

En los evangelios encontramos diversas exhortaciones, parábolas y llamadas que sólo tienen un objetivo: mantener viva la responsabilidad de las comunidades cristianas. Una de las llamadas más conocidas dice así: «Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas». ¿Qué sentido pueden tener estas palabras para nosotros, después de veinte siglos de cristianismo?

Las dos imágenes son muy expresivas. Indican la actitud que han de tener los criados que están esperando de noche a que regrese su señor, para abrirle el portón de la casa en cuanto llame. Han de estar con «la cintura ceñida», es decir, con la túnica arremangada para poder moverse y actuar con agilidad. Han de estar con «las lámparas encendidas» para tener la casa iluminada y mantenerse despiertos.

Estas palabras de Jesús son también hoy una llamada a vivir con lucidez y responsabilidad, sin caer en la pasividad o el letargo. En la historia de la Iglesia hay momentos en que se hace de noche. Sin embargo, no es la hora de apagar las luces y echarnos a dormir. Es la hora de reaccionar, despertar nuestra fe y seguir caminando hacia el futuro, incluso en una Iglesia vieja y cansada.

Uno de los obstáculos más importantes para impulsar la transformación que necesita hoy la Iglesia es la pasividad generalizada de los cristianos. Desgraciadamente, durante muchos siglos los hemos educado, sobre todo, para la sumisión y la pasividad. Todavía hoy, a veces parece que no los necesitamos para pensar, proyectar y promover caminos nuevos de fidelidad hacia Jesucristo.

Por eso, hemos de valorar, cuidar y agradecer tanto el despertar de una nueva conciencia en muchos laicos y laicas que viven hoy su adhesión a Cristo y su pertenencia a la Iglesia de un modo lúcido y responsable. Es, sin duda, uno de los frutos más valiosos del Vaticano II, primer concilio que se ha ocupado directa y explícitamente de ellos.

Estos creyentes pueden ser hoy el fermento de unas parroquias y comunidades renovadas en torno al seguimiento fiel a Jesús. Son el mayor potencial del cristianismo. Los necesitamos más que nunca para construir una Iglesia abierta a los probemas del mundo actual, y cercana a los hombres y mujeres de hoy.

José Antonio Pagola

sábado, 31 de julio de 2010

Pobre por amor

Domingo XVIII T. Ordinario. Ciclo C
Qo 1, 2;2,21-23; Sal 89, 3-6.12-14.17; Col 3, 1-5.9-11; Lc 12, 13-21

Nadie puede negar que las riquezas tienen sus funciones, ventajas y peligros, no sólo para el bien individual, sino también para la salvación social y humana actual. Ciertamente que “la riqueza es un bien” y Dios no quiere que el mundo sea pobre, sino rico.

Vemos que el dinero no siempre es don de Dios. Es evidente en el caso de riquezas mal adquiridas, amasadas con injusticias, rapiñas, sobornos, trampas y explotaciones ajenas. Y es siempre “mal adquirida” la riqueza que acaba por excluir a la gran masa humana de esas mismas riquezas, a favor de unos cuantos privilegiados.

La riqueza tiene dos dimensiones fundamentales: servir al propio dueño y servir al bien común de la sociedad, de los hombres y pueblos menos favorecidos (PP 48-49). Ahora bien: La concentración en manos de unos pocos no cumple este servicio al bien común de todos que es el fin primario y esencial de todos los bienes creados (GS 69).

La riqueza, por desgracia, frecuentemente no acerca al hombre a Dios, sino que lo aparta de Él: lo hace orgulloso, altanero, autosuficiente. El gran riesgo y pecado mayor de la riqueza es no servir a los demás.El hombre es siempre lo primero. “Creyentes y no creyentes están de acuerdo en este punto: todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos ellos” (GS 12).

Por faltar este deber, el Evangelio habla abiertamente del “dinero inicuo” (Lc 16,9) y Santiago se convierte en unos de los más exigentes profetas sociales. “El jornal de los obreros…, desfraudados por vosotros, clama, y los gritos de los segadores han llegado a los oidos del Señor” (Sant 5,1-5).

San Pablo escribe a los corintios: “Conocéis la gracia de Nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por amor nuestro, para que vosotros fueseis ricos con su pobreza” (2Cor 8,9). En la Eucaristía aparece Jesús en su máxima pobreza y en su “insondable riqueza”: pobreza de unos signos humildes y sencillos como el pan y el vino, para comunicarnos toda su riqueza infinita.

La Eucaristía ha de ser para nosotros una vivencia eficaz de nuestra fraternidad: que los que comemos el mismo pan lo sigamos comiendo en la vida, siendo de verdad hermanos, también en el uso y reparto de las riquezas que ese Dios que aquí recibimos ha creado para todos los hombres, hijos suyos.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 24 de julio de 2010

Mi cáliz lo beberéis

Domingo Solemnidad Santiago Apóstol T. Ordinario. Ciclo C
Hch 4, 33; 5, 12.27-33; 12.2; Sal 66, 2-8; 2 Cor 4, 7-15; Mt 20, 20-28

Dos partes tiene el trozo evangélico de este domingo, Solemnidad del Apóstol Santiago: La primera es la petición de Salomé, la madre de los hijos del Zebedeo, Santiago y Juan que motiva una respuesta de Jesús. La segunda es la indignación que la súplica materna produce en los demás apóstoles, lo que provoca una nueva intervención de Jesús sobre la autoridad como servicio, siguiendo su ejemplo que vino a servir y no a ser servido.

“Beber el cáliz” es una metáfora biblica con que se alude a la Pasión del Señor. “Mi cáliz, sí lo beberéis”. Santiago fue martirizado por Herodes Agripa hacia el año 44 en Jerusalén.

Santiago el Mayor es, junto con su hermano Juan y con Pedro, uno de los tres “íntimos” de Jesús, testigo de su transfiguración y de su agonía en Getsemaní. Su carácter fogoso, como el de su hermano, les mereció de Jesús el sobrenombre de “hijos del trueno”. Por eso no vacila en contestar a Jesús que está dispuesto a sufrir con Él: “beber el cáliz”. Después de una vida infatigablemente apostólica fue martirizado.

El peso de una tradición multisecular une a Santiago con la fe de los españoles, con la aparición de María en Zaragoza y con el sepulcro del Apóstol en Compostela. La cristiandad medieval europea recorrió con fervor el Camino de Santiago; y los “Años Santos” celebrados periódicamente despiertan esta tradición.

La figura de Santiago Apóstol tiene mucho de ejemplaridad para nuestra fe. Santiago fue mártir de Cristo; reprodujo en sí la pasión de Cristo, “bebió su cáliz”, y entendió su autoridad apostólica como servicio. La figura del Apóstol, itinerante como la Iglesia misma, puede orientar nuestro momento histórico.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 17 de julio de 2010

La mejor parte

Domingo XVI T. Ordinario. Ciclo C
Gn 18, 1-10a; Sal 14, 2-5; Col 1, 24-28; Lc 10, 38-42

El diálogo de Jesús con Marta y María es aprovechado una vez más por el evangelista san Lucas para resaltar el valor de la escucha de la Palabra de Dios.

Sin entrar en la teoría del valor de la contemplación sobre la acción, que se ha querido ver en las dos actitudes opuestas de Marta y María, lo cierto de la anécdota es que el Reino de Dios no puede dejarse distraer por una preocupación demasiado exclusiva por las realidades terrenas. Por otra parte escuchar la palabra de Dios es todo menos ociosidad.

Cristo quiere llevar a la preocupación de Marta la idea fundamental de su vida y ministerio: El reino de Dios. Sólo hay una cosa importante ante la cual todo lo demás debe ceder en importancia. Saber elegirlo es acertar.

El gran escritor Miguel Delibes en su novela “Parábola del náufrago”, nos hace caer en la cuenta, contra lo que se pudiera creer, que el náufrago no es tanto el hombre del mar cuanto el hombre de tierra.

¿Náufrago de qué, de quién? De sí mismo y de las cosas que lo rodean y le envuelven. Nunca como hoy el hombre está fuera de sí mismo, del ambiente y de las cosas que ha creado. Presiones y represiones, agresividades, medios de comunicación, sociedad de consumo, compras a plazos, etc., hacen del hombre un náufrago. Es urgente arbitrar un salvamento de hombres y de ideas que libren al hombre del naufragio. Creo que es hoy la tarea más necesaria y urgente, librar al hombre dándole al mismo tiempo equilibrio, la medida y la tensión justa para vivir.

El Evangelio nos proporciona la fórmula de este equilibrio, medida y tensión. Marta y María conjugan admirablemente la fórmula. Nos dan un sentido de la paz, de la amistad y de la hospitalidad familiar. De la vuelta a los valores sencillos y elementales. Pero, sobre todo, ponen en tensión su vida por algo que trasciende: La Palabra de Dios, el Reino de Dios. Y en esta ocasión Cristo deliberadamente acentúa esta tensión por lo necesario y principal: “una sola cosa es necesaria”. ¿Para qué perderse y naufragar en tantas cosas? ¿No es hoy más indispensable que nunca volver a esta cosa única y necesaria de que nos habla Cristo? Precisamente la Eucaristía es un signo del reino de los cielos. Al mismo tiempo anticipa la realidad futura de un cielo y una tierra nueva al final de los tiempos.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 10 de julio de 2010

Salirse del camino

Domingo XV T. Ordinario. Ciclo C
Dt 30, 10-14; Sal 68, 14-17.30-37; Col 1, 15-20; Lc 10, 25-37

La parábola del samaritano no es tan sólo una bella creación literaria con una lección de moral filantrópica. Es más, mucho más; es el ejemplo vivo de una persona.

Este samaritano es Cristo, expresión del amor de Dios a toda la humanidad. Convertirse es romper con el camino que hemos tomado, y por eso tiene las características de arrepentimiento, de petición de perdón `por el itinerario llevado hasta hoy. La conversión significa también tomar una nueva senda. Creer en el Evangelio, en la Buena Nueva, forma parte de esta toma de un nuevo camino.

Para ilustrar esta ruptura y nueva toma de camino nos encontramos con la parábola del samaritano. La pregunta que hace a Jesús un doctor de la Ley es: “¿Quién es mi prójimo? Jesús le contesta con la parábola. El texto dice que el samaritano “se compadeció” del herido. Cuando todos esperamos que Jesús diga o sugiera que el prójimo es el herido. Jesús pregunta: “¿Quién es el prójimo de este herido?” Es decir, que el prójimo es uno de nosotros, no el herido. Y el doctor de la ley le dice “El samaritano”. Es decir, aquél que al aproximarse al herido lo convirtió en su prójimo. Prójimo no es aquél que yo encuentro en mi camino, sino aquel en cuyo camino yo me coloco. La “proximidad”, requiere una salida del camino.

El interrogante “¿Quién es mi projimo?” nos parece evidente, pero Jesús considera que esa no es la pregunta correcta. Lo que la parábola nos enseña no es solamente que hay que socorrer al otro, sino que hay que entrar en otro mundo. Salir de mi mundo y entrar en el mundo del otro, del herido.

En la Eucaristía, de un modo maravilloso este divino samaritano desciende hasta nosotros. Se hace hermano nuestro para que nosotros nos podamos hacer prójimos de tantos heridos en los bordes de los caminos de la vida.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 3 de julio de 2010

Vuestros nombres están inscritos en el cielo

Domingo XIV T. Ordinario. Ciclo C
Is 66, 10-14c; Sal 65, 1-5.16.29; Ga 6, 14-18; Lc 10, 1-12.17-20

Sorprendernos caminando tras las huellas de Jesús. En la “tempestad” del mundo contemporáneo, la clave es: volver a Jesús. Después de haber iniciado a los discípulos en la profundidad y en las exigencias, Jesús los envía en misión. No espera a tenerlos formados del todo, los envia y a la vuelta los educa a partir de lo que han vivido y experimentado, de sus logros y de sus aparentes fracasos.

Revisa con ellos y los inicia en la acción y la contemplación. Los setenta y dos misioneros son enviados a anunciar la presencia del Reino de Dios. El poder de curar enfermos, el saludo de la paz, las normas sobre la pobreza y el hospedaje, se supeditan o están en función de esa misión-base. El evangelio de san Lucas acentúa la pobreza evangélica de los “misioneros”.

Los enviados son prevenidos también para las dificultades del anuncio del Reino: la persecución y el rechazo. Otro rasgo característico de la misión será su carácter itinerante, siempre en el camino del Reino, frente a la tentación de “instalarse”. El final del texto nos relata la vuelta gozosa de los discípulos. Cristo concluye: “estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo”. En cada Eucaristía, Cristo Jesús, vida nuestra nos alimenta y nos envia a la misión.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 26 de junio de 2010

Llamados a la libertad de Cristo

Domingo XIII T. Ordinario. Ciclo C
1R 19, 16b.19-21; Sal 15, 1-2.5-11; Ga 5, 1.13-18; Lc 9,51-62

El evangelio de este domingo nos presenta tres vocaciones. El marco en que las presenta el evangelista san Lucas, es muy de su gusto, es un viaje de Cristo y los suyos camino de Jerusalen. Cristo, al que quiera seguirle le pide: despego de los bienes y comodidades materiales, pues el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza, ruptura con el pasado y el presente, incluso con la propia familia, ante el llamamiento de Dios y seguimiento incondicional a Cristo. Y todo esto para quedar libre y disponible y poder anunciar así el Reino de Dios.

Nunca como hoy el hombre ha sido tan sensible a la libertad: prefiere sufrir la pobreza y la miseria antes que la falta de libertad. Esto a nivel de personas y de pueblos. San Pablo hace ya veinte siglos hacía estas revolucionarias afirmaciones, actuales hoy más que nunca sobre la libertad: El cristiano es libre; la vocación cristiana es vocación a la libertad; esta libertad nos la conquistó Cristo; la libertad se expresa y alcanza su plenitud en el amor. Todos somos llamados al seguimiento de Cristo. Por el Bautismo nos hemos incorporado a Él; formamos con Él una unidad íntima: somos su cuerpo, y Él nos hace partícipes de la unción del Espíritu con el que Él fue ungido.

Si es cierto que todos los cristianos participamos por los sacramentos en el sacerdocio de Cristo, también lo es que algunos cristianos han sido revestidos de una “unción especial” en vistas a la edificación del pueblo de Dios. Hombres como los demás hombres. Con sus limitaciones, sus defectos, como todos; con sus cualidades y méritos como todos. Hombres llamados por Dios con una vocación especial. Don gratuito de Dios que da a quien quiere y cuando quiere, ayer, hoy y mañana.

El llamado y agraciado puede ser cualquiera de vosotros, pues no es recompensa sino don. Hombres consagrados con una misión y unas funciones sagradas: evangelizar, consagrar, perdonar; en una palabra: comunicar la vida de Dios a los hombres. Hombres al servicio del pueblo de Dios. Los consagrados no están inmunizados de las repercusiones causadas por la crisis de transformación que sacude hoy al mundo. Como todos sus hermanos en la fe, experimentan también ellos horas de oscuridad en su camino hacia Dios. Más aún, sufren por el modo, tantas veces parcial, con que son interpretados e injustamente generalizados ciertos hechos.

La gran acción y oración sacerdotal de Cristo-sacerdote es la Eucaristía que celebramos. Ejercitamos también nosotros nuestro sacerdocio con Él. Unamos nuestras voces a la de Cristo y pidamos por todos los sacerdotes al Padre con Cristo.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

martes, 22 de junio de 2010

Verano 2010

maxylola.wordpress

Hola! (espero que no sea una entrada demasiado larga...)

En primer lugar debo pedir perdón a lectores y leídos, llevo meses tan liado que no he dedicado tiempo ni a escribir ni a leer, y no tengo perdón... (aunque fuera por estudiar podría haber sacrificado otras cosas y no el blog...)

No voy a profundizar en detalles, a no ser que a alguien le apetezca (en ese caso, comentadlo y creo una entrada nueva con esos detalles)

Después de haber prometido hablar de mi Navidad y no hacerlo, volví a la uni, hice los exámenes de febrero, tuve una experiencia sonora, me saturé, para luego disfrutar en Asunción Castell con JMVSantamarca-SMatías, pasé el día de San José en Salamanca donde me re-encontré con un salmo que conocí cuanto estaba en busca de un proyecto de vida. Todo eso ocurrió y pude dejar constancia de una forma u otra, incluso saqué unos minutos para compartir con vosotros el descubrimiento de Ociozine y de los webmaster, porque el mundo es un pañuelo, pero la familia vicenciana una pañoleta...

Aunque no he compartido mucho más, conseguí ser fiel a mi propósito de compartir cada Domingo el Evangelio según la Diócesis de Málaga, acompañado de imágenes preciosas gracias a Fano.

Hay tantas cosas que se quedaron en el tintero, algunas por desgracia allí quedarán, otras fueron compartidas a través de Facebook o Tuenti, aunque fuera en forma de imágenes.

Ahora, acabé exámenes y trabajos, y, aunque no sé aún las notas ya puedo "elucubrar":

Hª de la Fª Moderna: - Aprobado
Lógica: - Aprobado
Fª del Lenguaje: - Aprobado
Inic. Metafísica: - "Aprobado"
Griego II: - "Aprobado"
Fª de la Religión: - Septiembre [entrevista sobre un libro]
Ética: - Septiembre [trabajo] / 2010-2011
Latín I: - Septiembre [examen] / 2010-2011
Hª de la Fª Contemporánea: - 2010-2011 (2º semestre)
Antropología: - 2010-2011

En total (teniendo en cuenta mis "elucubraciones") he aprobado cinco, y me queda para septiembre un examen, un trabajo (que ya tengo hecho) y una entrevista, para el curso que viene (si apruebo las de septiembre) tendré 2 asignaturas, aunque posiblemente vayan acompañadas con alguna "elucubración" errónea...

En el caso de que tuviera poquitas asignaturas aprovecharía para leer sobre teología, ya que no puedo matricularme si no he acabado con toda la Filosofía...

El curso que viene, Dios Mediante, Nacho y yo seguiremos en el mismo lugar, la Parroquia de san Matías, en Madrid.

Ya está acabado el curso académico, pero aún me queda una comida con mi clase (viernes 25), acompañar a Nacho a coger su vuelo a Londres (Domingo 27) y al día siguiente por la mañana ya estaré yo en Renfe esperando a coger mi tren a Cádiz.

Este veranito tendré como base la casa de mis padres, aunque estaré de campamento del 4 al 10 en Nagüeles (Marbella, Málaga), del 16 al 28 en una convivencia vocacional en Bollullos (Sevilla), desde donde partiremos a Benagalbón (19-23 Encuentro Nacional, y 24-30 Escuela de Catequistas), para volver a casa el 31. El mes de agosto lo dedicaré principalmente a estudiar, aunque claro está, la playa, la bicicleta y los buenos amigos amenizarán los tiempos intermedios. Haré alguna visita a Sevilla, La Línea e incluso, quien sabe, a Málaga.

A finales de agosto volveré a Madrid dispuesto a darlo todo en mi primer "septiembre"! Este año intentaré escaparme de la Semana de Estudios Vicencianos (agosto) para poder estudiar a fondo, así como de la Novena a la Virgen de los Milagros, pues me coincide con los exámenes.

Así pues me incorporaré a san Matías a finales de agosto, la primera semana de septiembre la dedicaré a superar asignaturas y el día 9 nos iremos a Ávila al "Encuentro de estudiantes" junto con los demás seminaristas de España, y allí estaremos hasta el 16, fecha en la que volveremos a la comunidad para prepararnos para el nuevo curso...

Saludos!!

sábado, 19 de junio de 2010

El plan salvador de Dios

Domingo XII T. Ordinario. Ciclo C
Za 12, 10-11. 13,1; Sal 62, 2-9; Ga 3, 26-29; Lc 9, 18-24

Las lecturas de este domingo nos ofrecen una cierta unidad temática en torno al Plan Salvador de Dios: Cristo Jesús aparece como el centro de esta historia de salvación. El discípulo de Cristo, si de verdad quiere seguir el Evangelio, habrá de estar continuamente ajustando “sus planes” al plan de Dios. Frente a nuestros planes: aspirar al poder y a los honores, el prestigio, la comodidad y la seguridad, el deseo de sobresalir o el egoísmo en toda línea, Dios escoge siempre unos medios sencillos y está siempre cercano a los problemas y necesidades del pueblo.

Dios para realizar su plan, no busca sus propios intereses, sino nuestro bien. Se entrega totalmente a los demás. Los medios que Dios escoge para salvarnos son sencillez, humildad, abajamiento y cruz

Dios para continuar su obra de salvación en el mundo, escoge medios sencillos, ocultos y pobres. Los medios por los que Dios nos santifica, los sacramentos, se sirven de elementos corrientes: agua, pan, vino, aceite. Si queremos ser auténticos cristianos, tenemos que cambiar nuestra mentalidad egoísta y soberbia, nuestro afán de dominio, de sobresalir, de prestigio personal, de comodidad, mediante una actitud de sencillez, desprendimiento, humildad y abnegación: seguimento de Cristo.

El Hijo de Dios se rebajó hasta tomar nuestra naturaleza humana, pero se humilló más en su Pasión y muerte. En la Eucaristía sigue esta línea de abajamiento y se hace pan y comida nuestra.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

domingo, 13 de junio de 2010

Mucho se te ha perdonado porque mucho has amado

Domingo XI T. Ordinario. Ciclo C
2S 12, 7-10.13; Sal 31, 1-2.5.7.11; Ga 2, 16. 19-21; Lc 7, 36-8, 3

En el Evangelio de este domingo hay que distinguir la acción que se narra, de la parábola de los deudores que se intercala. La enseñanza última es que Cristo perdona los pecados. Aquí también, como en la primera lectura, hay un encuentro personal entre Dios y el pecador que se arrepiente de su pecado como respuesta-amor al don amoroso de Dios: “Le quedan perdonados muchos pecados, porque tiene mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra”.

Hablar del pecado hoy día, a más de uno le parecerá trasnochado. Se dice, y parece una verdad irrebatible, que el hombre moderno ha perdido el sentido del pecado. Sin embargo, el hombre de nuestros días, lo mismo el creyente como el que no lo es tanto, no ha perdido sino cambiado la atención o centro de gravedad sobre lo que a la gente le preocupa, incluso le angustia. La gente protesta instintivamente ante las injusticias sociales, las inmoralidades administrativas, el desamor en la convivencia humana, la especulación del suelo y de la vivienda, la opresión del debil, y la miseria injustificada de tantos semejantes.

El pecado, más que como una acción o un acto aislado en la vida del ser humano, hay que verlo como una actitud personal y responsable. El pecado radica en una opción personal contra Dios y contra los hermanos.

El pecado es el gran obstáculo en el seguimiento de Cristo; es la pérdida de la salvación y la pérdida de Dios, es la oposición a la voluntad de Dios manifestada en su Ley de Amor, es la mentira radical de la propia vida, es la alianza con las tinieblas y la potencia maligna que se oponen al Reino de Dios. Pero en la vida de toda persona es posible la victoria sobre el pecado, porque Cristo fue el primero que lo venció con su muerte y resurrección de la que participamos los cristianos. Para celebrar dignamente la Eucaristía y participar del cuerpo del Señor necesitamos estar libres de pecado. El Bautismo, el sacramento de la penitencia y el acto penitencial con el que iniciamos cada Eucaristía purifican nuestra conciencia; pero no basta una pureza legalista. Es necesaria una actitud de profunda humildad y conversión, de amor a los demás, de guerra incondicional al pecado a todos los niveles, hasta lograr la victoria sobre el mismo con Cristo resucitado.

José A. Sánchez Herrera, sacerdot

sábado, 5 de junio de 2010

Cantemos al amor de los amores

Domingo Corpus Christi T. Pascual. Ciclo C
Gn 14, 18-20; Sal 109, 1-4; 1 Co 11, 23-26; Lc 9, 11b-17

“Cantemos al amor de los amores”. A ese amor de Dios que no se guardó a su Hijo, sino que por amor nos lo entregó, y nosotros lo entregamos a la muerte.“Cantemos al amor de los amores”. A ese amor de Dios que no se guardó a su Hijo, sino que por amor nos lo entregó, y nosotros lo entregamos a la muerte.

La Eucaristía es la actualización repetida y constante de esa entrega del Señor. En cada celebración de la Eucaristía, el Señor repite milagrosamente su entrega. Se actualiza su sacrificio. Se hace presencia evangelizadora. Ante el mundo egoísta y violento, ante los hombres y mujeres que viven en la soledad y el dolor, el Señor se hace sacrificio, entrega y presencia para acompañar solidariamente soledades, para curar heridas y paliar dolores.

Es el amor de Dios que se hace comunión. El amor de los amores es, como dice el Cantar de los Cantares, el amor más grande y hermoso, el más apasionado, más entregado y más comprometido El mandamiento de amor, más que un mandato, es una necesidad, porque el amor necesita amar. Al amarnos, al comulgar en su amor, Cristo nos da una capacidad y una urgencia de amor.

La Eucaristía es también pan partido y dividido. Contrasigno de las divisiones que separan a los hombres y los enfrentan en bloques culturales, raciales, sociales o económicos.

Jesucristo bendice el pan, lo parte y lo multiplica y lo hace para saciar nuestra hambre, porque le damos pena, pero también para enseñarnos dos cosas: primera, que cuando el hombre comparte, Dios multiplica; segunda, que en el Reino de Dios todas nuestras hambres, todas, serán saciadas. Pan compartido para enseñarnos a poner en común cuanto tenemos y cuanto somos.

Si comemos de este pan y bebemos de esta copa, si nos alimentamos de este amor, no hace falta decir más. Se notará enseguida que hemos recibido esta santa energía. Hoy queremos adorarlo en adoración agradecida, queremos instaurar la cultura del compartir contra la del acaparar, la del servir contra la del dominar. Cantemos al amor de los amores y hagamos canciones a la esperanza, a la belleza, a los deseos de un mundo mejor, a los gestos generosos y a las personas entregadas.

Cantemos a los testigos y a los trabajadores por el Reino.

José A. Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 29 de mayo de 2010

¿Qué y Quién es Dios para mí?

Domingo Santísima Trinidad T. Pascual. Ciclo C
Pr 8, 22-31; Sal 8, 4-9; Rm 5, 1-5; Jn 16, 12-15

Después de tantos siglos de cristianismo sigue en pie todavía la pregunta, porque no se trata de una pregunta que reclame de nosotros una respuesta científica; se trata de una respuesta vital y propia de cada uno, un compromiso de vida que cada uno debe hacer original para sí; se trata del encuentro personal con Dios más que del encuentro racional de Dios.

La fiesta de la Trinidad es poco significativa debido a su formulación abstracta, para nuestras comunidades que ponen más de relieve el sentido vital y personalista de la relación con Dios. Pero lo positivo en la celebración de esta fiesta radica en el testimonio que nos transmite una liturgia viva que daba acogida en sus celebraciones a los grandes problemas teológicos que preocupaban en la época: esta celebración tiene su origen en la respuesta a las herejías del momento sobre el carácter trinitario de Dios. En este sentido, uno de los principales mensajes que la fiesta de hoy nos transmite es precisamente el de repensar nuestras “formulaciones” sobre Dios, en tantos casos ya muertas, y redescubrir el verdadero “rostro de Dios”, para nosotros y los hombres de nuestro tiempo.

La Escritura no nos presenta la formulación abstracta de la Santísima Trinidad, sino que nos habla del misterio inmenso, lleno de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; de la acción del Dios Padre en el Hijo que se encarna para salvarnos y que, al subir de nuevo al Padre, nos deja su Espíritu que prosigue su obra. La Escritura nos presenta a Dios en diálogo. Cristo habla con el Padre; habla de Él a sus discípulos; habla del Espíritu que, a su vez, da testimonio de Cristo, de nosotros y grita en nuestro interior “¡Abba, Padre!” “Dios es uno, pero no está solo”. Dios, siendo uno, aparece simultaneamente viviendo y actuando en comunidad consigo mismo en primer lugar; comunidad que posteriormente y en otro sentido se refiere también a los hombres.

Nuestra vida cristiana empezó por el bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. En la Eucaristía, una vez escuchada la Palabra de Dios, haremos nuestra profesión de fe trinitaria. Cada celebración eucarística es una llamada a una conversión de fe trinitaria, una vocación a la esperanza trinitaria y una urgencia de amor en la doble dirección: hacia Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, y hacia la Iglesia, los hombres, los padres y los hijos, los cercanos y los desconocidos, los amigos y los enemigos.

José Antonio Sánchez Herrera, sacerdote

sábado, 22 de mayo de 2010

Tu Espíritu me mueve desde dentro

Domingo Pentecostés T. Pascual. Ciclo C
Hch 2, 1-11; Sal 103, 1.24.29-31.34; 1Co 12, 3b-7.12-13; Jn 20, 19-23

Culminamos la cincuentena pascual con la efusión del Espíritu Santo sobre los apóstoles y la Virgen María. Es el día de Pentecostés. Unas llamaradas, en forma de lenguas de fuego, acompañan el signo visible sobre cada uno de los apóstoles. Es el fuego que irrumpe en la oscuridad de la noche, que calienta los cuerpos, que quema lo impuro. El Espíritu es la fuerza que nos guía hacia la Verdad, que nos purifica e ilumina nuestra mente y nuestro corazón con sus dones, repartidos en beneficio siempre de la comunidad, de la Iglesia, naciente en ese momento y extendida hasta el día de hoy.

“Nadie puede decir ‘Jesús es Señor’, si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios, que obra todo en todos” nos dirá san Pablo. El Espíritu Santo actúa constantemente en la Iglesia y en el mundo. Su acción es imperceptible a simple vista, como el viento, pero necesaria como el oxígeno que respiramos. Vivir según el Espíritu Santo es vivir de fe, de esperanza, de caridad. Una vida cristiana madura, honda y recia es algo que no se improvisa, porque es el fruto del crecimiento en nosotros de la gracia de Dios. Otro de los signos que delata la presencia del Espíritu Santo es el ruido. Los Apóstoles se ven impulsados a hablar de las maravillas de Dios, no pueden contenerse. Se lanzan, ya sin miedo, a anunciar la vida del Señor Jesús. Todos recordamos cómo la civilización antigua levantó una torre que acabó separando a los hombres de Dios, y a los hombres entre sí, porque no hablaban el mismo lenguaje. Eso fue Babel, el orgullo que condujo a la separación. Es lo contrario de Pentecostés. Porque el Amor de Dios no tiene barreras. Nos lleva a hablar en el lenguaje que todo el mundo entiende: el lenguaje del afecto, del amor. El mensaje que nosotros tenemos que transmitir es que “tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo”.

El miedo nos atenaza como antes de Pentecostés a los discípulos. Nos tienta, para que no hablemos de Dios. Nos mete la idea de que si hablamos, entonces los demás nos mirarán como si fuéramos personas raras. El miedo nos hace sentir vergüenza: ¿qué van a decir si invito a este amigo para que vaya a Misa conmigo? o ¿qué pensará si le digo que haga un rato de oración o que se confiese...? Hoy gritamos: Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles. María está llena del Espíritu Santo. Ella nos lleva al Señor casi sin darnos cuenta. Con Ella el amor a Dios entra solo y va directo al corazón. Que el Espíritu Santo nos renueve a cada uno. Feliz Fiesta de Pentecostés a todos, en este día del apostolado seglar, feliz Pentecostés a toda la familia rociera que, bajo el signo de la Blanca Paloma, invoca la efusión del Espíritu sobre cada uno de nosotros. Hasta otra.

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote

sábado, 15 de mayo de 2010

Me voy pero me quedo

Domingo VII T. Pascual. Ciclo C
Hch 1, 1-11; Sal 46, 2-9; Ef 1, 17-23; Lc 24, 46-53

Hace cuarenta días que celebrábamos la Resurrección del Señor, y la Ascensión nos abre esas puertas del cielo a donde Él vuelve y desde donde el mismo Hijo de Dios nos va a enviar su Espíritu a toda la Iglesia en el día de Pentecostés. Los cuarenta días de Jesús con sus discípulos antes de la Ascensión y los cuarenta años del pueblo de Israel en el desierto, camino a la tierra prometida, son una figura que invita a caminar con fe y a hacer algo bueno por la vida. A trabajar por una humanidad digna, justa, libre; en otras palabras: a construir la historia de la salvación de Dios con los hombres.

Hoy, una vez más se nos invita a no quedarnos simplemente mirando al cielo: “Galileos, ¿qué hacéis ahí parados mirando para el cielo?” ¿Qué hacemos parados mirando al cielo? ¿Qué hemos hecho por nuestro pueblo? o, como le preguntó Dios a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Tendremos nosotros también el descaro de responder como él: “¿Soy yo acaso guardián de mi hermano?” El Señor se despide, pero es un hasta luego. Y nos invita, como a sus discípulos, a predicar la conversión y el perdón de los pecados, a ofrecer la salvación de Dios a todos los hombres.

La vida cristiana no es ni sólo más allá, ni sólo más acá. El cristiano piensa en un cielo que hay que construir desde aquí, desde ahora y cada día, mediante el amor, el trabajo y el servicio a los demás; un cielo que a su vez se nos regala como la casa de la definitiva alegría; cielo que se abre a la plenitud de los tiempos con la gracia y el poder de Dios y de Cristo resucitado, vencedor de la muerte. Todos estamos invitados a construir la historia y a abrirnos a la trascendencia. La victoria de Jesucristo es garantía de vida; su gracia en medio de nosotros es fuerza para luchar. Él mismo es camino, verdad, vida y plenitud. Él nos invita a ir a todo el mundo a anunciar el evangelio y en este domingo celebramos también la Jornada Mundial de los Medios de Comunicación Social bajo el lema: «El sacerdote y la pastoral en el mundo digital: los nuevos medios al servicio de la Palabra». La Iglesia es fundamentalmente misionera y rescato una parte de la carta del Papa con motivo de esta jornada, para reflexión de los sacerdotes y de todos los cristianos en nuestra tarea de anunciar el evangelio de Jesucristo: “En verdad, el mundo digital, ofreciendo medios que permiten una capacidad de expresión casi ilimitada, abre importantes perspectivas y actualiza la exhortación paulina: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Co 9,16). Así pues, con la difusión de esos medios, la responsabilidad del anuncio no solamente aumenta, sino que se hace más acuciante y reclama un compromiso más intenso y eficaz. A este respecto, el sacerdote se encuentra como al inicio de una «nueva historia », porque en la medida en que estas nuevas tecnologías susciten relaciones cada vez más intensas, y cuanto más se amplíen las fronteras del mundo digital, tanto más se verá llamado a ocuparse pastoralmente de este campo, multiplicando su esfuerzo para poner dichos medios al servicio de la Palabra...”

¿Qué hacemos parados mirando al cielo? Tomemos la fuerza del Espíritu y trabajemos para que nuestro mundo conozca a su Salvador: Jesucristo. Feliz día de la Ascensión (otro jueves más que no alumbra tanto el sol).

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote

sábado, 8 de mayo de 2010

Dale tu PAZ a mi ajetreo

Domingo VI T. Pascual. Ciclo C
Hch 15, 1-2.22-29; Sal 66, 2-8; Ap 21, 10-14.22-23; Jn 14, 23-29

Nos hemos enterado que algunos, sin encargo nuestro os están alarmando…. Que nadie os quite la Paz del Señor. La paz del mundo basada en tantos intereses y aparentes consensos, no es como la que nos ofrece el Señor resucitado. En la misma Eucaristía nos ofrecemos la paz, se la entregamos al otro como Cristo nos la entrega a nosotros. Es uno de sus muchos regalos también en este tiempo de Pascua.

El Señor nos deja una vida pacificada por su amor. En el mundo de hoy se necesita la paz en el corazón de los hombres. Amar al Señor es escuchar y vivir desde su Palabra. Llevarla a la vida diaria. Y para ello se nos promete el envío del Defensor, del Paráclito, del Espíritu Santo, a través del cual hablará Jesucristo. Ese Espíritu que procede del Padre y del Hijo y su tarea es la de santificarnos. Él nos enseñará todas las cosas, nos recordará todo lo que nos ha dicho el Señor, nos irá abriendo caminos para el encuentro con nuestro Dios en la vida fraterna con el hermano. Nos abrirá el entendimiento y el corazón.

Hoy se nos anuncia la marcha del Señor y se nos deja su Paz como herencia. La tristeza y angustia que muchas veces nos invade necesita de esa paz restauradora para llegar a conseguir la plena confianza en nuestro Dios. Al confiar en su Palabra, al vivirla y cumplirla nos llenamos de su paz y a la vez somos transmisores de la misma ya que nos viene de Dios y la tenemos que ofrecer al hermano.

El evangelio nos muestra palabras de despedida, llenas de ternura y de luz para aquellos discípulos. No hay nada que temer, porque no nos va a dejar solos el Resucitado. El amor de Cristo nos acompaña. No estarán solos y no lo estaremos nosotros porque recibiremos el Espíritu Santo, que es consolador, defensor, maestro y guía del hombre. Nuestro corazón no puede temblar ni acobardarse, aunque surjan divisiones como en aquellas primeras comunidades cristianas. Pidamos la gracia y la sabiduría para confiar plenamente en Dios, dejar que su Espíritu nos colme para poder proclamar al mundo que Dios es nuestro Padre y Jesucristo el salvador de nuestras vidas.

La Virgen María todo esto lo entendió a la perfección, que ella nos ayude a confiar en ese Espíritu que se nos dará como a Ella misma se le dio.

¡Feliz día del Señor!

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote

martes, 4 de mayo de 2010

Ociozine


Hola chicxs!
Vengo a presentaros una página muy chula. Tiene contenidos muy variados y te redirige a páginas donde puedes comprar música, cine y videojuegos (y próximamente también libros).
La comparto con vosotros por varios motivos. Uno de ellos es lo que he comentado antes, otro porque he participado en sus concursos y ya he ganado en dos (Entradas concierto de CooL, y Pack completo Phineas y Ferb).
Fui a recoger el último regalo y estuve hablando con la persona que lo lleva, y me pidió que le diera publicidad a la página, que llevan poquito tiempo y necesitan muchas visitas, sobretodo al principio.

¿Qué me decis? ¡Echadle un vistazo a la web, registraos y concursad!

Gracias! En mi nombre y en el de Ociozine (también tienen facebook donde te van avisando de los concursos)

sábado, 1 de mayo de 2010

Tu amor alegra mi corazón

Domingo V T. Pascual. Ciclo C
Hch 14, 21b-27; Sal 144, 8-13ab; Ap 21, 1-5a; Jn 13, 31-33a.34-35

En el mundo en el que nos movemos es cierto que necesitamos de testigos y testimonios de la verdad, antes que bonitas palabras. Y el mejor testimonio es vivir desde el Amor de Dios, así se construirán esos cielos nuevos y tierra nueva. La fuerza que debe dinamizar la construcción de ese nuevo mundo no es otra que el Amor.

La situación interna y el contexto histórico de las personas que formaban las primeras comunidades cristianas, su experiencia de fe con Jesús muerto y resucitado, las llevó a una toma de conciencia de la necesidad de hacer algo por ellos mismos y por los demás superando muchas dificultades personales. A esa nueva realidad le dieron el nombre de cielos nuevos y tierra nueva. Es la fuerza creadora y recreadora de Dios que impulsa a formar otro mundo que se hace posible con la apertura a la gracia de Dios.

Jesús, con su vida, con su palabra y su obra y con el amor con el cual hizo nuevas todas las cosas, empezó a hacer realidad un mundo marcado con otros valores. Lo nuevo no es que se hable del amor, porque desde tiempos inmemoriales se habla del amor. Lo nuevo es el amor al estilo de Jesús. La sinceridad, el servicio, la cercanía, la entrega y la donación total con las cuales Jesús manifestó su amor a sus amigos y a cada uno de nosotros. Por este motivo hoy el evangelio nos hace una invitación muy concreta: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”.

En los Hechos de los Apóstoles leemos el trabajo concreto de Pablo y Bernabé a favor de la construcción del Reino y cómo animados por la oración y la fuerza del Espíritu Santo, establecieron una estructura organizativa en aquellas comunidades para que se lograra la continuidad de la obra empezada por ellos. Desde nuestro tomar conciencia como creyentes de nuestra situación interna y de nuestro contexto social, nos corresponde construir los cielos nuevos y la tierra nueva con la fuerza del amor al estilo de Jesús. Y hoy nos deberíamos preguntar qué estilo de vida, qué valores, qué amor, son los que pongo yo en cada cosa, para que esos cielos nuevos y tierra nueva se lleven a término en mi vida, en mi familia, en mi comunidad parroquial. Que en este mes de mayo nos acompañe la Virgen y nuestras flores sean fruto del nuevo estilo del amor de Jesús.

Gonzalo Martín Fernández, sacerdote